martes, 30 de diciembre de 2014

Recomendación 3: Si tienes EPOC, sigue al pie de la letra los consejos de tu médico



En la consulta, has de asegurarte de que te escuchan. Tu experiencia sobre la enfermedad es tan importante .al menos- como los resultados de las pruebas que ¡seguro! no dejarán de mandarte.

Una vez establecida la vía de comunicación más fluida que te sea posible y tras haberte asegurado que se ha entendido todo lo que deseabas transmitir, te toca escuchar a ti. No tengas reparo en preguntar, toma notas si lo consideras necesario y, sobre todo, tómate en serio cada uno de los consejos que recibas. Debes entender que no son gratuitos, que el precio de no seguirlos o de hacerlo a medias lo vas a pagar tú y nadie más, y que el precio se mide en salud, no en dinero. En la salud de tus pulmones (que solo son dos y para toda la vida) y también, quizá, en más efectos secundarios.


Consejos referidos al modo de vida, los hábitos que has de abandonar (como el tabaco) o adoptar (como el ejercicio regular  al aire libre), alimentación recomendada, fármacos -cuya dosis es exacta, no aproximada y, como su efecto es a largo plazo, no las puedes abandonar cuando te plazca- pruebas diagnósticas y cualquier otro del tipo que sea.

Deja la pereza para las cuestiones secundarias: con el cuerpo no se juega. Y haz acopio de fuerza de voluntad porque la tienes, como todos, en cantidades infinitas. Es verdad que, para que aflore, hace falta un gran esfuerzo, ese has de ponerlo tú siempre que cuentes con la motivación necesaria. ¿Y qué mayor motivo que vivir, y vivir lo mejor posible?

jueves, 25 de diciembre de 2014

Conversación entre una paciente de EPOC y su médico (VÍDEO)



Dr. Cristóbal Esteban y Ana Pérez, paciente de EPOC

Aquí se evidencia hasta qué punto los recién diagnosticados de EPOC están despistados respecto a su patología. Esto solo ocurre con los problemas respiratorios y no debería ser así. Si un enfermo de riñón, de hígado, de cualquier clase de cáncer tiene cierta idea de lo que esas enfermedades representan ¿Por qué quienes padecen obstrucciones pulmonares no tienen ni idea de que estas existen?

Me gustaría pensar que no es para que sigan comprando paquetes de cigarrillos. Sería demasiado cruel pensar que se permite morir a tantísima gente (18.000 a causa de la EPOC anualmente solo en España) para que el negocio del tabaco continúe floreciendo. 

Sin embargo, el epígrafe que aporta el periodista es de lo más elocuente. Cito:

"Os invitamos a ver y escuchar esta entrevista de la serie “Hablando con mi neumólogo”. El Dr Esteban y su paciente Ana Pérez conversan sobre la dificultad inicial de enfrentarse a una enfermedad poco conocida como la EPOC. También destacan la importancia de contar con el apoyo y la complicidad de otros pacientes que viven circunstancias similares."

Ni se imaginan cuánto me escandaliza la expresión "una enfermedad poco conocida". ¿Cóóómo? ¿Es posible que quien ha escrito esto no esté informado de que cada año, repito, mueren 18.000 enfermos de EPOC en España y 300.000 solo en Europa? ¿Y tienen la desfachatez de decir que los fumadores no lo dejan aún siendo conscientes de lo que les espera en el futuro? Los fumadores no tienen ni idea, señores neumólogos, señor ministro de Sanidad. Realicen ustedes reportajes televisivos didácticos y completos sobre la EPOC en horario de máxima audiencia así como spots publicitarios tan elocuentes y con tanta frecuencia como los producidos por la Dirección General de Tráfico. Es la única forma de salvar miles de vidas y ustedes lo saben. Eso sí, la gente acabaría concienciándose, así que tabacalera -y ya va siendo hora- experimentaría una reducción sustancial de sus ganancias.

Por supuesto, todo esto depende de la escala de valores de aquellos a quienes corresponde aportar soluciones a este asunto. Hablo a los responsables de la salud pública: para ustedes ¿qué es lo prioritario, el dinero o las vidas humanas?

En realidad, no hace falta que respondan: está claro como la luz del día.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Recomendación 2:En EPOC, aprende a usar tu inhalador pero exige un correcto diagnóstico

¿Alguien se ha dado cuenta de que los pacientes respiratorios son los más tontos del planeta? ¿Qué no? Pues claro que no. Como en todos los colectivos, habrá quien entienda mejor las cosas, quien las entienda peor y quien no las entienda en absoluto.

Pero leo la prensa. Y compruebo que, constantemente, se culpabiliza a los pacientes de EPOC mucho más que al resto de los enfermos. Parece que estos señores no son capaces en toda su vida, por muchos años que convivan con la enfermedad, de utilizar un inhalador correctamente. Y lo cierto es que tampoco es tan difícil: todo se reduce a sujetar bien la boquilla con los labios y aspirar profundamente. Nada más que eso. En los prospectos de estos medicamentos, suele aparecer una figura que ilustra la forma de colocar el aparato. En vertical, siempre en vertical.

A veces la medicación no surte el efecto deseado. Al menos, no todo el efecto que se espera de él. Hay un buen abanico de causas para que esto se produzca. Los olvidos, por ejemplo. Aunque no creo que nadie pueda olvidar usar un producto que le ayuda a respirar correctamente. Todas las enfermedades son molestas. Producen dolores o diversas alteraciones del organismo. Sin embargo, nada tan angustioso –y peligroso– como padecer una obstrucción bronquial que impida el correcto paso del aire. Ellos viven pendientes de un hilo, nadie puede imaginarse del todo lo que es eso. Una circunstancia en la que el olvido no cabe. Tampoco resulta muy creíble que el paciente sujete indolentemente el dispositivo y lo utilice sin ton ni son. Hablamos de una cuestión de vida o muerte no de una simple urticaria. Respirar mal es tan molesto o más que sufrir unos picores tremendos, con el agravante de que, como el que lo padece se descuide, se puede marchar al otro barrio.

