martes, 15 de julio de 2014

Cómo dejé el tabaco

Llevaba veinte días sin trabajar por culpa de una bronquitis y la casa se me caía encima. El día había sido gris y tristón, con nubes bajas y amenaza de lluvia, se intuía el invierno en las rachas de aire frío que me abofetearon cuando abrí la ventana, en el color de la tarde y en las ramas peladas. Si tenía motivos para estar decaído, el tiempo tampoco animaba. Empezaba a anochecer. Me había acercado unas cincuenta veces al teléfono, luego cogía un libro para ahuyentar tentaciones, pero la trama no lograba atraparme. Cristina había agarrado la bolsa de viaje nada más comer y se había marchado a casa de su madre con los niños. Todavía eran bebés, no hacía ni cuatro años que vivíamos juntos. Dijo que se largaba para siempre porque no podía soportar mi mal humor. No quería llamarla por orgullo. O porque me parecía demasiado pronto para ablandarla y prefería esperar al día siguiente, ya no recuerdo bien.
Fui a buscar un refresco porque estaba harto de fingir que leía y porque la cocina estaba en dirección contraria al teléfono. Me dolía la cabeza y el pecho, tenía algo de fiebre y la vida me parecía una broma de mal gusto. Volví a echarme la manta por encima y abrí la segunda cajetilla de esa tarde. Pensé que el salón debía oler a rayos, aunque yo no lo notase, porque llevaba horas cociéndome en mi propio jugo; pero si lo ventilaba a esa hora corría el riesgo de coger un pasmo aún mayor del que tenía encima. Así que encendí un cigarro y di un par de caladas nerviosas. Entonces me quedé tieso. Tal cual.
Me dediqué a dar bocados al aire pero no entraba ni gota, como si me hubieran puesto un tapón en la garganta. La colilla se consumió sola en el cenicero mientras yo bregaba con mis sudores fríos y luchaba por respirar. Tenía una nube delante de los ojos, noté cómo perdía fuerza en los brazos y los dejé caer, eché la cabeza hacia atrás, apreté los párpados e intenté respirar hondo con toda mi furia. Cuando lo conseguí y empecé a ver colores de nuevo, me juré a mí mismo que no volvería a coger un cigarro.
El fumador de pipa - Cezanne (1895)
Ya no sé cómo hicimos las paces. Debimos darnos prisa porque no creo haber pasado solo ni una noche más. Me había mareado y me asusté, eso es lo que le conté a Cris, luego supe que había sufrido una crisis de asma.
Tardé en volver al trabajo. No engordé. Alrededor del teclado se acumulaban los envoltorios vacíos de mis caramelos de menta. Algún compañero ponía cara de guasa al verlos, pero eran el equivalente del cenicero lleno que se veía en todas las mesas y que la fuerza de la costumbre había convertido en normal.
Lo había intentando tantas veces que nadie pensó que fuese a conseguirlo. Mi mujer escondió los cartones detrás de una pila de libros y aseguró que habían ido a la basura. Lo que no quería era tirar el dinero porque estaba convencida de que en un par de días iba a salir a comprar otros.
No fue así. Se me había metido en la cabeza que si era capaz de aguantar veinte horas sin el vicio, podría continuar toda la vida. Y así fue. Atrás quedaron los mil intentos anteriores, mis llantos a escondidas cada vez que echaba de menos la dosis, las restricciones: quince al día, luego diez, ocho, hasta seis, nunca menos. El hormigueo en las venas cuando, por fin, claudicaba, un gran bienestar que me recorría de arriba a abajo el cuerpo. Decían que un cura de la Rioja expulsaba las ganas de fumar solo con tocar la cabeza del visitante. Me apunté en una lista de seis meses pero Cris se negó a acompañarme, dijo que no quería brujerías en su casa y volví a llamar para anularlo.
Yo no lo había dejado, era él quien me había dejado a mí. Me había dado cuenta de que, por mucho que me gustara el tabaco, la vida era preferible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Para que cuentes eso que siempre has pensado y jamás te atreviste a decir: