lunes, 30 de junio de 2014

Tu Club de mi Comedia

(O de como el mundo entero sabe lo que me pasa mucho mejor que yo mismo)

El sábado pasado Paco fue el artista invitado en el centro cultural del barrio y el domingo repitió su actuación en el Pachuli, un club que abrieron tres franceses en los bajos de un edificio en rehabilitación y que ha estado de moda hasta hace poco. Ahora está de capa caída y todo el mundo sabe de quién es la culpa. De la crisis, sí. Desde hace ya muchos meses, los clientes de siempre entran sin pagar, los artistas trabajan gratis y el mantenimiento se ha puesto en manos de la divina providencia.

Cris me manda el vídeo por vía electrónica. Pongo en una bandeja todos los dulces que encuentro por casa y una gran jarra llena de café, coloco todo en la mesa baja y, mientras pasan trozos de la actuación de un grupo local que estuvo por la zona el verano pasado, me entretengo en mullir los cojines. La grabación es un desastre. Primero se ve un escenario borroso. Según se va acercando, la imagen se vuelve algo más nítida. Aparece Paco en primer plano inflando los carrillos y poniendo los ojos en blanco.

- Bon soir. ¿Soir? ¿Suar?

Risas contenidas.

La cámara se aleja, Paco se encoje de hombros y empieza a pasear de un extremo a otro. Ignora a los espectadores, parece estar concentrado en sí mismo. No se oye un suspiro. Cuando llega al punto de partida, se para de repente, da un cuarto de vuelta y se queda mirando al público.

- Soy un tipo incomprendido – exclama. – ¿Saben por qué? Todos se creen que tienen que darme lecciones. Cuando iba al cole había un profesor... - se pone bizco - No, no me voy a ir tan lejos, a ver si los voy a perder a la vuelta de algún lustro.

Silencio. Alguna risa nerviosa al fondo.

- Cuando mi hijo Raúl tenía tres años, lo llevamos a que viese los Reyes Magos y el coche se paró de repente. Mientras llamábamos a la grúa, al chaval se le ocurrió mearse encima, probablemente del susto. Así que, una vez acabé los trámites, me encontré cogiendo el autobús, en pleno mes de enero, con un niño empapado al que tuve que quitar los calcetines para que no se le congelasen en las piernas. Ustedes sabrán por experiencia que si te da un vahído, aunque tengas diez personas dándote codazos, no te mira ni dios. Pero ¿han probado a subirse con un niño sin calcetines, en pleno invierno, a un autobús lleno de gente? Háganlo. Todos se sentirán obligados a informarte de que el niño que arropas bajo tu abrigo va prácticamente desnudo. Me gustaría saber que les pasa por su mente retorcida: si piensan que estás ciego, que eres tonto, que te has caído de un guindo...

Había que ver a Paco dar vueltas a los ojos mientras agitaba rápidamente la punta de la lengua. El público se retorcía de risa

- Disculpe, señora, no me había dado cuenta, menos mal que usted se ha fijado.

Paco toma aire, sube los hombros y baja la cabeza esperando a que cesen las risas. Me sirvo más café.

- ¿Saben? A mí... a primera vista no se me nota, pero no respiro bien. Hablo completamente en serio. Esto me pasa porque he sido un gran fumador. A veces me dan ataques de tos en público. – Pausa – No teman, hoy ya he chupado el caramelo de menta.

Murmullos.

- Es broma. Por lo general, necesito algo más fuerte pero si salgo de casa es que el asunto está controlado. Siempre que el ambiente no sea agresivo, como aquella vez en el metro. Alguien se había puesto un perfume carísimo, debía oler como los ángeles pero yo no podía resistirlo. Empecé a toser. Un minuto, dos, diez. No se me pasaba. Al principio intentaba aguantarme pero estaba a punto de reventar. Había una mujer a mi lado y se creyó en el deber de darme un consejo. Es mi destino. Sí.

