miércoles, 30 de julio de 2014

El chivo expiatorio (y III)

Ángel no se fiaba de Sonia. La creía capaz de disimular que se estaba ahogando con tal de ahorrarle molestias. Daba igual que ellos fuesen familia, que tuviesen tanta confianza. La vio avanzar por el pasillo del autobús, aparentemente segura pero la experiencia le había enseñado que aquello no se notaba hasta que era tarde. Cuando el vehículo arrancó, tuvo que dar media vuelta. Miró el reloj, dentro de tres cuartos de hora su sobrina estaría en casa, hasta que no hablase con ella no iba a quedarse tranquilo.

Pero exageraba. Sonia es más sensata de lo que él cree, nunca se le ha ocurrido jugarse el tipo por mucha vergüenza que le dé confesar que se está ahogando. Y ella mejor que nadie sabe cuándo ocurre esto y lo que tiene que hacer. Si ahora está a bordo, dejándose llevar por la música que recibe de los auriculares, es porque el inhalador le ha hecho efecto. Nota el aire fresco pasar por la tráquea sin obstáculos, siente la energía que le aporta, disfruta de una serenidad que para ella, al contrario que para la mayoría de la gente, es un auténtico lujo. Escucha un rasgueo de guitarras mientras el paisaje, como un borrón negro, se aleja a toda prisa hacia atrás. La noche no le permite ver gran cosa pero eso estimula su imaginación, solo el olor del estiércol pone la nota desagradable. Aunque un acceso de tos la pone en guardia, no es el viento de fuera lo que huele sino un humo que siente como papel de lija, su pecho ahora parece una jaula de grillos, los silbidos aumentan al mismo tiempo que su ahogo. Vuelve la cabeza con rabia y ve a un pipiolo en la última fila con un cigarro en la boca. Le mira fijamente pero no parece que vaya a inmutarse ni aunque le caiga el techo en la cabeza.

-Está prohibido fumar aquí.

Varios pares de ojos pasean por su cara como si mirasen el aire.

-Oye, ¿quieres hacer el favor de apagar el cigarro? Soy asmática y no aguanto el humo.

-Nadie está fumando, señora.

- Y eso ¿qué es?

El chaval tiene el detalle de esconder el pitillo. Debía imaginar que era invisible, lo malo es que ahora, a poco que se descuide, puede provocar un incendio.

-¿Vas a apagarlo o no?

-Pero ¿el qué?

Ya no aguanta más, se está quedando sin aire y por tanto sin voz. Están parados en un semáforo rojo, el conductor se levanta y echa una reprimenda a los del fondo. El aire por allí está limpio, al haber actuado rápido no ha habido tiempo de que se ensucie todo el autobús. Sonia encuentra un asiento libre y se sienta. Junto a ella, un hombre con pinta de adolescente eterno suelta una risita entre dientes.

-Y tú ¿de qué te ríes? ¿Eh?

El otro, sin apenas despegar los labios, le suelta una retahíla de marcas.

-¿Qué quieres? Tengo de todo: tranquilizantes, antidepresivos, ansiolíticos.

Angustiada, mira a todos lados buscando cómo escapar. Él entonces se vuelve y repite lo mismo a gritos. Los de atrás le jalean, escucha risas, silbidos e insultos. No se atreve ni a volverse.

-Y agradece que no te saque del asiento. Vosotros, ¿qué decís? ¿la echo a patadas o no?

El resto del viaje juega a acercar un cigarro a una cerilla encendida, cuando parece que va a prenderlo, lo retira y vuelve a empezar. Se ríe muy ufano, debe creer que ha tenido una idea la mar de graciosa. Sonia mira por la ventanilla del lado izquierdo, no quiere arriesgarse a cruzar la mirada con él. Parece que ya están llegando.

-Yo no soy malo ¿sabes? Pero cuando son malos conmigo me pongo rabioso. Haber sido buena, pero como no lo has sido, ahora te aguantas.

Un grupo de chicas pasa hacia la salida y se les quedan mirando. No entienden nada, pero tiene la impresión de que es a ella a quién echan la culpa.