Tengo que hablar con claridad porque de los eufemismos de todo tipo ya abusa bastante la prensa. Por ejemplo, cuando los periodistas aluden a la sensación de falta de aire, sobra el vocablo “sensación”. Y cada vez que hablan de nerviosismo o pánico deberían añadir que tales emociones están perfectamente justificadas dadas las circunstancias y que no se trata de ninguna paranoia.
No obstante, hay que reconocer que una gran parte de enfermos de EPOC continúa fumando. Los médicos se lamentan de ello, pero me pregunto si les han explicado con la suficiente contundencia la relación entre tabaco y enfermedad. Ellos afirman que sí lo han hecho, pero he hablado con muchos pacientes, algunos en un avanzado estadio de la enfermedad, y dudo mucho que el personal sanitario haya utilizado los argumentos idóneos para que comprendan qué es lo que se están haciendo a sí mismos. Admito que la adicción al tabaco es, por lo general, intensísima, sin embargo, el pánico y la angustia que se siente cuando apenas se puede respirar serviría de contrapeso en la mayoría de los casos. Ocurre que no basta con prohibir, además hay que asegurarse de que entiendan por qué. Una explicación fastidiosa, probablemente, para aquellos que entienden al detalle el mecanismo de la obstrucción bronquial, pero ¿qué significa una molestia, o muchas molestias diarias, cuando estas pueden salvar una sola vida al año?  ¿Es que no merece la pena esforzarse todo lo posible?

Los profesionales deberían explicar –no solo a los pacientes sino a la sociedad entera– que el tabaco es el origen de 18.000 muertes anuales solo en España y de 300.000 en toda Europa. También deben insistir en que la suciedad del aire agrava los problemas respiratorios. Y explicar el mecanismo de esta influencia con todo detalle y con los recursos didácticos a su alcance. Y si no saben hacerlo que pidan ayuda a profesionales de la pedagogía. Cualquier cosa siempre que no consista en echar la culpa a los pacientes. Sobre todo, porque la inmensa mayoría usa los inhaladores como es debido y, si sigue fumando, es porque ignora que el tabaco es el origen de todos sus males y que la insistencia en su abandono nunca es un mecanismo para fastidiar. Mientras tanto, se echa de menos una información bien graduada, adaptada a cada caso y dividida en un conjunto de explicaciones que todos puedan comprender.


A ti te digo: si tienes EPOC, deja de fumar inmediatamente. No puedes imaginar hasta qué punto esa adicción te está acortando la vida. Pregunta a tu neumólogo por qué y no te levantes de la silla hasta que no lo hayas entendido. Asegúrate también de manejar los inhaladores de la forma adecuada. Debes saber que esta patología es progresiva e irreversible, pero que cumpliendo estos requisitos quizá, solo quizá, se produzca una reducción de los síntomas. Incluso, si tienes un golpe de suerte, un ajuste en la medicación podría mejorar sustancialmente tu estado de salud.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (III)

Dejo para el final el argumento más demencial de todos ellos. O a mí me lo parece. Hablo del que sostiene que “también hay fábricas y coches”. Bien. Intentaré ser didáctica y concisa para no dejar traslucir aquí el malhumor inevitable ante majaderías de semejante calibre.

Primero. Me parece que nadie en su sano juicio aconsejaría acumular negatividades. Me explico: ¿Alguien correría el riesgo de coger una pulmonía, se cortaría los dedos de una mano o se daría puñetazos en los ojos simplemente porque tiene cáncer y, total, ya da lo mismo? O, si el niño vuelca el bote de pintura naranja en tu parquet, ¿te dedicas a vaciar todas las latas de titan-lux que encuentres en el trastero argumentando que, puesto que ya hay una parte sucia, vamos a dejar el suelo entero convertido en un enorme manchurrón de colorines? Absurdo, ¿verdad? Tanto como afirmar que, si ya tenemos contaminación, es legítimo continuar contaminando.

Me apresuro a añadir que, tanto medios de locomoción como industria, se distinguen sustancialmente del bote de pintura arrojado gratuitamente. ¿En qué? Precisamente en que no son gratuitos, es decir, tienen un gran valor para nosotros; diré más, hace varias generaciones que se convirtieron en indispensables desde cualquier punto de vista. Y aquí es donde, quizá, mejor se demuestra la falacia consciente de quienes argumentan de esta forma. Porque nadie, absolutamente nadie, puede ignorar esto. Les reto, incluso, a encontrar un solo individuo que no distinga entre la utilidad de los instrumentos de toda clase –que salvan vidas, nos alimentan, instruyen, alegran nuestras vidas etc.– y el mero hecho de aspirar esos canutillos marrones o blancos, de diferentes grosores e invariablemente apestosos. La verdad, hace falta ser un gran demagogo, además de irredento egoísta, para defender esto.

Abundando en lo mismo, el resto de fuentes contaminantes se esfuerzan ya en moderar su particular contribución al enrarecimiento del aire. Los trenes que utilizamos ahora no se parecen en nada a los de mediados del siglo pasado, se trabaja –no con la eficiencia necesaria a causa, una vez más, de los intereses empresariales– en la producción de automóviles limpios, se dictan leyes a favor de la eficiencia energética, tanto en locomoción como en la industria y el hogar, se estudian procedimientos para minimizar los residuos de toda clase –si bien es cierto que, incongruentemente, cada vez se producen más envases alimentarios no biodegradables–, desde hace décadas se tiende a agrupar las factorías en complejos retirados todo lo posible de su núcleo urbano correspondiente. En cambio, el ocioso humo de los cigarros ronda todavía por doquier.

Por último, y una vez aceptado que el hecho de fumar no posee ninguna utilidad práctica, que sus efectos nocivos no se compensan de ninguna forma, plantémonos los métodos para acabar con él cuanto antes. ¿Cómo? Quizá permitiendo que los actuales fumadores decidan libremente lo que quieren hacer por la sencilla razón de que un mundo con un treinta por ciento de habitantes sufriendo el síndrome de abstinencia resultaría materialmente inhabitable. Y, en paralelo, combatiendo con todos los recursos a nuestro alcance que una nueva generación de fumadores tome el relevo de los antiguos. Por ellos mismos, pero sobre todo por los otros. Por esos que no fuman, sí.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (II)

Continúo con el repaso de las excusas que se aducen como defensa del hábito de fumar. Al espectador neutral le sorprenderán su frivolidad y ligereza, pero hay que tener en cuenta que quienes razonan de esta manera padecen una grave adicción a la nicotina; eso cuando no actúan movidos por enormes intereses económicos. Es más, los segundos suelen espolear a los primeros. Han llegado hasta a mostrarles el camino de una rebeldía que no es más que la senda de la intoxicación continuada que les va empujando hacia el desastre. Concretando, las tabacaleras, a través de sus codiciosos esbirros, han logrado convencer a muchos fumadores de que quienes mienten son médicos y empresas farmacéuticas para no perder el beneficio que acarrean los tratamientos anti-tabáquicos.

Motivos que nos convencen de la falsedad de este argumento. A saber:

1) Es evidente que no todos los que abandonan el tabaco recurren a medicamentos específicos. Algo que no ignoran las empresas que los fabrican.