Pausa.

- Me dio un susto de muerte. Estaba yo tosiendo tan tranquilo y de repente empezó a chillar como si hubiera visto una rata. "Suba el brazo, suba el brazo".

Ahora, incluso yo empiezo a reírme al mismo tiempo que el público. La voz de pito de Paco es irresistible.

- "Suba el brazo, que suba el brazo le digo. Soy enfermera y sé perfectamente lo que tiene que hacer". Debía querer que me disculpara, o algo así, por no seguir sus instrucciones. Se-e-e-ñora que me estoy muriendo. ¿Quiere que se lo diga? Pues no puedo, cojones, tendrá que adivinarlo usted solita.

Primer plano de nuevo. Sonrisa alelada de oreja a oreja, la punta de la lengua asomando por una de las comisuras. Bizquea, no bizquea, bizquea...

- Pongo esta cara a ver si la asusto pero cada vez la veo más enfadada. Creo que estuvo a punto de pegarme porque me ahogaba sin pedirle permiso. A ella que era enfermera. ¡A quién se le ocurre!

Deja caer los brazos y pone cara de resignación.

- Lo que uno tiene que hacer mientras se ahoga. Ya digo, tengo muy mala suerte. Siempre encuentro alguien que sabe lo que me pasa mucho mejor que yo.

La cámara enfoca caras sonrientes. Luego a Paco mirando con atención.

- Por fin se calló la buena mujer.

Más risas.

- Si llego a morirme, creo que hubiera tenido que pagarle una multa.

Aplausos.

- Y si hubiese tenido solo un poco más de aire, me hubiera gustado... tirarle de las orejas. Las tenía muy coloradas.

No han dejado de reír. Paco añade.

- La pobre...

Este hombre es un humorista nato. ¡Quién lo hubiera dicho! Me sirvo un poco de leche, saco del bolsillo un caramelo de anís.



-
- Entro en un bar. Venimos de compras, me acerco a la barra mientras mi mujer se encarga de los paquetes. Doy un paso atrás en cuanto veo a la camarera con el frasco de detergente en una mano y el trapo en la otra, dispuesta a limpiar la vitrina. Me mira con cara de susto. Pero no un susto corriente, me mira como si estuviese a punto de atracarla. “Perdón señorita, – le explico – es que no puedo acercarme ahora porque tengo alergia a los químicos. En cuanto se seque…” “¡Ahhh! – hace un gesto de pánico, vierte medio litro de líquido en la bayeta y se pone a fregar frenéticamente. “Perdón, no lo sabía, ¿eh? Lo siento de verdad”.

Los espectadores escuchan con una sonrisa.

- A esas alturas, – sigue diciendo Paco – yo he retrocedido hasta la mesa, bien alejado del chorro asesino, y mi mujer ha tomado el relevo. En cuanto se sienta en el taburete, la chica vuelve a disculparse. "En serio, no tenía ni idea ¿eh?"

Parece que lo estamos viendo. Paco, convertido en camarera, sostiene con una mano un recipiente imaginario mientras con la otra frota concienzudamente el aire.

- La muy mema sacude el bote sobre la repisa extendiendo otro chorro generoso. Si no me retiro a tiempo, estaría ya en el otro barrio. “Tranquila, usted no se preocupe”, replica mi mujer, pero no puede evitar mirarla con lástima infinita, mientras la otra sigue arrojando líquido por todas las esquinas que tiene a su alcance. Si continúa con su furia higiénica, vamos a tener que huir de allí.

¿Que no lo sabías? Naturalmente, – pienso, pero me callo porque si no voy a acabar asesinándola si tuvieras poderes paranormales no estarías vendiendo bocadillos. Y ahora que lo sabes ¿qué pretendes? ¿Acabar conmigo? Sé que es mucho pedir, pero la vida sería mucho más fácil si escuchásemos lo que nos dice el que tenemos enfrente.

