sábado, 30 de agosto de 2014

Telón con flecos

-¿Te atreverías a ponerte un sombrerito violeta y sentarte a tomar el té en la cafetería del Ritz a las 5 de la tarde? – me preguntó Paco hace dos semanas, cuando me vio estirar el cuello añadió – No por una apuesta, sino con naturalidad, como si lo hicieses habitualmente.

-¡Qué pena! – respondí– Porque si fuese una apuesta la tendría ganada seguro, esa cafetería está plagadita de excéntricos y no iba a llamar la atención. Ahora, si se trata de ser yo misma, ese look no me va.
Cristina interviene.

-Molina, ¿recuerdas cuando frecuentábamos el Ritz?
Esa pregunta me la sé.

-¡Bah! –Respondo–. No os deis tanta importancia. Fuisteis tres o cuatro veces porque pasabais por allí cerca y entonces casi era el único sitio dónde prohibían fumar.
-Exageráis, solo entramos un par de veces y porque íbamos de museos.

-Que no, marido. Pero si no salíamos de la cafetería del Thyssen. Estuvimos cuando fuimos a aquel congreso sobre el asma, el paciente experto y demás.
-¡Qué pesados estáis, chicos! Me sé de memoria los cinco años que pasasteis buscando algún sitio donde tomar un café sin humo en Madrid, porque los bares decían que valía con una línea pintada en el suelo o un biombo. Pero el sombrero morado ¿a qué viene?

Paco quiebra cintura, entorna los ojos y habla entre dientes.
-¡Macanudo, che! Por fin traen a provincias la gran obra del milenio.

Esta vez su desastrosa parodia del argentino ni siquiera me hace gracia. No puedo creer lo que oigo.
-¿Los hombres que no amaban a las mujeres? ¿La han adaptado para el teatro? ¡Socorro!

-Jajaja. Que no, mujer. No que nosotros sepamos, aunque esas intuiciones las carga el diablo ¿eh?
-Vale. ¿Dónde hay madera?

-Puedes tocar el serrín que hay en la cabeza de Paco.
-Deja eso, Cris, que está más visto que el tebeo.

Aquello decaía. Miré por la ventana y me vi mirando una calle aburrida, por la que apenas pasaba nadie, desde un bar sin sustancia, en un día monótono, acompañada por mis amigos de siempre. Pero comprendía que para ellos todavía era un acontecimiento poder sentarse en cualquier sitio tras haber tenido que renunciar a casi todo durante años porque, fuesen a donde fuesen, Paco se hubiese ahogado con el humo. Se ahogaba, de hecho, visitó todas las salas de Urgencias hasta que sacó la conclusión de que no podía pisar un bar.

Cris me tocó la mano.

-Lo que queremos contarte es que tenemos entradas para el teatro.
-Anda. ¿Con quién vais?

-Con mi hermana, mi cuñado y contigo si quieres. Están reservadas, de momento.
-Una tarde en el Ritz. En los carteles sale un mujer con traje violeta y gorrito a juego. Policíaca, muy divertida, del periodo de entreguerras. De hecho, el autor no es español sino húngaro, vino para echar una mano en nuestra guerra civil y ya se quedó hasta su muerte.

Yo estaba en el limbo.

-¿Cómo se llama?
-Ni idea: nombre y apellido impronunciables. Y ya no está, murió joven, creo.

-Sería judío, seguro.
Paco lanzó un largo suspiro.

-Eso dice la leyenda, pero nadie sabe si existió en realidad o si su nombre es el pseudónimo de algún autor más conocido. A mí lo que me interesa es el misterio que envuelve su vida.
-Mira Paco –barbotó Cristina- Si te da igual ver la obra, te mando ahora mismo a tomar viento fresco, ¿vale?

Les miré incrédula.
-Pero bueno ¿por qué te lo tomas tan a pecho?

-Porque hemos montado la de san Quintín para poder verla. –Aclaró él sonriendo- Primero, tuvimos que hacer de detectives como siempre, preguntar lo que iban a echar en el escenario. Ya sabes, sustancias, efectos especiales, cualquier cosa que me impida respirar.
-Y no es fácil que te quieran contar nada.