2) Son incomparablemente mayores los beneficios de los tratamientos para enfermedades respiratorias producidos por los mismos laboratorios, por su precio, por la cantidad de específicos que han de inhalar los pacientes, y porque, en este caso, es obligada su ingestión. Podría aportar ejemplos pero, al no moverme ningún afán publicitario, prefiero no citar marcas.

3) Desconfiar de la ciencia médica es del género bobo. Pero voy más allá: considero poco menos que aberrante un estado de opinión que da más crédito a los argumentos de las tabacaleras que a los propios profesionales de la salud.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (I)

Hans Lassen - Tres caballeros jugando al ajedrez (1900)


Sorprende lo lejos que podemos llegar para justificar una adicción como el tabaco, las excusas tan absurdas que somos capaces de inventar. Cuando la polémica en torno a la Ley Antitabaco estaba al rojo vivo, recopilé un buen repertorio de ellas.

Hace algunos años, no tantos como podría parecer, los médicos que trataban la adicción al tabaco –todavía en el ámbito privado pues la medicina pública aún no consideraba necesario atender minucias como esta– protestaban enérgicamente si se les insinuaba que la adicción tabáquica no era solo de tipo psicológico, que tenía también un componente físico fácilmente detectable.

(Ahora parece que eso no ha pasado nunca, igual que dentro de poco se negarán actitudes que, por absurdas que parezcan, siguen aceptándose hoy día con la mayor naturalidad).

Pablo Picasso - El viejo pescador (1985)
Llegaremos a eso. Poco después, ya se reconocía, aunque tímidamente, que la adicción de los fumadores y la de los heroinómanos era de parecida intensidad, y más tarde nos enteraríamos de que le primera supera, con mucho, a la segunda.

Empezaremos por la excusa más hipócrita de todas, la de aquellos que se defienden argumentando que “de algo hay que morir” pero que en realidad están convencidos de que en ese macabro sorteo no van a resultar agraciados. Porque, piensan ellos, serán muy pocos, poquísimos, aquellos a los que toca la china y no van a tener la mala suerte de que les caiga precisamente a ellos. Pero, respondo yo, la china le puede tocar a cualquiera, incluso a ti. Además, los afectados no son tan pocos, entre unas enfermedades y otras, a partir de determinada edad y contando fumadores y ex fumadores, calculo que se acercan al 50%. Por otra parte, la vida se ha alargado mucho y acortarla por algo tan estúpido como aspirar humo de un cilindro en ningún caso merece la pena. Eso sin contar que, en muchos casos, hablamos de una lenta agonía, de unos últimos años tan angustiosos e invalidantes –en los que el enfermo acaba convirtiéndose en una carga para los que tiene a su alrededor– que cabe preguntarse si merece la pena vivirlos.

Cuando uno es joven y mira su rostro terso en el espejo, su fuerza y vitalidad, su alegría, al fijarse en los mayores le parece que no le gustaría llegar hasta allí. Pero, habitualmente, cuanto más tiempo se pasa en un lugar más apego se siente por él, a no ser que nos sintamos profundamente a disgusto; y cuando ese lugar es la vida, el profundo disgusto se llama depresión. Es decir, por muchas arrugas y achaques que se hayan acumulado, por mucho que haya menguado la estatura, incluso si no queda ni rastro del antiguo atractivo –salvo en casos de depresión– la mayoría de los ancianos sienten el mismo –o mayor– apego a la vida que los jóvenes. Y, por supuesto, casi todos los aquejados por enfermedades respiratorias, coronarias o cancerígenas, si están convenientemente informados, reniegan de ese primer pitillo consumido tan frívolamente.

(Continuará)

domingo, 30 de noviembre de 2014

Desmontando al tabaco con sus propios argumentos

A pesar de mis reflexiones del artículo anterior, reconozco que ha de costar un triunfo para cualquier fumador habitual ponerse en la piel de aquellos a quienes el tabaco impide respirar normalmente. ¿Cómo es posible que ellos se ahoguen –pensará cualquier gran fumador– cuando yo apenas abandono el pitillo en todo el día y respiro divinamente? Muy sencillo, porque ellos están enfermos y usted (todavía) no, es decir, por la misma y sencilla razón que algunos se atiborran a pasteles y los diabéticos no pueden ni mirarlos.

Son personas despreocupadas esas que fuman y, sin ninguna mala intención, van arrojando su humo a diestro y siniestro, que transitan por la vía pública sin pensar que los que le rodean o le siguen no tienen más remedio que aspirar su humo y que entre ellos, tarde o temprano, se encontrará algún enfermo de asma. Están tan convencidos de que el humo no hace daño al aire libre que nadie nunca les podrá convencer de lo contrario. Pero el humo no asciende a la estratosfera, vertiginosamente y con efecto turbo, a medida que el fumador lo va expulsando. Como cualquiera puede observar, se va extendiendo y, muy poco a poco, se mezcla con el aire, pero mientras tanto la gente lo respira, como todos sabemos, entra por la nariz y por la boca llegando hasta los pulmones, igual que se colaría una emanación de gas o la humareda producida por alguien que tuviese la ocurrencia de freír sardinas en la calle. Es decir, pese a quien pese, cuando una sustancia se encuentra en el ambiente estamos obligados a aspirarla.





En consecuencia, quien camina detrás de un fumador, se cruza con él en un semáforo, coincide en unas escaleras, espera al autobús en la misma marquesina, si tiene la desgracia de padecer una patología respiratoria verá amenazada su salud, y hasta su vida, en algunos casos. A veces de forma angustiosa, otras silenciosamente, dependiendo de la enfermedad que les afecte.

El caso de la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica es un ejemplo de lo segundo. Esta patología está causada exclusivamente por el tabaco pero al paciente, en la mayor parte de los casos, le resulta difícil advertir la conexión. El tabaco sigue socavando sibilinamente el tejido pulmonar de forma que el mal ya está hecho cuando se presentan los primeros síntomas. Los afectados se encuentran de pronto con una enfermedad progresiva e irreversible pero tan silenciosa que, incluso produciendo como produce enormes dificultades respiratorias, no son capaces de identificar la causa, ni siquiera creer que sus males estén causados por esa sustancia a la que tanto apego tienen y que tan buenos momentos les proporciona. Y continúan fumando. Y, naturalmente, agravándose.

martes, 25 de noviembre de 2014

Recomendación nº1: Convéncete de que el tabaco es veneno

Sé que resulta difícil de creer, aunque lo era mucho más antes del 2 de enero de 2011, fecha en que el ambiente de los bares españoles dejó de estar completamente gris.

Así y todo, parece una exageración que el tabaco sea tan malo como dicen. Expresión  que he escuchado repetidamente junto a otras muchas que parecen estar grabadas en un disco más que venir de la boca de individuos dotados de inteligencia.