Vuelven a aplaudir El público está entregado, con ganas de que vuelva a hacer el payaso pero atento a la historia. Veo caras serias, llenas de simpatía cuando la cámara hace otro barrido general.

- Y entonces, a pesar de mi mala suerte, un día se me ocurre coger un taxi. Los taxis son veneno para mí, tienen una atmósfera de por sí cargadita, con restos de tabaco sí o sí, de eso no se libra ninguno. Para acabar de liar la cosa, le añaden ambientador creyendo que así se nota menos y terminan de rematar la faena. Lo peor de todo es que nos dirigíamos a un pueblo al que solo se puede acceder por autopista. Ese día iba solo. "Haga el favor de dar un rodeo – le pido al hombre – para que no tengamos que atravesar el túnel. Es que tengo un problema de bronquios y me ahogo, ¿sabe?". El otro, sin inmutarse, suelta lo siguiente: "A usted no le pasa nada en los bronquios, lo que tiene es claustrofobia" Y se queda tan pancho.

He comprendido hace rato que se está escenificando un mitin. Paco no interpreta: lo vive. Pone una expresión tan cómica, de desesperación infinita… Se escuchan risotadas inquietas.

- Ya que se mete en camisa de once varas, le hago un resumen de la situación. "Señor, a mí quien me trata es el neumólogo porque lo que tengo está en los pulmones, si fuera claustrofóbico tendría que visitar al psiquiatra."

Ya se me han olvidado los pasteles, el café, que se ha quedado frío, y casi no sé ni dónde estoy. Veo en primera fila varias bocas abiertas, como si temiesen perder el hilo al cerrarlas.

- Y entonces – continúa Paco – el fulano se pone chulo y me larga: "Y a mí qué me cuenta. Yo no soy médico". "Acabáramos, le digo, creí que se había doctorado en todas las especialidades y que además era una eminencia. Como ha diagnosticado sin mirarme...”

Aplausos solidarios. Lo que cuenta Paco es cada vez más grave, la gente lo nota y le apoya sin reservas. Eso se ve.

- Pero escuchen, ahora viene lo mejor. Resulta que el tipo tenía salida para todo. "Es que mi mujer la tiene. La claustrofobia, digo. Y no pasa nada por eso".

Paco sacude los brazos por encima de su hombro derecho como si estuviera lanzando al taxi por los aires, taxista incluido.

- Ahora sí que lo entiendo todo. – arruga la nariz – ¿Porque tenga claustrofobia tu mujer la tenemos que tener los demás?

Risas suaves, de alivio.

Da unos pasos hacia atrás y vuelve a su sitio, como si estuviese recordando algo que le hace mucha gracia. Al reírse, sacude los hombros. La gente espera atenta, preguntándose por dónde irá a salir.

- Pero lo mejor con diferencia, lo descacharrante de verdad, la rehostia, lo que se lleva el óscar al mejor guión de todos los tiempos, es lo que me pasó con la asistenta.

Escucho enormes carcajadas mezcladas con aplausos. Creo que todavía no ha dicho nada gracioso, será para liberar la tensión.

- Llevaba días notando que cada vez que ella pasaba por allí yo me encontraba fatal. Y, como no creo en males de ojo ni mandangas, supuse que estaba actuando por libre. "Ana Mari, le pregunto como quien no quiere la cosa, ¿ha fumado usted?” Pero la cosa tenía su miga porque el último día que vino llamamos a un médico del SAMUR y trajo una bombona de aerosoles que tuve que aguantar en la boca más de veinte minutos. Claro que lo que ella tardó en confesar fue más del doble de ese tiempo. No le pusimos el foco encima de los ojos porque en casa no tenemos, pero había un poli malo (yo, naturalmente) y un poli bueno (Cristina, mi mujer, que se va a ganar el cielo de la paciencia que tiene). Después de hostigarla sin piedad entre los dos – aunque le hemos explicado por activa y por pasiva que en casa no puede entrar ningún producto que no hayamos supervisado nosotros – confiesa que todas las semanas trae un espray de amoniaco escondido en el bolso. "Lo reconozco. He sido yo.”