Su compañero de asiento sigue perorando como un perro rabioso. Ha llegado a su parada pero no se atreve a hacer el menor movimiento hasta que no se despeje la puerta. En cuanto ve vía libre, llega hasta allí de un salto y se baja. Mientras, aún alcanza a oír la voz de otro chico.

-Por fin, te has librado de ella. ¡Menos mal!

Cuando Sonia acaba su relato nadie se atreve a opinar. Sigue tan abrumada como al principio y ahora entendemos por qué. No queremos echar más leña al fuego, mostrar indignación la hundiría aún más, pero todos estamos pensando en escenas de otras épocas, otros contextos, que creíamos borrados para siempre.

Solo Paco se atreve a murmurar:

-Y yo soy tan gilipollas que voy y me quejo. Como si me pasara algo.


FIN

viernes, 25 de julio de 2014

El chivo expiatorio (II)

Dio la impresión de que no le quedaba aliento. Llenó su vaso con el agua que quedaba en la jarra y se pasó un pañuelo por la frente.

-¿Alguien quiere café? -Propuso Paco.

-¡Claro! Todos. –Replicó Cris mientras retiraba los platos sucios- Ya está hecho. Trae las tazas y sírvelo, anda.

-¿Estás bien? –pregunté a Sonia. Se la veía muy pálida y parecía haberse quedado sin fuerzas.

Pili, que estaba a su lado, le echó un brazo por los hombros.

-Paco, ¿vienes ya? -Cristina se acercó a la ventana- Voy a abrir un poco que hace mucho calor aquí.

Subió el estor con brío- Venga, ¿estamos todos ya?

-¿Mejor? –Paco, que entraba con la bandeja, dejó otra jarra llena junto a Sonia.

-¿Qué pasó después?

Sonia resopló y se llevó la taza a los labios.

-No sé cómo puede haber gente tan estúpida en el mundo.

-¡Uy! Si yo te contara… -interrumpió Paco.

-¡Calla! –terció su mujer.

-Pues nada, que querría contarle a mi tío que Luis y yo tampoco lo llevábamos muy bien, que estaba pensando en echar todo por la borda pero me estaba costando dar el paso. Le daba vueltas a todo eso mientras esperaba a que saliese, y no me estaba fijando en nada más. Entonces fue cuando vi a esos payasos al otro lado del cristal, haciendo visajes y descojonándose. Les di la espalda pero uno salió a preguntarme, con toda su jeta, por qué había salido corriendo.

-¿Hablas de los camareros?

-Sí, sí, los putos camareros.

Pensé que no parecía la misma Sonia que se había sentado a la mesa un rato antes. Ahora estaba reviviendo la escena y descargaba toda la rabia que tenía dentro. Guardaba más sangre en las venas de lo que parecía a primera vista.

"-Contesté que le que preguntase a mi tío, que todavía estaba dentro del bar. Pero siguió insistiendo como si estuviese obligada a darle explicaciones. Fui tonta haciéndole caso. Le dije que me hacían daño los líquidos.

"-¿Qué líquidos?

“Me interrogaba con una altanería y un aire chulesco que, por supuesto, no estaba dispuesta a soportar.

“-El detergente que tenéis encima de la mesa. Soy asmática y me ahogo al olerlo. ¿Tienes algo que objetar o es que crees que tengo que pedirte permiso para salir del bar cuando me plazca?

“.No. Si… Yo…

“-Y tus compañeros ¿de qué se ríen? Vaya pandilla de memos que sois.

“-Perdone, señorita. No es que se rían. Bueno, se ríen, pero en el sentido...

“Encima palurdo –pensé.

“-¿En el sentido? ¿De qué sentido hablas? ¿De la falta de respeto? ¿De la estupidez? ¿De molestar a gente que no os ha hecho nada? Mira, no quiero seguir hablando, seguro que no te importa pero esta movida está afectando a mi salud. Entra de una vez, diles a esos que dejen de reírse de lo que no entienden y déjame en paz, haz el favor.