He escuchado y leído tantos argumentos… En realidad, no más de cuatro o cinco, pero repetidos infinidad de veces bajo infinitas variantes. ¿Recuerdan la antigua Ley Antitabaco? Sí, esa que permitía pintar una línea en el suelo para separar el ambiente limpio del sucio. Pues, desengáñense, por mucho que se quejasen los hosteleros de la ingente inversión efectuada en ese tiempo, la cruda realidad es que ningún local hizo obras. Bien, pues durante los (interminables) cinco años en que estuvo vigente, me tragué –casi literalmente– todo lo que en la prensa digital se comentaba acerca de su reforma. Sí, desde enero de 2006 a enero de 2011, periódico tras periódico, todas las noticias que ponían en tela de juicio (o no) la conveniencia de una ley nueva, comentarios incluidos (y a veces eran centenares). Por tanto, puedo afirmar que me empapé a base de bien de todas las falacias y que asimilé a conciencia los mecanismos de toda esa demagogia barata que tanto daño hizo, ha hecho y seguirá haciendo hasta quien sabe cuándo.

Pero, en el fondo, lo entiendo. Quiero decir que conozco los motivos que dan lugar a que tanta gente a la vez está tan equivocada. Pues ¿cómo van siquiera a sospechar que, realmente, ese producto legal, puesto a la venta en comercios respetables patrocinados por el propio estado desde tiempo inmemorial, consumido por las estrellas más distinguidas y admiradas del cine clásico y moderno, publicitado hasta hace poco en todos los mass media, adorado por nuestras amistades y seres queridos, aspirado con fruición por una legión de sujetos ataviados con bata blanca (nada menos que médicos y personal de enfermería) en las inmediaciones de los centros sanitarios, puede producir la muerte súbita en unas ocasiones y, en otras, una larga, invalidante y angustiosa agonía? No. Imposible. Seguro que los laboratorios farmacéuticos, con la complicidad de la clase médica, nos están tomando el pelo para vendernos sus productos. (¿?)

Nadie parece reparar en que la medicación que atenúa –no cura, ojo– los síndromes respiratorios es carísima. Que, además, es una de las más subvencionadas, lo que quiere decir que la estamos pagando entre todos. Ningún gobierno aceptaría que se mintiese en cuestiones que vacían drásticamente sus arcas. Porque, señores, quien realmente se está forrando a costa de la salud de las personas no son los que curan sino los que enferman, es decir, quienes producen, transforman y comercializan la planta de tabaco. Hablando en plata: como siempre.

Aún así, ¿quién en su sano juicio –repito– va a creerse esa patraña de que es tan malo como dicen? Sí, de acuerdo, sabemos que bueno no es, pero tampoco será para tanto. Además, de algo hay que morirse. Y, puestos a hacer daño, se contamina también de otras muchas formas.

Quizá estos sean los tres argumentos-estrella a favor de la permisividad. Y, si me dejan, se los pienso desmontar uno tras otro.

El tabaco es el único producto legal cuyos efectos son nocivos cuando se utiliza según las recomendaciones del fabricante. Intenten recordar cualquier otro. O mejor, no se cansen pues, sencillamente, no existe.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Recomendaciones en caso de EPOC

Henri Rousseau - Monumento a Chopin en el jardín de Luxemburgo
Si padeces Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica o esta afecta a alguien de tu entorno más cercano, debes saber:

1. Para evitar que la EPOC progrese a toda máquina, no debes encender un solo cigarro en la vida, además de alejarte de fumadores, ambientes cargados y de cualquier foco contaminante.

2. Recuerda que no eres más tonto que el resto de enfermos y sanos que pueblan la tierra. Una vez comprobado que la periodicidad y forma de uso de los inhaladores es la correcta, no permitas que te culpabilicen de utilizarlos de forma inadecuada. Y, si no lo haces, tampoco de fumar.

3. Disfruta de la vida. No te obsesiones, distráete, practica tus aficiones favoritas, rodéate de tus familiares y amigos, mantén la mente ocupada, sé todo lo feliz que puedas ser.

4. Sigue al pie de la letra las recomendaciones de tus médicos, realiza todas las revisiones y controles que ellos te aconsejen, tanto para mantener al día tu expediente respiratorio como para comprobar tu estado general o de cualquier otra parte del cuerpo. No seas perezoso, los profesionales conocen los motivos para aconsejártelo.

5. Aliméntate adecuadamente pero no te excedas. No te conviene aumentar de peso ni atracarte con grandes comilonas. Si, por el contrario, no tienes apetito haz un esfuerzo, te resultará más sencillo repartiendo la cantidad aconsejable en varias comidas diarias. Pregunta al especialista qué alimentos te desaconseja o recomienda.

6. Evita las emociones fuertes: enfados, sobresaltos, incluso –aunque sean agradables– las grandes sorpresas. Rodéate de personas que cuiden de no alterar tu estado de ánimo, que no alboroten en exceso, que te aseguren una vida feliz, que sepan dosificarte las noticias.

7. No te acomodes. Aunque resulte algo complicado, realiza todo el ejercicio que permita tu enfermedad. Siempre bajo supervisión médica, tomando precauciones pero sin ceder nunca a la desidia.

8. Programa una serie de rutinas y cúmplelas fielmente. Incluso si dependes del oxígeno domiciliario, intenta pisar la calle (o el campo) con la mayor frecuencia posible, caminar a diario es un ejercicio saludable. Si, por casualidad, no te encuentras con ánimo no importa, este irá mejorando con el tiempo. ¡Sal fuera! siempre que te sea posible caminar.

9. Procura establecer un clima de normalidad en relación a tu estado de salud. No seas latoso pero tampoco te escondas. Recuerda que la EPOC es una de las patologías peor divulgadas y que el reconocimiento social puede hacer tu vida más fácil. Para asegurarte un trato respetuoso, lo mejor es responder de forma clara y sencilla –sin complejos que valgan– cada vez que alguien te pregunte.

10. Convéncete de que no eres ningún caso raro: alrededor de un 10% de los mayores de cuarenta años padece EPOC. Cualquier mejora que consigas para ti se convertirá a la larga en beneficio para muchos.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Las patologías respiratorias se ocultan bajo la alfombra

Confieso que me siento perpleja. No solo ahora, desde hace muchísimo tiempo. Me parece imposible que lo que veo no lo perciba nadie más, que las esperpénticas escenas que he tenido la oportunidad de presenciar, no hayan tenido más espectadores. ¿Lo habré soñado? ¿Habré visto una película de miedo, se habrá representado una obra inédita exclusivamente para mí y la confundo con la vida real? Pues no. Paco Tella, naturalmente, no existe, se trata de un personaje de ficción, pero todo lo que se cuenta en las historietas de este blog –y las que aparecerán más adelante– lo he presenciado yo con estos ojos.