Nos da la espalda a todos y sube los hombros lentamente. Cuando se vuelve, adelanta la cabeza y extiende la mano derecha con gesto cómplice.

- Les juro que no podíamos creerlo, era imposible que aquello estuviera pasando de verdad. Ni en mis peores pesadillas he vivido nada tan absurdo.

Caras preocupadas. Entonces Paco parece cargarse de furia e increpa a una asistenta invisible.

- Pero, tonta de mierda. ¿Qué pretendías? ¿Matarme?

Aplausos comprensivos. Él hace una reverencia y se queda mirando con gesto grave.

- Muchas gracias.

Las paredes retumban de aplausos. Nadie esperaba esto pero han entendido y lo demuestran.

- Señores, yo vivo la vida a tope. Lo malo es que mi tope está demasiado cerca, justo aquí.

Alarga la mano y los aplausos se incrementan. Algunos se ponen de pie para aplaudir con más entusiasmo. Paco se inclina de nuevo y se cierra el telón.

La pantalla queda a oscuras. Recojo la mesa moviéndome como una sonámbula. Siento que floto, como si acabase de salir de un sueño muy largo.

miércoles, 25 de junio de 2014

El perro

¿Tú en qué estás ahora, Molina? – quiere saber Cris, la mujer de Paco, que ha venido a –palabras textuales – “llevármelo a casa, ¡qué manía esta de pescar tanto!”.

        ¿Aparte de lo de siempre? Pues estoy escribiendo un cuento para una niña de mi familia que todavía no conozco. Se llama Lu y tiene dos años.

        No me digas que queréis enseñarle ya a leer. Si es que sois unos exagerados. Cuando os da por algo lo lleváis a unos extremos absurdos. A Paco le pasa igual.

        Mujer, es para cuando sea mayor. Aunque va a tener que crecer bastante porque creo que lo que está saliendo es un relato para jóvenes. Cuando aprenda a leer no voy a poder dárselo.

        Bueno, de aquí a entonces aún te da tiempo a escribir muchos.

        Y ¿con este qué hago?

        ¿Tiene título?

        Los árboles azules. ¿Por qué?

        Por nada. Yo que tú se lo regalaría a otro niño, dentro de quince años ¡quién sabe lo que puede pasar!
    Paco nos deja hablar mientras mete bultos en el coche. Luego me da un abrazo de despedida y se sientan de morros los dos. Ella al volante, él de copiloto con cara de ir a morder al primero que le tosa.
   Antes hemos estado en mi casa, los tres, entre azaleas, escuchando a Nacha Guevara (nos da por los tangos y la música argentina cuando nos juntamos al borde del mar) y comiendo sardinas del mercado con mucho limón. Cris y yo las hemos asado en la cocina, con la puerta bien cerrada y el extractor a tope porque la mínima brizna de humo es peligrosa para Paco. Él no quería comer, solo pescar. ¡Qué perra le ha entrado con la pesca! Si hemos conseguido convencerle de que subiera a probar las sardinas es solo porque ha tenido mala suerte: en el momento oportuno, dos chicos se han puesto en cuclillas junto a una barca de remos que habían volcado antes, han abierto unas latas de pintura y han empezado a pintarla. Paco ha tenido que soltar la caña y salir corriendo para no morir ahogado: el olor a pintura le tapona los bronquios tanto como el humo de las sardinas porque, aparte de la EPOC, padece un asma feroz. Nosotras, que habíamos acabado con lo nuestro y nos habíamos asomado a la azotea con la intención de llamarle, hemos bajado a toda prisa para recoger sus cosas antes de que alguien pudiese robárselas. Por fortuna mi rincón hoy estaba tranquilo, fuera de los chicos trabajando y un perro que correteaba de un lado a otro no había un alma.
     Pero, en cuanto ha acabado la sesión y los pintores se han marchado arrastrando su bote, Paco se ha empeñado en seguir pescando.
        Eso no le hace ningún daño y le entretiene- – sugiero a Cris sin saber muy bien si tengo o no razón,

        Pero no es plan – rezonga – lo que tiene que hacer es charlar con nosotras y, sobre todo, mucho ejercicio. No le conviene quedarse quieto, cuando está razonablemente bien tiene que moverse para compensar el tiempo que ha de pasar reposando.