“Cruzó la puerta de un salto, parecía un conejo asustado, no se esperaba que fuera a plantarle cara, tampoco que fuésemos gente normal, supongo, aunque sigo sin imaginarme qué les pudo pasar por la cabeza. Le vi hablar con sus compañeros, me fijé en cómo se ponían serios de golpe. Cuando se lo conté a Ángel me dijo que le habían pedido disculpas. Por el malentendido, dijeron. Él no contestó, no tenía ni idea de lo que le estaban hablando.

“Pero a esas alturas ya estaba tocada. Me había alterado tanto que apenas podía andar, me ahogaba, tuvimos que parar varias veces. Me eché el inhalador a la boca pero apenas me hizo efecto. Ángel estaba dispuesto a llamar al Samur, como había tenido que hacer tantas veces, para mi familia es casi una rutina ya. Íbamos los dos muertos de frío, apenas quedaba nada abierto y yo tenía que sentarme. También, y a ser posible, entrar en calor. Después de muchas paradas, de temer, una vez más, que no iba a ser capaz de salir viva de aquello, conseguimos llegar a la estación. Ángel quería llevarme al hospital o a mi casa, dónde fuera, pero yo era partidaria de esperar un poco. Nos sentamos en un banco del andén y, cuando llegó mi autobús, ya estaba bastante repuesta, así que subí sin escuchar las protestas de Ángel ni casi mirarle cuando me despedía para no ver su cara de preocupación.

Se oyó a Paco, tan práctico como de costumbre:

-¿Moraleja?

-Espera, –reclamó Pili- todavía no ha terminado.

-¡Ah! Pero, ¿todavía hay más?

-¿Qué si hay más?

(Continuará)

domingo, 20 de julio de 2014

El chivo expiatorio (I)

Se acercaba un puente de cuatro días y me preguntaba cómo aprovecharlo. La semana anterior había acabado un guión de lo más tortuoso y me había quedado sin ganas de escribir una sola línea en todo lo que quedaba de mes, había puesto mis lecturas en barbecho hasta nueva orden, como estaba lloviendo a cántaros, recorrer a pie la montaña visitando sus pueblos y pasar penalidades no me convencía nada, entonces llamó Pili y me propuso que visitásemos a Paco, podía alojarme en su casa si ellos no tenía sitio. Ya conocéis a Pili, es una vecina de mi antiguo barrio, ciega de nacimiento o casi, con la que solo he hablado un par de veces. Me han dicho que no ha vuelto a comprar un libro mío desde que maté al protagonista de un relato en la última frase y a traición. Esta vez, tenía un plan.

-Te necesito, Molina. Una amiga mía quiere conocer a Paco y como tienes confianza con él…
-Más que nada, soy amiga de Cris. Puedo preguntar si tienen libre alguna tarde del puente.

Tenían. Y nos invitaron a empanada casera, una de las especialidades de Paco. La amiga de Pili se llamaba Sonia, lo único que entendí de todo lo que me contó esa tarde. Que si tenía movilidad reducida, que si no dejaba de llorar…
No sabía lo que iba a encontrarme.

-¿Es que va en silla de ruedas?
-¿Qué? No, no.

Su caso, según dijo, era muy parecido al de Paco, por eso quería que hablasen. Hace poco se había sentido tan vejada que no se levantaba ni para comer. Le daba igual perder el trabajo, le daba igual todo.
-Su novio le ha dicho a su jefa que tiene la gripe.

-Pero ya no es época de gripes.
-Ya. Poca imaginación que tiene el muchacho.

-Y se lo ha tragado.
-Parece ser.

El salón de Paco aparecía cuajado de guirnaldas y empapelado con pancartas en las que se leía “Todos se pelean por un papi como el mío” “Queremos hacerte feliz” “Por ti se inventó el día del padre” y frases por el estilo. Los niños acababan de representar una obra y estaban desmontando el escenario. Junto a nosotras tres pasaban cortinas, un guerrero con bigote, una princesa con capirote, una torre de cartón, una escalera forrada de fucsia, arbolitos de plástico, nubes de algodón azul. Mientras esperábamos que se apaciguase todo aquel revoltijo, nos sirvió sangría el abuelo. Luego reunió a los chicos, se aseguró de que no les quedase ni un churrete y se los llevó al cine con un paso tan marcial que, se diría, capitaneaba un regimiento.