Se quitaban la palabra el uno al otro.
-Normalmente no nos creen. Dicen que el teatro es muy grande y tonterías de esas. Pero la mujer del ayudante del director tiene algo parecido a lo de Paco. Y ha dicho que sí, que el aire de las salas siempre está muy cargado, y que una persona con problemas respiratorios no puede aguantar que se eche porquería en el aire.

-Pero es que iban a echar de todo. Incienso en las últimas escenas, unos aerosoles haciendo que limpiaban, máquina de humo al principio…
-Y hasta fuman ¡fíjate!

-Pero si el tabaco está prohibido ya en todos los sitios.
-Ya. Pero dicen que son cigarros de eucalipto y que eso sí lo permiten. Yo pienso que es un cuento para echarse un cigarro en escena, pero da igual que sea tabaco o que quemen una rama de olivo delante de mis narices.

Detrás de los cristales, apareció un niño con la nariz aplastada y un globo verde.
-Nunca mejor dicho, compañero. Lo de las narices, digo.

-Pues lo mejor de todo es que les hemos convencido gracias al segundo director. Harán que fuman, pero sin encender los cigarros, y el resto de los efectos los suprimen. Dicen que no podían sospechar que era tan malo.
-El hombre ese debe ser un genio- zanjó Cristina- porque hay que ver el tiempo y la paciencia que le he echado para que la gente comprenda lo que le pasa a Paco, y nada. Lo mejor que me puede pasar es que se encojan de hombros, porque normalmente se cabrean, tú.

-Eso de que se cabreen es lo que no entiendo. –Paco rascándose la cabeza parecía la viva imagen de la duda.
-Pues ¡enhorabuena, chicos!

La nariz del niño que llevaba un globo verde había recuperado su forma. Ahora, en lugar de lamer cristales, estaba delante de nuestra mesa, abrazando a Cris.
-Te presento a Raul, mi sobrino. Ese que vas a cuidar si decides no venir al teatro con nosotros. Como ves no te libras.

-¡Peste de confianza! Qué asco da ¡rediez!

lunes, 25 de agosto de 2014

El color de mi cristal

-Molina, ¿estás ahí?

Me preparaba para un parto inminente, el de la novia de Mancha, mi gato. Le seguí la pista un día y los encontré entre las ruinas de una fábrica. Me la traje a casa y le he puesto Gorgorita. Llegó muerta de frío, aunque programé el termostato y parece que estamos en el agosto. También acondicioné el trastero para que tuviese espacio propio sembrándolo de mantas y almohadones que luego tiraré a la basura. No solo es ella la que necesitaba estar confortable: sus crías tenían que llegar felices a este mundo. Iban a nacer en mi casa, y todo el que pase por allí, hasta la planta más humilde, debe sentirse como un rey.

-Molinaaa.
Escuché una vocecilla en algún sitio. (Parece que me llaman. ¡Ah! Vale. Es el contestador).

-Pi pi pi pi.

(Este chisme, últimamente, no registra llamadas. Imposible saber quién era a no ser que vuelva a llamar).
-Pero bueno –la  misma voz lejana– ¿es que estás sorda o qué?

(Pues no era el teléfono. Ya decía yo, esa llamada no había dejado ni rastro).
Cris chillaba allá abajo, en la plataforma de las rocas. Alguien había cerrado la verja y tuve que bajar a abrirla.

Entró en mi casa dando saltitos.
-¡Grrrr! Hoy hace un frío de perros, he estado a punto de congelarme por tu culpa. ¿A qué huele?

-Creo que a gato. Es que la nueva inquilina es menos limpia que Mancha, pero ya la acostumbraré.
-Molina, estoy muy deprimida. Ayer vino una chica a ver a Paco.

-¡Venga, mujer! ¿Te vas a poner celosa a estas alturas?

-No, si lo que me ha dejado hecha polvo es la historia que nos contó. A veces da la impresión de que esta vida es un asco.
-Jajaja. Tienes una forma de ser pesimista que se parece mucho al optimismo.

-Una chica muy guapa. Mariola. La invitamos a chocolate con tarta.
-De queso ¿a que sí? ¿Estás segura de que no son celos?

-Para nada. Es una chavala que conocemos de la sala de espera de la clínica. También ella tiene un problema en los bronquios y piensa que nunca se va a emparejar.
-No me extraña. Supongo que es complicado vivir con alguien que siempre se está ahogando.