Una vez más, se pone en marcha la eficaz consigna de no nombrar algo dando por supuesto que no existe. Supongo que en este caso lo que hay detrás de este silencio son, ante todo, intereses económicos. Y, ocasionalmente, algo de comodidad también. Pues, si no contamos a nadie que determinados productos químicos, hábitos personales como fumar o profesionales como manejar una taladradora –no de las modernas sino de las que sueltan polvo por doquier que son mucho más baratas–  pueden producir la muerte súbita en casos de asma severa, o agravar patologías importantes como el enfisema y la fibrosis, si no lo contamos, digo, podremos actuar alegremente a nuestro libre albedrío, utilizar productos agresivos, máquinas altamente contaminantes etc. y el que venga detrás que arree. “Yo me ahorro dinero, que es lo que importa –dirá el empresario o el gestor de la administración responsable del asunto– y en el caso, más que probable, de que nadie llegue a enterarse, me trae al fresco poner vidas humanas en peligro. A lo mejor no es para tanto, y si lo es, peor para ellos. Yo como si nada, mientras la cuestión no me salpique todo va bien.” Estarán de acuerdo conmigo en que esta actitud no es inverosímil, al contrario, puede verse –o intuirse– mucho más a menudo de lo que aconsejaría el sentido común.
Insisto: me parece razonable suponer, por simple lógica estadística, que las escenas que me ha sido dado presenciar, a decenas, incluso a centenares, desde mi posición privilegiada, encaramada a una (llamémosle) atalaya excepcional, ocurren constantemente, cada pocos segundos de media. Gente que se va corriendo a urgencias, tras respirar repetidamente humo de tabaco u otros agentes diversos, personas que han de disimular que se ahogan cuando se encuentran entre desconocidos porque no se atreven a explicar que padecen un enfisema o una bronquitis crónica. Pues todo esto al personal le suena a chino y más vale no ir de raros por la vida si queremos mantener la tranquilidad.

Pero mientras no normalicemos la enfermedad como una condición más del ser humano –que no le vuelve más tonto ni más hipocondríaco sino que sigue siendo exactamente el mismo individuo de antes–, en relación a esta clase de patologías, las que afectan a la respiración, o lo que es lo mismo a un área tan vital como los pulmones, encontraremos a muchas personas a las que no podamos comprender. Por tanto, y sin sospecharlo, las acabaremos tratando injustamente.

El victimismo que asaltó a los fumadores tras la –de todo punto imprescindible– ley del tabaco que hace unos cuatro años entró en vigor en España, es el causante de parte de ese estado de cosas. El mito urbano –basado en pseudo-filosofías de raíz orientalista– que afirma poder eliminar cualquier alteración física o psíquica simplemente aprendiendo a respirar correctamente también arrastra su cuota de estupideces de toda índole. La opinión pública ni siquiera sospecha que el estrechamiento de las vías aéreas es un hecho objetivo. Que algunos lo llevan ya puesto de casa (y habrá que tomar medidas como se toman con celíacos y diabéticos) y a otros les sobreviene cuando menos lo esperan a causa de sustancias presentes en el aire.

No existe más que una solución efectiva a todo esto: airearlo. Hay que dar más aire a estas patologías con el fin de que los que necesitan oxígeno extra –o sea, los que precisan más aire habitualmente– lo obtengan cuando sea necesario. Y ahora viene la gran pregunta: ¿Quiénes son los llamados a divulgar? Muy sencillo: instituciones como las Sociedades de Neumología, el Ministerio de Sanidad, asociaciones de pacientes, publicistas, laboratorios farmacéuticos. Y personas, sobre todo personas, aquellas que conocen de primera mano el problema porque lo padecen en carne propia o porque lo contemplan a diario. Es decir, los pacientes respiratorios y sus allegados. Estos últimos, tan afectados como los primeros, si no más.

Para conseguirlo hay que empezar por el principio: convencer a los pacientes de que, si la sociedad les trata mal, no es porque lo merezcan sino por pura y simple ignorancia. Que la solución –cada vez más urgente– pasa por alzar la voz. Que quienes han de sentir vergüenza no son ellos, sino aquellos que, pudiendo hablar, callan.

Para bochorno de todos, se entiende.

viernes, 10 de octubre de 2014

El asma y los olores

Este asunto de la evaporación de fluidos, olores e inhalación de moléculas disueltas en el aire produce mucha confusión. No solo en el ámbito profano, a veces, sorprendentemente, incluso entre algunos –pocos– profesionales de la salud.

Con los conocimientos de física y biología proporcionados por la cultura general más básica –a nivel de enseñanza primaria, simplemente– se puede establecer la diferencia entre olor e inhalación. Sin embargo, cuando una persona asmática se aparta de elementos potencialmente desencadenantes de una crisis, se producen actitudes de rechazo, hostilidad, alarma, disgusto, sospecha, perplejidad.

Primero me centraré en el término potencialmente. Para que una persona asmática decida alejarse de un bote de aerosol, recipiente conteniendo líquido o lo que sea, tiene que haber sufrido ya bastantes bronco-espasmos. Porque, como sabemos, no es una conducta aprendida en ningún sitio, no pertenece a nuestro código cultural, no está imitando ninguna actitud que aparezca en medios de comunicación, que propaguen factores culturales o que manifiesten personas de su entorno. Su reacción es fruto de una experiencia propia, no compartida por los que no padecen su patología, probablemente aprendida a lo largo de años. Merecen, por tanto un respeto, un voto de confianza. Pues ¿cómo podemos tener la osadía de creer que, sin ser profesionales de la salud, no haber experimentado situaciones similares ni conocer a nadie que lo haya hecho, sin tener ningún conocimiento específico sobre el asunto, podemos dar lecciones a alguien que  lleva dos, cinco, diez, los años que sean, enfrentándose a situaciones de ese tipo. No olvidemos que un bronco-espasmo es un estrechamiento súbito de los bronquios que –de no recibir auxilio sanitario urgente– puede desencadenar la muerte por asfixia. Y es aquí cuando llego a la palabreja. ¿Cuándo está la vida en juego, quién va a esperar a asegurarse de que el cubo, la fregona, el paño, el suelo mojado, el barreño, contienen efectivamente alguna sustancia letal? Después de haberlas aspirado incautamente una vez tras otra, de haber llegado a urgencias de milagro, de saber lo que es estar al borde de la muerte, un asmático ha aprendido que ante cualquier líquido o gas sospechoso de contener sustancias peligrosas para sus pulmones, lo mejor que puede hacer es huir.

