miércoles, 30 de julio de 2014

El chivo expiatorio (y III)

Ángel no se fiaba de Sonia. La creía capaz de disimular que se estaba ahogando con tal de ahorrarle molestias. Daba igual que ellos fuesen familia, que tuviesen tanta confianza. La vio avanzar por el pasillo del autobús, aparentemente segura pero la experiencia le había enseñado que aquello no se notaba hasta que era tarde. Cuando el vehículo arrancó, tuvo que dar media vuelta. Miró el reloj, dentro de tres cuartos de hora su sobrina estaría en casa, hasta que no hablase con ella no iba a quedarse tranquilo.

Pero exageraba. Sonia es más sensata de lo que él cree, nunca se le ha ocurrido jugarse el tipo por mucha vergüenza que le dé confesar que se está ahogando. Y ella mejor que nadie sabe cuándo ocurre esto y lo que tiene que hacer. Si ahora está a bordo, dejándose llevar por la música que recibe de los auriculares, es porque el inhalador le ha hecho efecto. Nota el aire fresco pasar por la tráquea sin obstáculos, siente la energía que le aporta, disfruta de una serenidad que para ella, al contrario que para la mayoría de la gente, es un auténtico lujo. Escucha un rasgueo de guitarras mientras el paisaje, como un borrón negro, se aleja a toda prisa hacia atrás. La noche no le permite ver gran cosa pero eso estimula su imaginación, solo el olor del estiércol pone la nota desagradable. Aunque un acceso de tos la pone en guardia, no es el viento de fuera lo que huele sino un humo que siente como papel de lija, su pecho ahora parece una jaula de grillos, los silbidos aumentan al mismo tiempo que su ahogo. Vuelve la cabeza con rabia y ve a un pipiolo en la última fila con un cigarro en la boca. Le mira fijamente pero no parece que vaya a inmutarse ni aunque le caiga el techo en la cabeza.

-Está prohibido fumar aquí.

Varios pares de ojos pasean por su cara como si mirasen el aire.

-Oye, ¿quieres hacer el favor de apagar el cigarro? Soy asmática y no aguanto el humo.

-Nadie está fumando, señora.

- Y eso ¿qué es?

El chaval tiene el detalle de esconder el pitillo. Debía imaginar que era invisible, lo malo es que ahora, a poco que se descuide, puede provocar un incendio.

-¿Vas a apagarlo o no?

-Pero ¿el qué?

Ya no aguanta más, se está quedando sin aire y por tanto sin voz. Están parados en un semáforo rojo, el conductor se levanta y echa una reprimenda a los del fondo. El aire por allí está limpio, al haber actuado rápido no ha habido tiempo de que se ensucie todo el autobús. Sonia encuentra un asiento libre y se sienta. Junto a ella, un hombre con pinta de adolescente eterno suelta una risita entre dientes.

-Y tú ¿de qué te ríes? ¿Eh?

El otro, sin apenas despegar los labios, le suelta una retahíla de marcas.

-¿Qué quieres? Tengo de todo: tranquilizantes, antidepresivos, ansiolíticos.

Angustiada, mira a todos lados buscando cómo escapar. Él entonces se vuelve y repite lo mismo a gritos. Los de atrás le jalean, escucha risas, silbidos e insultos. No se atreve ni a volverse.

-Y agradece que no te saque del asiento. Vosotros, ¿qué decís? ¿la echo a patadas o no?

El resto del viaje juega a acercar un cigarro a una cerilla encendida, cuando parece que va a prenderlo, lo retira y vuelve a empezar. Se ríe muy ufano, debe creer que ha tenido una idea la mar de graciosa. Sonia mira por la ventanilla del lado izquierdo, no quiere arriesgarse a cruzar la mirada con él. Parece que ya están llegando.

-Yo no soy malo ¿sabes? Pero cuando son malos conmigo me pongo rabioso. Haber sido buena, pero como no lo has sido, ahora te aguantas.

Un grupo de chicas pasa hacia la salida y se les quedan mirando. No entienden nada, pero tiene la impresión de que es a ella a quién echan la culpa.

Su compañero de asiento sigue perorando como un perro rabioso. Ha llegado a su parada pero no se atreve a hacer el menor movimiento hasta que no se despeje la puerta. En cuanto ve vía libre, llega hasta allí de un salto y se baja. Mientras, aún alcanza a oír la voz de otro chico.

-Por fin, te has librado de ella. ¡Menos mal!

Cuando Sonia acaba su relato nadie se atreve a opinar. Sigue tan abrumada como al principio y ahora entendemos por qué. No queremos echar más leña al fuego, mostrar indignación la hundiría aún más, pero todos estamos pensando en escenas de otras épocas, otros contextos, que creíamos borrados para siempre.

Solo Paco se atreve a murmurar:

-Y yo soy tan gilipollas que voy y me quejo. Como si me pasara algo.


FIN

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