-Dímelo a mí. Ella habla de uno que hace una semana salió huyendo. Pero lo que le importa, más todavía que la espantada, es el malentendido. Por lo visto, se lo habían presentado en una fiesta. Primero se quedó encerrada en la terraza y casi se muere de frío. Igual que yo hace un rato, pero por lo menos yo no estoy enferma. Por cierto, ¿tienes algo dulce?
-Pues... Unas garrapiñadas, creo. Ya sabes que no soy golosa.

-Da igual, tengo la dentadura hecha mierda.
-Cada día hablas peor ¡leñe!

-Jijiji. Es que lo de esa chica me ha llegado al alma.
-Mira, mejor te pongo un whisky.

-Bueno. Ya sabes, con agua y un cubito, pero espera un momento, si no paras quieta no te lo puedo contar. La pobre se pasó la tarde llorando, dice que las historias de Paco no son tan desagradables, que lo suyo es mucho peor. Y puede que sea verdad. Hasta Paco lo cree.

-¿Qué dices? Pero si él tiene un repertorio para caerse del susto.
-Pues solo hay que fijarse en la última. Parece que el muchacho ha sufrido mucho con una novia a la que quitaron un pecho y no sobrevivió. Quería contarlo a toda costa, pero ella se estaba ahogando porque había pasado mucho frío en la terraza esa.

-¿Otra vez? No seas rencorosa, Cristina, juro que no te he oído llegar.
-¡Que no! Eso es lo que nos contó Mariola que le había pasado en esa fiesta, estoy repitiendo palabra por palabra. Luego se metió en una habitación llena de humo y unos espabilados estuvieron jugando a no dejarla salir.

-¡Por dios!
-Queda mucho torpe por ahí. A lo que iba. El chaval estaba interesado y quería ponerla al corriente. La pobre Mariola respiraba fatal esa noche por todo lo que le había pasado, pero el otro le invitó a una pizza y aceptó. Estuvo hablando él solo hasta las tantas. Ella metía baza de vez en cuando, quería hacerle entender que su salud tampoco era demasiado boyante, pero no se enteraba de nada porque seguía obsesionado con la novia.

-¡Ya!
-Luego la llevó a casa y, cuando estaban a cinco minutos, Mariola no tuvo más remedio que callarse. Le tocó el brazo y cree que puso cara de angustia. Se esforzaba en jadear bajito para que el chico no notase que apenas le quedaba resuello y le faltó muy poco para pedirle que la llevase a urgencias.

-¿Ha estado ingresada alguna vez?
-Miles. Como Paco.

-Pero ella es mucho más joven ¿no?
Vincent Van Gogh -  Mountains at Saint-Remy (1889)
-Pues sí, pero tendrá un organismo muy sensible. ¡Yo que sé! Cuando llegaron a la puerta de su casa, se había recuperado un poco. Intentó hacerle entender, como pudo, que eso era lo que le había estado explicando todo el tiempo. Él puso cara de circunstancias. No parecía nada convencido. Digo yo que vete tú a saber lo que estaba pensando.

-¿Y?
-Que tanto interés por ella para nada. No le ha vuelto a ver el pelo.

-Pero ya se lo había dicho. No entiendo esa cerrazón de la gente.
-Yo tampoco. Debe ser que cuando oyen algo por primera vez tienden a no creérselo.

-¿También los problemas de salud? Cuantas enfermedades habrá que no conozcamos los que no hemos estudiado medicina.

-En fin. Ya estás tardando con el whisky. ¿Dónde está la gata nueva que le voy a dar un achuchón?
-Creo que pariendo. ¡Ayyyy!

miércoles, 20 de agosto de 2014

El reencuentro

Paco y Cristina llevaban dos semanas de morros y no contestaban el teléfono. Cogí la bici y me puse en marcha, sabía que, si me lo tomaba con calma, llegaría a mi antiguo barrio de noche. Era la mejor manera de obligarles a que me invitasen a cenar. Ya arriba, en los bultos borrosos que vislumbré tras la ventana de la cocina al otro lado del patio de luces, me pareció adivinar dos figuras que discutían la posibilidad de no abrirme. Fantaseé con la idea de quedarme allí días y días, retándoles a que resistiesen, forzando la situación, hasta que acabasen abriendo para no morirse de hambre. Imaginé, incluso, esa escena de los viejos tebeos, donde se pintaba al que espera, fuese hombre o mujer, con una larguísima barba blanca.

