domingo, 20 de julio de 2014

El chivo expiatorio (I)

Se acercaba un puente de cuatro días y me preguntaba cómo aprovecharlo. La semana anterior había acabado un guión de lo más tortuoso y me había quedado sin ganas de escribir una sola línea en todo lo que quedaba de mes, había puesto mis lecturas en barbecho hasta nueva orden, como estaba lloviendo a cántaros, recorrer a pie la montaña visitando sus pueblos y pasar penalidades no me convencía nada, entonces llamó Pili y me propuso que visitásemos a Paco, podía alojarme en su casa si ellos no tenía sitio. Ya conocéis a Pili, es una vecina de mi antiguo barrio, ciega de nacimiento o casi, con la que solo he hablado un par de veces. Me han dicho que no ha vuelto a comprar un libro mío desde que maté al protagonista de un relato en la última frase y a traición. Esta vez, tenía un plan.

-Te necesito, Molina. Una amiga mía quiere conocer a Paco y como tienes confianza con él…
-Más que nada, soy amiga de Cris. Puedo preguntar si tienen libre alguna tarde del puente.

Tenían. Y nos invitaron a empanada casera, una de las especialidades de Paco. La amiga de Pili se llamaba Sonia, lo único que entendí de todo lo que me contó esa tarde. Que si tenía movilidad reducida, que si no dejaba de llorar…
No sabía lo que iba a encontrarme.

-¿Es que va en silla de ruedas?
-¿Qué? No, no.

Su caso, según dijo, era muy parecido al de Paco, por eso quería que hablasen. Hace poco se había sentido tan vejada que no se levantaba ni para comer. Le daba igual perder el trabajo, le daba igual todo.
-Su novio le ha dicho a su jefa que tiene la gripe.

-Pero ya no es época de gripes.
-Ya. Poca imaginación que tiene el muchacho.

-Y se lo ha tragado.
-Parece ser.

El salón de Paco aparecía cuajado de guirnaldas y empapelado con pancartas en las que se leía “Todos se pelean por un papi como el mío” “Queremos hacerte feliz” “Por ti se inventó el día del padre” y frases por el estilo. Los niños acababan de representar una obra y estaban desmontando el escenario. Junto a nosotras tres pasaban cortinas, un guerrero con bigote, una princesa con capirote, una torre de cartón, una escalera forrada de fucsia, arbolitos de plástico, nubes de algodón azul. Mientras esperábamos que se apaciguase todo aquel revoltijo, nos sirvió sangría el abuelo. Luego reunió a los chicos, se aseguró de que no les quedase ni un churrete y se los llevó al cine con un paso tan marcial que, se diría, capitaneaba un regimiento.

-Sentimos interrumpir en un día como este.

Paco se pasó la manga por la frente.
-¡Ya venía bien un respiro!

-Estos ratos acaban agotándole, –intervino Cris- por eso os citamos para hoy. Habéis sido una coartada estupenda.
-Pero tu padre…

-Hoy también es su día. Está encantado de llevarlos por ahí. Un día por otro, casi nunca encontramos la ocasión.
Cris fue sirviendo los trozos de empanada que, por cierto, estaba de muerte y, en cuanto empezaron a funcionar los tenedores, dejamos hablar a Sonia.

-No sé cómo empezar, –empezó- es como si me sintiese culpable. Por nada, la verdad. Hace unos días quedé con mi tío Angel, fuimos a una tasca del centro, una de mala muerte porque estaba todo a reventar. Tomamos unas cervezas y unos pinchos.
Sonia tiene el pelo muy lacio, muy rubio y muy achicharrado  por el sol. Me fijé en sus ojeras azuladas, en que apenas probó bocado, en su expresión de derrota y sus hombros caídos. Al verla, no cabía duda de que la depresión le estaba clavando los garfios.

-Mi tío quiere separarse porque su mujer le… Bueno, eso da igual. Está decidido pero no se atreve a enfrentarse a mi padre, que es muy conservador y un poco intransigente. Ángel es el pequeño y siempre nos hemos llevado bien.
Cuatro pares de ojos la miraban. La única que sabía de qué iba el asunto era Pili, también la única que apenas podía verla.

-Yo también tengo hipersensibilidad a los químicos. Como tú, Paco. La verdad es que aún no me lo explico. Estábamos enzarzados en lo del divorcio, cuando Ángel se paró y dijo: “Ve saliendo rápido que ya me encargo yo de pagar. Estos han sacado los botes
“Miré y vi un espray lleno de líquido azul sobre la mesa más cercana a la puerta y a un camarero con guantes de goma y un trapo que estaba a punto de agarrarlo. Cogí el bolso y la chaqueta y eché a correr tapándome la boca. Ya he estado en urgencias muchas veces por lo mismo y no estoy dispuesta a comprobar si el producto tiene cloro o no tiene.

Miró fijamente a Paco.
-Supongo que sabes lo que es un bronco-espasmo.

-Demasiado bien. Sigue.
-¿También tú has ido al hospital?

Paco puso su mejor cara de guasa.
-Como todos, miles de veces, hasta que aprendí cuándo hay que irse corriendo de los sitios.

-Pues eso. Salí a toda prisa con la pasmina por delante y Ángel se quedó como alelado, parecía que rebuscaba en la cartera pero en realidad estaba dando vueltas a lo que habíamos hablado y así pasó diez minutos. Mientras fuera me estaban machacando entre todos, él seguía allí, en Babia.
“Me asomé por una ventanita que daba a la barra y le vi al fondo, cabizbajo. Al otro lado, justo enfrente de mí, cuatro camareros me hacían gestos de mal gusto y se partían de risa. No lo entiendo, la verdad.

Paco se había puesto serio.
-¿Cuántos años te lleva tu tío?

-No sé, unos quince.
-Pues te puedes imaginar, cualquier guarrada se les pasaría por la cabeza. Hay gente que tiene la mente muy sucia.

-Pero éramos un tío y una sobrina hablando de sus cosas. No lo puedo entender.
-Sonia, es que los tíos se aburren mucho. – Terció Cris.

(Continuará)

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