        Es complicado, sí. – digo pensando en voz altaNo ha querido pasear con nosotras, ni siquiera buscar un mirador dónde tomar café, disfrutar de buenas vistas y sacar alguna foto. ¿Qué tendrá la pesca? Ni Cris ni yo lo sabemos, nos parece tan aburrida… Pero si hay aficionados algo ha de tener, es evidente.

Paco y Cris han hecho las paces en el coche y luego me han llamado desde el móvil para pedirmedisculpas. Se lo agradezco mucho pero estoy deseando colgar. Ahora anochece a toda prisa y yo me he empeñado en buscar al perro. No se le ve corretear. Me pareció que no tenía dueño, era bonito y gracioso, me gustaría llevármelo a la casa de las rocas, ¡sería tan feliz allí!

viernes, 20 de junio de 2014

La traición

- Estoy depre, no quiero ver a nadie.

Mi amigo Paco viene de la estación. La capital le conmociona tanto en los últimos tiempos que hoy se ha dejado caer por la playa con sus trastos de pesca y la intención de quedarse quieto unas cuantas horas, todo el día, el resto de su vida si fuera posible. Pero tiene mujer e hijos, un negocio que dirigir, aunque debido a su salud apenas pueda atenderlo personalmente. Tomamos unas rebanadas de pan con aceite en el primer chiringo que encontramos abierto. Le noto tenso, a punto de explotar pero no me atrevo a preguntarle. Me consta que el café le relaja, pero solo cuando le quema los labios. Tras unos cuantos sorbos de achicharrarse a conciencia, se fija en las primeras luces que asoman por la línea del océano y suelta lo que lleva encima.

- Soy un tipo despreciable.

- Lo sé, Tella, estuviste en la cárcel por contrabando. Eso no se hace, hay que respetar la ley.

- Aquello no fue más que un fallo técnico. Hubiese sido legal con solo un par de sellos en la parte derecha de los pliegos, ellos me estafaron a mí.

Me callo para no recordarle que también estuvo a punto de atracar un banco. En realidad no es mal chico, solo que en aquella época le dio por tomar sustancias. Pero parece que me adivina el pensamiento.

- Lo del banco lo planeé yo, pero luego me enfrenté a todos porque no quería que se hiciese. Por eso me salí de la banda.

Eran otros tiempos. Y ellos una panda de mequetrefes larguiruchos que acabaron en un correccional, no sé qué habrá sido de los otros. Paco se asustó tanto que cambió de barrio y encontró trabajo en una tienda de flores. Tuvo suerte de que le contratasen de aprendiz; con el tiempo, llegó a tener su propio negocio, abrió incluso varias sucursales. Ahora se conforma con su tiendecita.

- No metas al pasado en esto, Molina. Estoy jodido porque ayer tarde me llamó Pili para pedirme que la acompañase hasta el metro. Yo iba en dirección contraria, tenía cita con un proveedor pero como no habíamos quedado en una hora fija...

- ¿Pili?

- Sí, esa que trabaja en la radio; la has visto, seguro. Vive en la esquina de mi calle enfrente del parque, su marido es camionero...