Pero no hay que hacerme caso, yo siempre he tenido mucha imaginación.
Paco abrió enseguida y, si se extrañó, no lo hizo notar.
-Entra, anda. Te estábamos esperando.
Aún me quedaba un resto de rebeldía.
-Desde luego. Ya me ha dicho el gato que os había puesto al corriente.
Cristina apareció quitándose el abrigo, me besó con la cara fría. Acababa de llegar de no sé dónde. fue una casualidad no encontrármela.
-Anda, anda. –protestó- Deja a Mancha en paz que el pobre no tiene la culpa. Coloca eso en la percha y tómate una cerveza con nosotros.
-¿Te gustan las alcachofas, Molina?
-Sí, mucho, pero acabo de zamparme un bocata de atún.
En momentos así, ¿quién tiene ganas de comer? Solo quería que me invitasen, no cenar con ellos.
Me apalanqué en el taburete de la entrada sin que nadie me lo pidiese. Ellos se quedaron de pie, mirándome.

-Me voy ya. Solo he venido a deciros que ha sido imposible sacar las entradas.
-¿Y solo por eso has hecho dos horas de camino? –me espetó Paco- ¿No podías habernos llamado
Pasé por alto que no se habían dignado contestar.
-Pues no. Hay veces que es mejor verse las caras. Escucha: en la obra que íbamos a ver el sábado sacan una máquina de humo, velas y creo que hasta incienso.
-¡Hala! ¡Qué bestias!
-Ya te digo. Aquello va a ser insoportable, creo que no voy a ir ni yo. Aún no tengo asma pero, como se empeñen, al día siguiente estoy como tú.

-Oye.–Cristina se quedó mirándome- Tú te quedas a dormir. Ya sabes que tengo camas de sobra.

-Sí, hombre. –Me levanté en el acto- Mucho gusto ¿eh? Tengo que irme.
Ellos seguían de pie frente a mí como dos pasmarotes, muy quietos.
-A este paso no volveré a pisar un teatro. ¿Es que no pueden vivir sin ensuciar el aire? ¡Qué asco!
-Paciencia, hijo. –Dije abriendo la puerta.- No se os olvide echar el cerrojo, quiero veros cabreados mucho tiempo.
-¿Contigo?
-No, con el mundo. Jajaja.
-Ya has vuelto a dar el portazo, ¡capulla!
-No os oigo. –Canturreé. Luego me metí en el ascensor. Ya podían ponerme verde si querían, esta vez tenían mi bendición.