-Sentimos interrumpir en un día como este.

Paco se pasó la manga por la frente.
-¡Ya venía bien un respiro!

-Estos ratos acaban agotándole, –intervino Cris- por eso os citamos para hoy. Habéis sido una coartada estupenda.
-Pero tu padre…

-Hoy también es su día. Está encantado de llevarlos por ahí. Un día por otro, casi nunca encontramos la ocasión.
Cris fue sirviendo los trozos de empanada que, por cierto, estaba de muerte y, en cuanto empezaron a funcionar los tenedores, dejamos hablar a Sonia.

-No sé cómo empezar, –empezó- es como si me sintiese culpable. Por nada, la verdad. Hace unos días quedé con mi tío Angel, fuimos a una tasca del centro, una de mala muerte porque estaba todo a reventar. Tomamos unas cervezas y unos pinchos.
Sonia tiene el pelo muy lacio, muy rubio y muy achicharrado  por el sol. Me fijé en sus ojeras azuladas, en que apenas probó bocado, en su expresión de derrota y sus hombros caídos. Al verla, no cabía duda de que la depresión le estaba clavando los garfios.

-Mi tío quiere separarse porque su mujer le… Bueno, eso da igual. Está decidido pero no se atreve a enfrentarse a mi padre, que es muy conservador y un poco intransigente. Ángel es el pequeño y siempre nos hemos llevado bien.
Cuatro pares de ojos la miraban. La única que sabía de qué iba el asunto era Pili, también la única que apenas podía verla.

-Yo también tengo hipersensibilidad a los químicos. Como tú, Paco. La verdad es que aún no me lo explico. Estábamos enzarzados en lo del divorcio, cuando Ángel se paró y dijo: “Ve saliendo rápido que ya me encargo yo de pagar. Estos han sacado los botes
“Miré y vi un espray lleno de líquido azul sobre la mesa más cercana a la puerta y a un camarero con guantes de goma y un trapo que estaba a punto de agarrarlo. Cogí el bolso y la chaqueta y eché a correr tapándome la boca. Ya he estado en urgencias muchas veces por lo mismo y no estoy dispuesta a comprobar si el producto tiene cloro o no tiene.

Miró fijamente a Paco.
-Supongo que sabes lo que es un bronco-espasmo.

-Demasiado bien. Sigue.
-¿También tú has ido al hospital?

Paco puso su mejor cara de guasa.
-Como todos, miles de veces, hasta que aprendí cuándo hay que irse corriendo de los sitios.

-Pues eso. Salí a toda prisa con la pasmina por delante y Ángel se quedó como alelado, parecía que rebuscaba en la cartera pero en realidad estaba dando vueltas a lo que habíamos hablado y así pasó diez minutos. Mientras fuera me estaban machacando entre todos, él seguía allí, en Babia.
“Me asomé por una ventanita que daba a la barra y le vi al fondo, cabizbajo. Al otro lado, justo enfrente de mí, cuatro camareros me hacían gestos de mal gusto y se partían de risa. No lo entiendo, la verdad.

Paco se había puesto serio.
-¿Cuántos años te lleva tu tío?

-No sé, unos quince.
-Pues te puedes imaginar, cualquier guarrada se les pasaría por la cabeza. Hay gente que tiene la mente muy sucia.

-Pero éramos un tío y una sobrina hablando de sus cosas. No lo puedo entender.
-Sonia, es que los tíos se aburren mucho. – Terció Cris.