En mi antiguo barrio todos nos conocíamos. Pili apenas ve más que unos cuantos bultos. Una vez me indicó cómo ir a la central de teléfonos y, aunque el camino era enrevesado, consiguió grabármelo en la cabeza, de tal modo que llegué hasta allí sin contratiempos. Estaba sorprendida, caminé más orientada que si hubiera llevado un GPS. Luego me enteré de que era ciega y entonces lo entendí. Pili iba para pianista. Desde el accidente se dedica a entrevistar a grupos de rock pero sigue tocando el piano.

- El mes pasado tuvo un concierto. Yo no fui. Me dijeron que había estado bien.

- ¿Te invitó acaso?- le pregunto con ironía - Sé que Paco aborrece la música clásica, si admira a Pili es por su programa de radio.

- Claro. El Triski y yo somos colegas.

Triski es el camionero, un melómano empedernido. Escucha lo que le echen, no hace distingos, de Mari Fe de Triana a Bethoven pasando por el rap. Con la comida le pasa igual, dentro de poco van a tener que fabricarle otra cabina, a medida. Y con costuras, a ser posible.

- Cuando Pili me llamó estábamos todavía en la mesa. Esa tarde no tenía que presentarse en la emisora sino en un acto benéfico al que habían invitado a varias bandas míticas. ¡Yo que sé! Estaba muy nerviosa porque a su jefe se le había olvidado decírselo con tiempo. Tenía que coger un par de autobuses para llegar a la estación, pero si la acercaba yo no le llevaría más de media hora. Empecé a preparar mis cosas muy despacio...

- Pero Paco, tú no puedes apresurarte.

- Por eso lo digo. Pili ya sabe que tengo un problema de bronquios. Quedé con ella en el aparcamiento del hiper, arriba, frente a la puerta, en mi hueco de siempre.

- Lo conozco. Y sé lo que vas a contarme: sentías que te ahogabas y tuviste que dejar que fuese a pie. - Intenté terminar yo la historia para que Paco no se sintiese incómodo, sé que esas crisis suyas le dan un poco de vergüenza.

- Esta vez no - sonrió - eso te lo hice a ti una vez pero ayer no estaba tan mal, en ese caso hubiese aplazado mi entrevista. Llevé a Pili hasta la boca de metro, pero era un camino nuevo para ella, se sentía insegura y me pidió que bajase y la acompañara hasta el andén.

Entonces supe lo que iba a contarme. Paco tuvo que abandonar a Pili a su suerte y no podía perdonárselo. Lleva años sin entrar en un andén de metro, tampoco en aparcamientos subterráneos.

- Te juro que lo intenté, - apuró el tercer café con amargura, la gran rebanada brillaba frente a él, ya fría. - Le dije que llegaría hasta donde pudiese y ella lo entendió, no hay problema, me conoce desde hace mucho. Me costó bastante bajar las escaleras del brazo de Pili, tuve que parar varias veces, me dieron dos ataques de tos... Conseguimos llegar hasta los torniquetes, pero me faltaba el aire. Pili estaba muy asustada, no sabía dónde tenía que ir. Le describí lo que podía ver desde allí pero más no podía decirle, yo tampoco conocía esa estación. Quisé avisar a algún empleado y no me dejó.

- ¿Has hablado después con ella?

- Sí, sí. Me llamó anoche en cuanto llegó a casa. Había llegado bien, sin tropiezos, quería que lo supiera y me dio las gracias de todas formas.

Hizo bien en agradecérselo, somos pocos los que podemos imaginarnos el esfuerzo que tuvo que hacer ese hombre. Pili puede ponerse en su lugar porque a ella también le cuesta mucho hacer lo que para otros no tiene ninguna importancia. Paco recogía ya la caña de pescar y la cesta, se puso la gorra. Esta vez no le dejé pagar. Sé por lo que ha tenido que pasar, las miradas de condescendencia, las acusaciones de locura, los guiños, los desprecios, solo porque tiene una enfermedad pulmonar y se ahoga a la primera de cambio. Pero la gente no lo entiende. Y él mismo se siente abrumado por la culpa cada vez que le sucede algo así. Su único fallo fue haber fumado cientos de cajetillas desde que tenía doce años, hasta que un día no pudo llevarse a la boca el cigarro que había encendido porque le faltaba el aliento. Tuvieron que suministrarle mucho oxígeno para sacarle de aquella y desde entonces no ha podido volver a fumar.