viernes, 15 de agosto de 2014

El desencuentro

Hoy tengo que confesar mi falta de tacto. He discutido con mis grandes amigos, con los dos porque, mientras hablaba con Paco, Cris ha agarrado el teléfono y se ha despachado a gusto. Es verdad que yo conozco su situación como nadie y, por tanto, no debería caer en esos fallos tan tontos, pero han de reconocer que soy una incondicional suya y si tomo alguna decisión que les disgusta no tienen más que hacérmelo notar. Nunca he tenido problema para rectificar tratándose de algo así.
Todo esto se debe a las dificultades de Paco cuando tiene que respirar ciertos líquidos en evaporación, humos de toda índole, nubes de polvo y demás, y, en particular, con la cantidad de precauciones necesarias a la hora de pisar un  teatro. Antes de que nos piquen la entrada, hay que preguntar si se fuma tabaco (que está prohibido), o cualquier otra sustancia (unas permitidas y otras no), si van a utilizar aerosoles en escena, poner en marcha efectos especiales con humo, arrojar toneladas de arena al escenario, o cualquier otro efecto contaminante. Parecerá una exageración, pero por todas estas experiencias –y quizá alguna más que se me olvida– han pasado alguna vez mis amigos; y yo, casi siempre, he sido testigo de la angustia, del rápido traslado a urgencias, del suministro de oxígeno primero e ingreso en la UVI a continuación, de la noche en la sala de espera con el alma de un hilo hasta que se nos informa de que Paco está fuera de peligro. Si habéis vivido algo así, os lo podéis imaginar perfectamente.
Esto es lo que ha pasado, más o menos.
-Hola Paco, ¿qué tal?
-Bien, tirando, como siempre.
-Oye, mira, quería preguntarte si al final vais a venir a ver la obra o no. Es por hacer planes, ¿sabes?
-Es que aún no lo sabemos, Molina. Depende de si los dos pequeños se van de campamento ese fin de semana. Pienso que no hará tan mal tiempo como para que se suspenda, pero si se quedasen, no podemos dejarlos solos. No tienen edad para eso aún.
-Ya. Si lo entiendo. Pero es que he pensado… Verás, en lugar de revender vuestras entradas, podrían venir Lourdes, su hermana y las parejas respectivas. Si vosotros no estáis seguros, sacaríamos entradas para los seis y ya nos veríamos otro día. Espero que no os importe.
Desde que me he mudado a la orilla del mar, he conocido a mucha gente, pero me las arreglo para verlos a todos. Cuando a una le interesa, solo es cuestión de organizarse.
-¿Quieres decir que no me puedes juntar con tus amigos?
-No, no es eso. A ver… Oye Paco, no te enfades, lo que pasa es que…
-No te digo lo que me parece, Molina, porque estaría feo y yo soy un caballero, ya lo sabes.
-Pero es que cuando venís vosotros…
-Sí, ya lo sé, damos problemas. Somos la mar de incómodos, por desgracia. Debes pasarlo tan mal con nosotros que evitas que tus amigos pasen por lo mismo. Pues no te preocupes, ya  no hace falta que volvamos a salir juntos.
-Pero Paco, cielo ¿qué estás diciendo? No te lo tomes así.
-Mira chavala., –ahora era su mujer. Su voz estaba llena de rabia, supuse que le había arrebatado el auricular de un tirón– no sé lo que harías si alguno de nosotros estuviese ciego o fuese en silla de ruedas. Eso todavía es más pesado  ¿verdad? Mejor encerrarnos en una urna. Pero de ladrillo, para que no se nos vea. Y sin puerta, así no podríamos salir a dar la coña a nadie. Eso sí, piensa que alguna vez te puede pasar a ti. Ya verás lo que se siente siendo una molestia.
-Pero eso no es así, Cristina. Simplemente, quería que estuvieseis cómodos. Puede que no me haya puesto en vuestro lugar, pero podemos arreglarlo de otra forma. Verás lo que voy a hacer: compro entradas para todos y, si vosotros no venís, las revendo en la puerta.
No me dejó acabar la frase, el teléfono se puso a pitar a un volumen irritante y tuve que colgar. Ahora soy yo la que está rabiosa. Pero por la situación, no por ellos, En el fondo, creo que tienen toda la razón. Si yo aún no estoy preparada para esos casos –y confieso que no lo estoy del todo– mucho menos el resto del mundo. Eso significa que Paco y Cristina tienen que habérselas con un estado de hostilidad permanente. Me consta.

Pero les quiero. Y no sé qué puedo hacer.