En general, y aunque varían mucho de un paciente a otro, los desencadenantes del asma externos (y no necesariamente alérgenos) se pueden agrupar en tres clases: 1) productos químicos, 2) humo (sobre todo de tabaco, pero no necesariamente) y 3) pequeñas partículas que flotan en el aire: los residuos que produce una excavadora o un taladro, polvo abundante, polen etc.

Otro caballo de batalla es la evaporación. En general, se acepta que lo que permanece aparentemente quieto en un recipiente no puede hacer daño a nadie. Una cosa es el agua mezclada con lejía que hay en el cubo y otra, totalmente ajena, el cuerpo de la persona que se acerca a él. Quien razona así no tiene en cuenta que los fluidos se encuentran en constante estado de evaporación y que todo el que se acerca a cualquiera de ellos lo está, necesariamente, aspirando. Este es un hecho habitual y no ocurre nada malo, a no ser que quien lo absorbe sea asmático –lo sepa o no– y se encuentre sensibilizado al producto que contiene, por alergia o por simple irritación, da igual.

La misma confusión se produce entre olor e inhalación demasiado a menudo, por desgracia. El olfato lo hemos estudiado como uno de los cinco sentidos corporales. Oler no es otra cosa que percibir, ser consciente de que una serie de moléculas están presentes en el aire que respiramos. Está a cargo de las células olfativas. En condiciones normales, ellas captan la presencia de elementos aromáticos o malolientes, pero necesitan del cerebro para descodificarlas. Sin este requisito, cuando la detección de los olores está disminuida o no existe, cuando carecemos de una sensibilidad olfativa plena, nos volvemos incapaces de detectar la fragancia de un perfume, que el coche pierde gasolina o que un alimento se pudre en el fondo de la nevera. Pero esto es únicamente cuestión de percepción, independiente de lo que puede afectarnos. Si lo que invade la cocina es gas butano, no olerlo no nos defiende de la asfixia, por el mismo motivo, si un asmático sensible a la lejía es incapaz de olerla, no solo no se vuelve inmune a las crisis, al contrario, su incapacidad le convierte en mucho más vulnerable. En realidad, constituye una indefensión.

Inhalar, en cambio, lo hacemos todos, constantemente, lo deseemos o no, independientemente de nuestra capacidad olfativa y tengamos o no a la vista la fuente emisora de sustancias.

Por si no ha quedado suficientemente claro, acabaré con un ejemplo. Imagínense un invidente. Está sentado en un banco del parque, ha llegado solo, con su perro. De pronto, el animal tira de la correa y se escapa. Él le llama sorprendido, pero no consigue que vuelva. ¿Qué ocurre? Pues que un tigre se ha escapado del zoológico y se encuentra parado a cinco metros. ¿Pensarían que el hombre no será atacado simplemente porque no ve al tigre? Evidentemente, no. Pues con los olores pasa exactamente lo mismo. ¿A alguien se le ocurriría taparse la nariz y abrir tranquilamente la llave del gas? Pero los animales salvajes siempre constituyen un peligro, en cambio hay moléculas inocuas para ustedes y altamente agresivas para la gente con asma.

Ahora pregunto ¿por qué un hecho tan determinante para la vida de más de un diez por ciento de la población es generalmente ignorado por el resto? En parte, porque no hay profesional o autoridad sanitaria que se proponga divulgarlo masivamente –como se hace, en cambio, con patologías como el cáncer, enfermedades cardiovasculares, alergias alimentarias, alzhéimer, diabetes etc. etc., que no dependen del estado ambiental y a las que, por tanto, no urge tanto la sensibilización pública–. Pero también porque los mismos que lo padecen, y en vista de la incomprensión general, se esfuerzan activamente en ocultarlo. Eso es tirar piedras contra el propio tejado, sí, pero nadie puede culparles por ello. Hay que entender que no se puede nadar contra corriente. Hasta que no se rompa el círculo vicioso todo continuará igual. Por eso alguien tiene que contarlo.

Y eso es lo que me he propuesto.

domingo, 5 de octubre de 2014

Encerrado en el armario (y III)

El corazón le latió con fuerza mientras estaban leyendo la carta, continuó aporreándole el pecho cuando ella se encargó de pedir por los dos y todo el tiempo que empleó el chef en intentar convencerles de que eligiesen lo más caro. Era incapaz de articular palabra, pero tampoco tuvo que esforzarse mucho, no hubiera podido meter baza ni queriendo. Daniela se perdió en detalles sobre la tragedia de perder a alguien por culpa de un cáncer inmisericorde. Le sorprendió que fuese viuda, no lo parecía, su imagen era la de una mujer despreocupada que aún vive con sus padres.
-¿Tienes hijos?

-No. Llevábamos poco tiempo casados cuando empezó con los síntomas. Han sido tres años terribles.
Aquella era una herida demasiado reciente, se diría que intentaba saltarse el inevitable periodo de duelo colgándose del primer incauto. Craso error. Suponiendo que aquella mujer mereciese la pena, tenía que evitar caer en la trampa. Le quedaba demasiada angustia aún, sus ojos pedían socorro mientras seguía dando detalles de operaciones, terapias y crisis.

Decidió aprovechar la coyuntura.

-A mí me pasa algo parecido, siempre estoy en el límite.

Por fin pareció interesarse.

-¿Qué quieres decir?

.Pues… Ya os he contado antes que tengo problemas de pulmón. Una obstrucción crónica de bronquios complicada con un asma tremendo.
-¡Ah, sí!

María Goñi
Y se quedó mirando al infinito con la más absoluta indiferencia.
-Te advierto que es bastante peligroso, ten en cuenta que afecta a la respiración.
-Ya. Pues eso es lo terrible. Cuando los médicos desahuciaron a Ángel...

bla, bla, bla. ¿Cómo explicarle que lo suyo estaba sucediendo allí y ahora? Le hubiese encantado hacer de paño de lágrimas tal y como ella pretendía, pero lo suyo empezaba a ser preocupante. Necesitaba que abriese los oídos y escuchase lo que trataba de decirle.
El resultado fue que apenas habló, solo para intentar avisar (sin éxito) a Daniela de que no se dejase engañar por su aspecto, que casi no probó la comida porque el estómago lleno le hubiera impedido respirar, que no llegó a disfrutar de la conversación, aunque comprendía a la pobre chica y era consciente del peso que estaba soportando. Atando cabos, calculó que no llevaría sola más de seis meses. Tal vez más adelante, cuando atravesase una temporada algo más liviana y ella estuviese menos obcecada en lo suyo, suponiendo que eso sucediese alguna vez, podrían volver a intentarlo.

