domingo, 15 de junio de 2014

Yo solo pienso en respirar

Ahora somos amigos, pero antes de haber hablado nunca con él solía verle sentado ante la ventana, frente a la buhardilla de mi rústica casa de antes, en un sillón verde claro, bajo una lámpara de flecos, con las gafas siempre puestas y un libro abierto en las rodillas, durante horas y horas, sin que, aparentemente, moviese un solo músculo. Se hubiera dicho que hasta las páginas pasaban por su cuenta. No exagero, la primera vez que le vi me asaltaron serias dudas de si lo que había al otro lado del cristal era una persona viva o, más bien, una estatua sedente de tamaño natural y un exagerado hiperrealismo.

Paco parece serio pero se guasea de cualquier cosa, persona o animal. Yo no escapo a sus chanzas, él mismo tampoco. Parece vivir con una ceja permanentemente arqueada, como un signo de interrogación que cuestionase este mundo y todo cuanto contiene. Es curioso cuánto puede cambiar la visión de las cosas según sea el ángulo desde el que se miran. Mientras paseamos por el parque o tomamos el té en una terraza de la avenida, Paco contempla con sorna a la gente que pasa corriendo, se ríe de los titulares del periódico que acaba de comprar, lo mira todo con esa condescendencia del que está de vuelta o del que ve desde arriba cómo cientos de hormigas corretean afanosas con algún fin cuya trascendencia es incapaz de explicarse.

Porque habitualmente ha de conformarse con leer. Paco tiene las vías respiratorias obstruidas porque, durante años, se fumó todo el tabaco que cabía en sus pulmones. Cuando estos no aguantaron más, se negaron a seguir trabajando y le dejaron sentado durante un buen pedazo de vida. Por eso le hace tanta gracia que la gente se pelee o sufra por cuestiones tan banales, aunque a ellos les parezcan de vida o muerte.

- Lo tienen todo - dice cuando deja la taza - pero no lo valoran porque ni siquiera lo barruntan. Pueden poseer cosas o no, amar o no, disfrutar, comprar o vender mucho o poco, pero a todos les entra una buena bocanada de aire varias veces por minuto. En esta vida, lo único que importa de verdad es respirar.

Cierro los ojos y me lleno el pecho de aire cada vez que lo imagino paseando, algo cabizbajo, con su mochila a la espalda y un tubito que se divide en dos al llegar a su nariz. Él piensa que es afortunado porque puede divisar la gran montaña al fondo de su paisaje particular, siempre quieta pero siempre distinta, escuchar a Aretha Franklin, leer un cuento de Borges o comerse una tortilla con pimientos.


Ayer apenas podía hablar, se atragantaba de risa.

- ¿Qué te ha pasado que estás tan contento? - le pregunto.

- Jajaja, acabo de encontrarme con el chico que me trae la prensa y me ha dicho: "Don Paco, usted ¿qué hace todo el día? ¿no se aburre de estar parado siempre?"

He tenido que sujetarle las correas, no fuera a ser que la bombona se desplazase demasiado en su espalda y le hiciese caer. Nos hemos acercado al banco más próximo para descansar un poco, él sujetándose el vientre, que tenía dolorido de tanto reir.

- Bueno, y ¿tú que has respondido?

- Pues mantenerme con vida ¿te parece poco lo que tengo que hacer?

Paco es, a su modo, un epicúreo, un hombre que vive a diario el carpe diem que le tenía reservado el destino, el indiscutible héroe anónimo del barrio que dejé.

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