miércoles, 25 de junio de 2014

El perro

¿Tú en qué estás ahora, Molina? – quiere saber Cris, la mujer de Paco, que ha venido a –palabras textuales – “llevármelo a casa, ¡qué manía esta de pescar tanto!”.

        ¿Aparte de lo de siempre? Pues estoy escribiendo un cuento para una niña de mi familia que todavía no conozco. Se llama Lu y tiene dos años.

        No me digas que queréis enseñarle ya a leer. Si es que sois unos exagerados. Cuando os da por algo lo lleváis a unos extremos absurdos. A Paco le pasa igual.

        Mujer, es para cuando sea mayor. Aunque va a tener que crecer bastante porque creo que lo que está saliendo es un relato para jóvenes. Cuando aprenda a leer no voy a poder dárselo.

        Bueno, de aquí a entonces aún te da tiempo a escribir muchos.

        Y ¿con este qué hago?

        ¿Tiene título?

        Los árboles azules. ¿Por qué?

        Por nada. Yo que tú se lo regalaría a otro niño, dentro de quince años ¡quién sabe lo que puede pasar!
    Paco nos deja hablar mientras mete bultos en el coche. Luego me da un abrazo de despedida y se sientan de morros los dos. Ella al volante, él de copiloto con cara de ir a morder al primero que le tosa.
   Antes hemos estado en mi casa, los tres, entre azaleas, escuchando a Nacha Guevara (nos da por los tangos y la música argentina cuando nos juntamos al borde del mar) y comiendo sardinas del mercado con mucho limón. Cris y yo las hemos asado en la cocina, con la puerta bien cerrada y el extractor a tope porque la mínima brizna de humo es peligrosa para Paco. Él no quería comer, solo pescar. ¡Qué perra le ha entrado con la pesca! Si hemos conseguido convencerle de que subiera a probar las sardinas es solo porque ha tenido mala suerte: en el momento oportuno, dos chicos se han puesto en cuclillas junto a una barca de remos que habían volcado antes, han abierto unas latas de pintura y han empezado a pintarla. Paco ha tenido que soltar la caña y salir corriendo para no morir ahogado: el olor a pintura le tapona los bronquios tanto como el humo de las sardinas porque, aparte de la EPOC, padece un asma feroz. Nosotras, que habíamos acabado con lo nuestro y nos habíamos asomado a la azotea con la intención de llamarle, hemos bajado a toda prisa para recoger sus cosas antes de que alguien pudiese robárselas. Por fortuna mi rincón hoy estaba tranquilo, fuera de los chicos trabajando y un perro que correteaba de un lado a otro no había un alma.
     Pero, en cuanto ha acabado la sesión y los pintores se han marchado arrastrando su bote, Paco se ha empeñado en seguir pescando.
        Eso no le hace ningún daño y le entretiene- – sugiero a Cris sin saber muy bien si tengo o no razón,

        Pero no es plan – rezonga – lo que tiene que hacer es charlar con nosotras y, sobre todo, mucho ejercicio. No le conviene quedarse quieto, cuando está razonablemente bien tiene que moverse para compensar el tiempo que ha de pasar reposando.

        Es complicado, sí. – digo pensando en voz altaNo ha querido pasear con nosotras, ni siquiera buscar un mirador dónde tomar café, disfrutar de buenas vistas y sacar alguna foto. ¿Qué tendrá la pesca? Ni Cris ni yo lo sabemos, nos parece tan aburrida… Pero si hay aficionados algo ha de tener, es evidente.

Paco y Cris han hecho las paces en el coche y luego me han llamado desde el móvil para pedirmedisculpas. Se lo agradezco mucho pero estoy deseando colgar. Ahora anochece a toda prisa y yo me he empeñado en buscar al perro. No se le ve corretear. Me pareció que no tenía dueño, era bonito y gracioso, me gustaría llevármelo a la casa de las rocas, ¡sería tan feliz allí!

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