Pagaron la cuenta a medias porque ella insistió en hacerlo así y la dejó acodada sobre la barandilla de roble escrutando las manchas montañosas del fondo. Ya en los aseos, aspiró la boquilla del inhalador con todas sus fuerzas las dos veces reglamentarias en un intento desesperado por evitar el servicio de urgencias, al menos antes de dejarla en casita.
Se había levantado viento. Daniela se puso la vistosa chaqueta de color esmeralda que hasta el momento llevaba en el brazo. Resultaba bastante atractiva, no solo porque tenía una figura envidiable, le gustaban también los reflejos dorados del pelo, que casi parecían naturales, y aquel mentón voluntarioso que ponía de manifiesto un carácter fuerte.

Metros antes de llegar, no tuvo otro remedio que acercar el coche a la acera y hacer un gesto con la mano para que Daniela se callase de una vez. Había seguido acumulando detalles de aquellos tres años funestos y, en lugar de dejarla explayarse sin más, había cometido la imprudencia de animarla con comentarios demasiado enérgicos para el estado en que se encontraba. Ya no podía más. Ella le miró extrañada pero no abrió la boca. Cuando le pareció que el hospital podía esperar un poco, avanzó hasta dejarla en su puerta. Fue entonces cuando se atrevió a decir algo.
-No lo has entendido, ¿verdad?

Ella se puso en guardia, ahora le tocaba hablar a él. Pensó que estaban en el peor sitio y, sobre todo, era la peor hora para que una mujer captase que no se trataba de ninguna estrategia.
-Es natural –concedió –los que respiráis sin problemas no podéis entender del todo una cosa así. Pero, en serio, antes lo he visto realmente chungo, por eso he tenido que pararme.

-Sí, sí, vale. Bueno, tengo que irme.
Nunca volvió a verla.

martes, 30 de septiembre de 2014

Encerrado en el armario (II)

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María Goñi
Ese día se había llevado la furgoneta porque tenía el coche en el taller. Condujo lentamente, fingiendo llevarla a su casa, y a medio camino le propuso que cenasen juntos. Su intención había sido invitarla a un picoteo rápido porque sentía ya las insidias de la disnea, ese jadeo íntimo que se intensifica por momentos a medida  que uno se esfuerza en ocultarlo. Lo suficiente para charlar un rato a solas y asegurarse de que podía pedirle el teléfono. Pero aquello se le fue de las manos, no cayó en la cuenta de que, mediante maniobras sutiles, fue Daniela quien convirtió en horas de confidencias una simple propuesta informal.
-Aquí mismo, ¿te parece?
Estaban delante de un modesto bar de tapas. Ella dio un toque de misterio a su sonrisa.
-Déjate llevar.
-Pero es que…
-Confía en mí ¿vale?
Paco manejaba el volante con esa inseguridad secreta que nos hace ir con más cuidado para conservar firmes los nervios. Hasta entonces aquello solo le había ocurrido en momentos de extrema tensión, nunca debido a sus problemas respiratorios ya que a Cristina no tenía que darle explicaciones. Hacía meses que empezaba a calibrar las desventajas que supone estar sin pareja para alguien que se encuentra demasiado a menudo en la frontera con el bronco espasmo. Su mujer había sido la barrera donde se estrellaban las exigencias de los estrechos de mollera –que, lamentablemente, en esas cuestiones era casi todo el mundo– la que hacía reproches o daba explicaciones, se rebelaba y le cubría las espaldas en todo momento. Siguiendo las indicaciones de Daniela, abandonaron la zona urbanizada por una carretera secundaria que bordeaba un pequeño río. Más allá, el horizonte se enrojecía mostrando desperdigadas siluetas fabriles.
Atravesaron unparaje salpicado de casas gemelas, alambradas, instalaciones deportivas, jardines. Por un sendero lleno de baches, accedieron a una de las urbanizaciones. La furgoneta daba tumbos, doblaba recodos y Paco se empezaba a arrepentir. Desembocaron en una plazoleta, frente a ellos se alzaba un restaurante italiano con pretensiones de casita de cuento.
-Allá arriba hay balcones como palcos desde los que se divisa toda la zona. Ya verás que bonita es.
Se había hecho de noche, pero ella –y no Paco, que nunca había estado allí– era capaz de verlo todo con los ojos del recuerdo. 
-¿Vives por aquí?
-No, vengo siempre a esta pizzería porque la encuentro muy agradable.
Un orondo cocinero gigante sonreía desde el trozo de fachada mejor iluminado mostrando unos mostachos casi tan apabullantes como la fuente de espaguettis que ofrecía.
Subir una escalera disimulando que uno está a punto de ahogarse y tratando de reprimir el sonido de los bronquios es algo que Paco no desearía a nadie jamás. Aquella era de caracol, con suelo de madera bruñida, y daba la impresión de no acabarse nunca.
-¿Falta mucho?
-Jajaja. Por algo dice mi abuela que los hombres de hoy día no servís pa ná.
-Bueno. Es que yo soy asmático.
-Sí, da muchas vueltas pero no son más que tres pisos. Ya verás que bien se está allá arriba.
Era como si se hubiese vuelto sorda de repente. Había dicho asma. A-s-m-a.
(Continuará)

jueves, 25 de septiembre de 2014

Encerrado en el armario (I)

Maruja Mallo
Los viejos del barrio se entretenían jugando al dominó. Había un ruido infernal en la asociación de vecinos, tanto que apenas se distinguía el estrépito de las fichas chocando contra el mármol de las mesas. No solo por el canal de deportes sintonizado a la máxima potencia o por los gritos de alborozo de quienes se iban apuntando los tantos o por el zumbido de la cafetera resonando constantemente. Hoy, además, había tres o cuatro niños jugando a perseguirse con chillidos y carcajadas y un pastor alemán que ladraba poco, pero cuando lo hacía ahogaba todos los demás ruidos.

Paco estaba sentado al fondo. Cerca de la barra. Debajo de la salida de aire acondicionado. Delante de la puerta de la cocina por la que salía un humo de fritanga que se diluía mansamente después de aterrizar en sus pulmones. Era además el primer cuerpo sólido donde rebotaban las ondas sonoras procedentes de uno de los altavoces, el que quedaba a la izquierda de sus oídos. Sudaba a mares. Se limpiaba con el pañuelo el cuello y la frente.
El grupo de mozos viejos del barrio, más conocidos como solterones, se dejó ver al otro lado de la acera. El señor Rufino le hizo señas desde la caja registradora, luego chascó los dedos.

-Ahí los tienes.
-Menos mal, esto no hay quien lo aguante. No sé cómo puedes trabajar aquí.

El otro se encogió de hombros, silbó filosóficamente.
-¡Ah! La manduca, amigo.
Era el padre de Mario y Encarna y, en su propia casa, una institución. De joven formó pandilla con su padre y su tío, le vio nacer a él y a todos sus hermanos, había asistido a las ceremonias familiares y ahora creía tener carta blanca para inmiscuirse en sus asuntos.