- No tiene ningún mérito, - nos dice siempre - yo nunca conseguí dejar el tabaco, me dejó él a mí el muy capullo.

domingo, 15 de junio de 2014

Yo solo pienso en respirar

Ahora somos amigos, pero antes de haber hablado nunca con él solía verle sentado ante la ventana, frente a la buhardilla de mi rústica casa de antes, en un sillón verde claro, bajo una lámpara de flecos, con las gafas siempre puestas y un libro abierto en las rodillas, durante horas y horas, sin que, aparentemente, moviese un solo músculo. Se hubiera dicho que hasta las páginas pasaban por su cuenta. No exagero, la primera vez que le vi me asaltaron serias dudas de si lo que había al otro lado del cristal era una persona viva o, más bien, una estatua sedente de tamaño natural y un exagerado hiperrealismo.

Paco parece serio pero se guasea de cualquier cosa, persona o animal. Yo no escapo a sus chanzas, él mismo tampoco. Parece vivir con una ceja permanentemente arqueada, como un signo de interrogación que cuestionase este mundo y todo cuanto contiene. Es curioso cuánto puede cambiar la visión de las cosas según sea el ángulo desde el que se miran. Mientras paseamos por el parque o tomamos el té en una terraza de la avenida, Paco contempla con sorna a la gente que pasa corriendo, se ríe de los titulares del periódico que acaba de comprar, lo mira todo con esa condescendencia del que está de vuelta o del que ve desde arriba cómo cientos de hormigas corretean afanosas con algún fin cuya trascendencia es incapaz de explicarse.

Porque habitualmente ha de conformarse con leer. Paco tiene las vías respiratorias obstruidas porque, durante años, se fumó todo el tabaco que cabía en sus pulmones. Cuando estos no aguantaron más, se negaron a seguir trabajando y le dejaron sentado durante un buen pedazo de vida. Por eso le hace tanta gracia que la gente se pelee o sufra por cuestiones tan banales, aunque a ellos les parezcan de vida o muerte.

- Lo tienen todo - dice cuando deja la taza - pero no lo valoran porque ni siquiera lo barruntan. Pueden poseer cosas o no, amar o no, disfrutar, comprar o vender mucho o poco, pero a todos les entra una buena bocanada de aire varias veces por minuto. En esta vida, lo único que importa de verdad es respirar.

Cierro los ojos y me lleno el pecho de aire cada vez que lo imagino paseando, algo cabizbajo, con su mochila a la espalda y un tubito que se divide en dos al llegar a su nariz. Él piensa que es afortunado porque puede divisar la gran montaña al fondo de su paisaje particular, siempre quieta pero siempre distinta, escuchar a Aretha Franklin, leer un cuento de Borges o comerse una tortilla con pimientos.


Ayer apenas podía hablar, se atragantaba de risa.

- ¿Qué te ha pasado que estás tan contento? - le pregunto.

- Jajaja, acabo de encontrarme con el chico que me trae la prensa y me ha dicho: "Don Paco, usted ¿qué hace todo el día? ¿no se aburre de estar parado siempre?"

He tenido que sujetarle las correas, no fuera a ser que la bombona se desplazase demasiado en su espalda y le hiciese caer. Nos hemos acercado al banco más próximo para descansar un poco, él sujetándose el vientre, que tenía dolorido de tanto reir.

- Bueno, y ¿tú que has respondido?

- Pues mantenerme con vida ¿te parece poco lo que tengo que hacer?

Paco es, a su modo, un epicúreo, un hombre que vive a diario el carpe diem que le tenía reservado el destino, el indiscutible héroe anónimo del barrio que dejé.