(Continuará)

martes, 15 de julio de 2014

Cómo dejé el tabaco

Llevaba veinte días sin trabajar por culpa de una bronquitis y la casa se me caía encima. El día había sido gris y tristón, con nubes bajas y amenaza de lluvia, se intuía el invierno en las rachas de aire frío que me abofetearon cuando abrí la ventana, en el color de la tarde y en las ramas peladas. Si tenía motivos para estar decaído, el tiempo tampoco animaba. Empezaba a anochecer. Me había acercado unas cincuenta veces al teléfono, luego cogía un libro para ahuyentar tentaciones, pero la trama no lograba atraparme. Cristina había agarrado la bolsa de viaje nada más comer y se había marchado a casa de su madre con los niños. Todavía eran bebés, no hacía ni cuatro años que vivíamos juntos. Dijo que se largaba para siempre porque no podía soportar mi mal humor. No quería llamarla por orgullo. O porque me parecía demasiado pronto para ablandarla y prefería esperar al día siguiente, ya no recuerdo bien.
Fui a buscar un refresco porque estaba harto de fingir que leía y porque la cocina estaba en dirección contraria al teléfono. Me dolía la cabeza y el pecho, tenía algo de fiebre y la vida me parecía una broma de mal gusto. Volví a echarme la manta por encima y abrí la segunda cajetilla de esa tarde. Pensé que el salón debía oler a rayos, aunque yo no lo notase, porque llevaba horas cociéndome en mi propio jugo; pero si lo ventilaba a esa hora corría el riesgo de coger un pasmo aún mayor del que tenía encima. Así que encendí un cigarro y di un par de caladas nerviosas. Entonces me quedé tieso. Tal cual.
Me dediqué a dar bocados al aire pero no entraba ni gota, como si me hubieran puesto un tapón en la garganta. La colilla se consumió sola en el cenicero mientras yo bregaba con mis sudores fríos y luchaba por respirar. Tenía una nube delante de los ojos, noté cómo perdía fuerza en los brazos y los dejé caer, eché la cabeza hacia atrás, apreté los párpados e intenté respirar hondo con toda mi furia. Cuando lo conseguí y empecé a ver colores de nuevo, me juré a mí mismo que no volvería a coger un cigarro.
El fumador de pipa - Cezanne (1895)
Ya no sé cómo hicimos las paces. Debimos darnos prisa porque no creo haber pasado solo ni una noche más. Me había mareado y me asusté, eso es lo que le conté a Cris, luego supe que había sufrido una crisis de asma.
Tardé en volver al trabajo. No engordé. Alrededor del teclado se acumulaban los envoltorios vacíos de mis caramelos de menta. Algún compañero ponía cara de guasa al verlos, pero eran el equivalente del cenicero lleno que se veía en todas las mesas y que la fuerza de la costumbre había convertido en normal.
Lo había intentando tantas veces que nadie pensó que fuese a conseguirlo. Mi mujer escondió los cartones detrás de una pila de libros y aseguró que habían ido a la basura. Lo que no quería era tirar el dinero porque estaba convencida de que en un par de días iba a salir a comprar otros.
No fue así. Se me había metido en la cabeza que si era capaz de aguantar veinte horas sin el vicio, podría continuar toda la vida. Y así fue. Atrás quedaron los mil intentos anteriores, mis llantos a escondidas cada vez que echaba de menos la dosis, las restricciones: quince al día, luego diez, ocho, hasta seis, nunca menos. El hormigueo en las venas cuando, por fin, claudicaba, un gran bienestar que me recorría de arriba a abajo el cuerpo. Decían que un cura de la Rioja expulsaba las ganas de fumar solo con tocar la cabeza del visitante. Me apunté en una lista de seis meses pero Cris se negó a acompañarme, dijo que no quería brujerías en su casa y volví a llamar para anularlo.
Yo no lo había dejado, era él quien me había dejado a mí. Me había dado cuenta de que, por mucho que me gustara el tabaco, la vida era preferible.

jueves, 10 de julio de 2014

El cuerpo también tiene memoria

Vamos todos en tropel a celebrar el aniversario de Paco y Cristina. La casa parece estallar por sus costuras. Nos arremolinamos en el salón con vistas al parque dónde él ha paseado a sus hijos cuando eran pequeños, el que yo cruzaba todos los días hasta que me vine a vivir a las rocas. Hasta hace poco, al caer la tarde, era fácil adivinar su silueta en el bar que hay junto al mercado, apurando la copa de antes de la cena, discutiendo con su hablar recio, salpicando con puñetazos al tablero su discurso.