-Mis hijos tampoco están casados. –le había dicho la víspera, cuando se encontraron comprando la prensa, una coincidencia que nadie más que Rufino podía saber si fue premeditada o casual.– El chico se ha divorciado igual que tú, la niña todavía está soltera. Pero no por eso renuncian a salir y divertirse.
Una niña bastante talludita por cierto, él también conocía al dedillo la vida y milagros de todos ellos y no era ningún secreto que cumplía los treinta y siete ese mes.

Paco bufaba como una locomotora de carbón. Se había metido en aquel embolado sin saber cómo y ahora tenía que divertirse junto a  unos adolescentes cuarentones con los que no tenía nada en común.
El primer tropiezo se produjo en cuanto puso los pies en la calle.
María Goñi
-Pacooo, chaval, jajajaja. ¡Cuánto tiempo! Pero acércate hombre, no te quedes ahí. ¡Vaamos! ¿Vas a mover el culo o qué?
-Eso, eso. No seas tímido.

Eran Ramón y Mario. El primero fue su compañero de curso durante toda la secundaria, pero apenas tuvieron ocasión de tratarse.

Allí estaban, los jóvenes carrozas, fumando tranquilamente en la acera sin sospechar que a Paco le dejaba sin aliento cada bocanada humeante que el viento propagaba mucho más allá de lo que estaban dispuestos a creer. Y aunque luego empleó toda su paciencia en explicárselo, sus palabras no surtieron efecto. La misma escena tuvo lugar cuando salieron de comer, a la entrada del cine, a la salida, cada vez que se paraban o seguían andando, es decir, siempre que a alguno de ellos se le ocurría encender otro pitillo. En realidad, la mayor parte del tiempo. Y lo curioso es que parecían sentirse ofendidos y lo expresaban gesticulando constantemente como si se estuviesen sacudiendo las pulgas. Y, sin embargo, a nadie se le ocultaba que era Paco quien no había tenido otro remedio que mantenerse a una distancia prudencial durante muchos minutos, demasiados. Como si fuese el perro guardián de todos ellos, ¿es que no se daban cuenta?

No obstante, algo bueno podía salir de todo aquello. Daniela, a quien no conocía y que enseguida llamó su atención porque parecía mucho más joven que las otras, decidió solidarizarse.

-¿Otra vez aquí? Te he dicho que te vayas con ellos.– Insistía Paco con la boca pequeña.

-Puedes decírmelo todas las veces que quieras, pero sabes que te va a dar lo mismo, no pienso dejarte solo y punto.

Además de decidida era guapa. Tenía todas las papeletas para ser invitada a cenar.
(Continuará)

sábado, 20 de septiembre de 2014

El ligue (II)

Away, Walk, Sidewalk, Woman, Backpack
Paco se muestra taciturno,

-Hace unos tres meses. Solo he tenido esa y fracasé.

-Jajaja.

Sin pensarlo, me lanzo en su defensa.

-Mujer, no te rías, pobre chico.

Pero él no se inmuta, sigue embobado con su sorbete de limón.

-Me da igual, la verdad. No me convenía esa mujer, tampoco estoy en vena. Ya me llegará el momento si es que tiene que llegarme.

Ese aspecto flemático de Paco le viene de su familia gallega, suele estar oculto, pero emerge cuando menos se piensa.

-¿Te la presentó tu amigo Alfredo?

-Solo tienes derecho a una pregunta.

-Deberíamos dejar de jugar. –Apunta Raúl.

Pero es peor el remedio, porque Cristina aprovecha para acribillarle.

-¿Me contestas o no?

Paco resopla suavemente.

-A la prima de Alfredo no quise conocerla, a esta me la encontré en un bar.

-¿Y?

-Al día siguiente la llamé y compramos entradas para el teatro. Mientras llegaba la hora de la función, le invité a tomar un café.

-Todo normal ¿no? –Pregunto. No veo dónde está el problema, pero lo hay, eso seguro.

-Hasta aquí sí. Paseábamos por Santa Ana, la plaza está llena de bares, ella quería sentarse en una terraza.

Giorgio de Chirico - Pianto dámore - Ettore e Andrómaca (1974)
Cristina no puede contenerse.

-No sigas, me lo estoy imaginando.

Pero él ya está lanzado y continúa.

-Me indicó una, le dije que no me podía sentar en la terraza, que me hace daño el tabaco, me sugirió otra, luego una tercera, le dije que teníamos que entrar donde fuese, que no aguanto el humo, que soy asmático y me ahogo. Entonces me animó a elegir sitio. Yo no quería, me daba igual uno que otro, lo único que pido es no quedarme en la terraza, pero insistió tanto que señalé el bar que teníamos más cerca.

Ahora estamos los tres pendientes.

-Pero era una trampa. Cuando llegamos allí se puso a suplicar que no entrásemos, alegaba que estaba vacía y se comprometía a seguirme en cuanto llegase el primer fumador.

-Y llegó, claro.

-Ya sabes, –continúa pensativo mirando a Cristina– en cuanto colonizas un lugar vacío, empieza a llenarse, eso nunca falla. Pero no llegó uno, aparecieron unos veinte alemanes y se sentaron detrás de nosotros. Les miré y ninguno iba fumando. Luego se sentaron a mi espalda así que no podía verlos. Me figuro que ella pensaría…

-Ella ¿quién?

-¿Cómo que quién?

-Que cómo se llama.

-Cristina, por favor… -le ataja Raúl.

-Da igual, da igual. Se llama Alicia. Supongo que creía que no me iba a dar cuenta cuando empezasen a encender los cigarros. Pero, vea o no vea el humo, la primera calada se me clava en el pecho, es algo automático, así que me levanté como un resorte. Ella cumplió su palabra. Entramos en el bar.

-¿Pudiste solucionarlo entonces? –Pregunto esperanzada.

-Nos sentamos junto a una ventana. A partir de ese momento me pareció que estaba más distante pero supuse que eran cosas mías. Cuando faltaba un cuarto de hora para que empezase la función, nos acercamos a la puerta del teatro. Un humo blanquecino atravesaba el vestíbulo y llegaba hasta la calle. Siempre me hacen daño los efectos especiales, pero ese era particularmente irritante, los que pasaban por delante se ponían a toser. Me detuve. No podía dar un paso más. Ella entró resueltamente, creo que miró de reojo pero ni siquiera sé si me vio. No hizo ningún gesto, no dijo nada, ni siquiera se despidió de mí. Entró y ya está.

Antes de tumbarme al sol de nuevo, me parece atisbar en el rostro de Cris un rictus de sonrisa malévola, pero seguro que me estoy equivocando.