Escuchando sus risotadas de ahora, nadie diría –y menos que nadie sus viejos conocidos– que a veces no puede dar ni dos pasos. Todo ese músculo, la estatura, su pasión por la vida, el vigor aparente, se disuelven como aire, como ese mismo aire que no entra en sus pulmones porque se lo impide una obstrucción crónica. Paco, como sabemos de sobra los que estamos allí, respira mal, muy mal. A veces, le facilitan una bombona de oxígeno, otras sufre un ahogo súbito a causa de algún producto inhalado al albur. Su vida cotidiana, amenazada por esas eventualidades, necesariamente ha de parecerse a un infierno. Quizá ese es el mayor motivo para que su familia le mime tanto.

Los hijos abrazan mucho a Paco, a Cris un poco menos. Piensan que ella todavía les va a durar bastante, que ya habrá tiempo para carantoñas. Después. ¿Después de qué?

Paco ha competido como corredor, levantador de pesas, nadador, incluso ha boxeado un poco.

-Yo soy un "duro" bueno. – Suele decir.

Pero eso ya no es cierto. Ahora se ha convertido en un “blando” cascarrabias. Solo compite consigo mismo y es fácil que le venza la pereza. Como ha de pasar largas temporadas en reposo, luego le cuesta volver a la rutina del deporte. Pero los médicos son insobornables, quiera o no quiera ha de esforzarse todo lo posible. A alguien tan entrenado como él se le puede exigir más que al resto. Y, por encima de los médicos, está Cris. Ella es su enfermera y su sargento mayor. No le pasa ni una. ¡Qué te muevas, recórcholis! ¿Quieres hacer el favor de moverte?

Cris es algo injusta, porque Paco, con su exigua capacidad respiratoria, luchando contra ella, esforzándose por ampliarla todo lo que es capaz, monta en bici, va a nadar a una cala apartada cuando hace buen tiempo, acude diariamente al gimnasio. Salvo, claro está, en sus etapas difíciles, que, por desgracia, son bastante frecuentes.

También reconoce  las ventajas.

- El ejercicio de tantos años le ha salvado la vida, - asegura - sin él no sé dónde estaría ya, probablemente se hubiese ido al otro barrio.

En casos como este, es magnífico que el cuerpo tenga memoria, que registre lo que hicimos antes para poder beneficiarnos de ello. Pero también pasa factura de los errores que hemos cometido. Esa memoria del cuerpo ha tomado como rehén a Paco, a pesar de la rebeldía que brota de él y de que hace más de tres lustros que dejó de fumar.

Pero todo lo arropado que este hombretón se siente cuando se encuentra en familia, le llega en forma de burla y desprecio en cuanto abandona el cálido nido y sale al despiadado, inmisericorde, mundo exterior.

-¿Y a ti qué más te da? –tercia Cris, que nunca ha entendido esa susceptibilidad, insólita en su marido hasta hace poco.

Pasan de mano en mano los trozos de tarta. Veo miradas como rayos mortíferos en los ojos de ambos cónyuges. Puede que a Cris no le molesten las pullas porque no van dirigidas a ella, porque jamás se ha quedado sin aliento cuando más necesitaba defenderse.

-Me desquicia que sean insensibles nada más que por pura y simple estupidez. ¿Nadie se para a pensar un momento? Si no se extrañan porque la sangre pueda contener azúcar, porque el corazón se pare de pronto, porque unas cuantas células se vuelvan malignas y se pongan a proliferar ellas solas a sus anchas en cualquier lugar del cuerpo, porque unos bichos invisibles apodados bacterias ataquen a alguien infinitamente más grande que ellos y lo enfermen, porque algo tan aparentemente inofensivo como el polen pueda producir serios trastornos, ¿porqué les asombra tanto lo que me pasa a mí? ¿Qué importa que lo otro lo hayan escuchado antes y esto no? ¿Cada vez que oyen algo nuevo piensan que es falso? ¿Es que se creen que lo saben todo? ¡Ignorantes!

Amen, Paco Tella, amén.

sábado, 5 de julio de 2014

¡Ponga un inhalador en su lecho de amor!

Cristina y yo comíamos pipas ayer tarde, de espaldas al mar sentadas en la empalizada de piedra. Me explicaba que no es fácil mantener una relación sin altibajos cuando tu pareja está mal de los bronquios.


- Molina, estoy desesperada. Hace siglos que no me acuesto con Paco. Un día de estos se va con otra y me deja con tres palmos de narices.

Conozco a Cris desde que éramos pequeñas, pero estas conversaciones siempre resultan algo incómodas.

- Yo creo que no deberías preocuparte, todos las parejas pasan por algún bache Después de tantos años de estar juntos la pasión va disminuyendo, es lo normal.

- No es eso. Aunque haga 18 años que le conozco, a mí Paco me encanta. Pienso que se ha conservado muy bien a pesar de todos sus rollos de salud. O que es él y me gusta así por eso. El caso es que le deseo de verdad.

- ¿Le deseas pero te niegas? Pues tenéis un problema, Cris.
- Es por los ahogos. Antes que disfrutar de él, prefiero no perderlo. Cada vez que lo pienso, me quedo sin líbido.
- ¿Le has dicho que es por eso?
- ¿Qué dices? No me perdona ni que lo piense. Si llegara a enterarse...
- ¿De verdad crees que es peligroso ?
- Si, aunque tiene fácil arreglo, dos inhalaciones antes y listo, pero no se puede hablar con él.
- No me lo creo.
- Pues no exagero nada. Ni te imaginas lo susceptible que está con eso. Prefiero decirle que estoy agotada o que me ha sentado algo mal.
- O el tópico de la cabeza. Jajajaja.
- No, porque me obligaría a tragar una aspirina y se pasaría la mitad de la noche dándome la murga. ¿Qué me aconsejas, Molina? No se lo puedo contar a nadie.
- Pues… mira, ahora que lo dices… yo creo que deberías comentárselo al neumólogo.
- ¡Qué horror! ¿Como voy a hablarle de mis intimidades a ese hombre?
- Tampoco hace falta que le des detalles. Le puedes llamar por teléfono ¿no? Pues, yo que tú, le diría que tienes miedo de intimar con tu marido, que necesitáis un consejo, y que prefieres que él no sepa que se lo has dicho. La próxima vez que vayáis a verle él sacará el tema y le dirá lo que tenga que decirle.
- Lo pensaré. De todas formas, menudo plan. Está histérico, la semana pasada me regaló un camisón nuevo. Si no lo miras con lupa no lo ves.
- ¡No te quejarás! Eso es amor.
- Ya, ya. Yo acojonada y él subiéndose por las paredes. Como para no quejarme.

Emil Nolde - Couple on the beach (1903)
- También podríais ir a un psicólogo.
- ¿Con qué excusa?
- ¿Problemas de pareja?
- Eso es lo bueno. Y lo malo, claro. Que no tenemos ningún problema.
- Pero él cree que sí, él cree que ya no te gusta.
- No sabe qué pensar. Y yo siempre le digo que me encanta, que le quiero, que sigue siendo mi chico…
- ¡Qué bonito!
- Precioso. Pero se lo digo cuando vamos por la calle o tengo la sartén en el gas. En la cama me convierto en una seta.

- Lo dicho. Habla con su especialista. Total… ¿qué pierdes?
- Ya. Puede que te haga caso. Es que no te imaginas lo que es verle con la lengua fuera cuando ni siquiera me ha dado un beso. Se puede ahogar subiendo una cuesta, así que en la cama…
Miguel Prieto - La siesta
- Si tú lo dices... Pero el médico habrá visto miles de casos, él sabrá lo que tenéis que hacer.
- Me conformo con que le convenza de que use el broncodilatador. Y de que se esté quieto y me deje hacer a mí. Si hubiera un manual de posturas para enfermos de EPOC...
- Seguro que sí, mujer.