domingo, 10 de agosto de 2014

El ascensor






Hola Molina. Por fin nos decidimos a coger vacaciones los dos solos después de tanto tiempo. Los niños están de campamento y la chica con el novio. El sábado aterrizamos en la isla con un tiempo espléndido. Me parece una bendición que no haga calor aquí nunca, sobre todo por Paco que, como sabes, lo lleva fatal, le entran unos ahogos que me aterrorizan y hay que refrescarle rápidamente como sea. Por eso nos entró esa felicidad la primera mañana que pudimos pasear a gusto. Hacía mes y medio que esto era un sin vivir
Pero dos días después pasó algo y me ha dejado con una angustia muy difícil de esconder. Parece que él lo lleva mejor que yo aunque es el que se llevó la peor parte. Estoy harta de poner buena cara cuando estamos juntos y conformarme con llorar por los rincones. Tengo que desahogarme y prefiero no involucrar a la familia, así que he decidido contártelo.
Estamos alojados en la planta 15 del hotel. A Paco no le gustan mucho estos monstruos, él prefiere algo más recoleto, un sitio acogedor y con solera. Pero no encontramos nada mejor que encajase en nuestro presupuesto. Necesitábamos que no tuviese piscina porque ya sabes que se ahoga en cuanto hay una mínima cantidad de cloro cerca. Cuando llegamos nos pareció que todo salía a pedir de boca, hasta el ascensor llegó enseguida, no era difícil porque hay siete y apenas había movimiento. Dicen que por la crisis, yo creo que la razón es que, vayas donde vayas, los precios están por las nubes y hoy día es preciso ser un potentado para poder moverse.
Ese primer día ya nos fijamos en que los ascensores tienen las paredes de metal y que están llenas de dibujos y nombres grabados a navaja. Eso sí, están limpísimas, relucientes. Las frotan dos veces al día con un producto oleoso y desde el primer momento Paco notó que le faltaba el aire. Ese líquido aún no lo teníamos identificado y, probablemente, en un lugar más abierto no le afecte casi nada, pero estar allí encerrado, subiendo quince pisos, uno tras otro, con aquella lentitud insufrible, no le hizo nada bien. Aún así no le dimos mucha importancia. Lo peor llegó el martes. Ya sabes que él por las mañanas generalmente se siente peor, pero nos dirigíamos a la playa tan contentos: habíamos encargado un asadito en un corredor acristalado, cuajadito de flores, al borde mismo del acantilado, suspendido entre las rocas, con el mar a nuestros pies.
El dichoso ascensor se paró en el séptimo pero no entró nadie, pasaron unos treinta segundos hasta que volvieron a cerrarse las puertas. En ese momento yo noté que Paco, al que desde que entramos ya le vi mala cara, se ponía lívido. Durante los ocho pisos que faltaban sentí que le perdía. En cuanto, se abrió la puerta por fin, le saqué despavorida de allí, casi a rastras porque el pobre no podía ni moverse. Por suerte, no perdió el conocimiento. Entre el conserje y yo le sentamos en el primer escalón, aspiró con fuerza el aire que llegaba de la calle y cinco minutos después nos pareció que se había repuesto.
Avanzamos por el paseo marítimo, Paco tambaleándose un poco, yo sujetándole del brazo, preocupada por si la falta momentánea de oxígeno le había afectado al cerebro. Afortunadamente, no ocurrió nada de eso, pero la disnea volvió con más fuerza y tuvo que parar. Aquello era un principio de broncoespasmo. Le senté a la entrada de un aparcamiento y me fui a buscar cobertura porque no había forma de comunicar con el SAMUR. Todo lo que ocurrió a partir de entonces me pareció que procedía de un mundo irreal, de locos o, mejor, de fantasmas. Un hombre con camiseta a rayas, barriga prominente y barba sin rasurar a conciencia empezó a perseguirme. Yo corría y él iba detrás, pero lo raro es que, según él, quería ayudarme. Le enseñé el móvil y le advertí que iba a llamar a la policía, entonces paró en seco y puso cara de estar muy confundido. Le grité. Mejor dicho, estaba tan furiosa que lo que salía de mi boca más parecían ladridos que palabras. Entonces echó a correr y ya no volví a verle. Había perdido demasiado tiempo y temía que fuese demasiado tarde pero conseguí llamar a una ambulancia.
 Cuando volví donde estaba Paco tuve que espantar a una muchacha que se había empeñado en venderle al pobre un paquete de garbanzos de un quilo. Él no podía defenderse, la miraba y era incapaz de emitir ningún sonido, no tenía aire bastante para hablar y ella se aprovechaba dándole la matraca con su cantinela soñolienta. Debía llevar dentro una buena dosis de vete a saber qué e intentaba vender la comida que tenía en casa para poder pagarse otra.
Se lo llevaron al hospital. Allí vivimos la secuencia habitual: historia clínica, oximetría, gasometría, inhaladores, oxígeno, radiografía, corticoides en vena, nueva oximetría, inspección ocular, alta. Al menos, no le ingresaron otra vez.
Desde entonces subimos los quince pisos a pie. Por lo general tardamos unos cuarenta minutos, ya sé que es una locura pero no podemos hacer otra cosa. Aún así, Paco no tiene ninguna gana de volver, dice que el tiempo que no está subiendo y bajando escalones lo pasa divinamente.
Y a mí me gustaría que me tragase la tierra.

martes, 5 de agosto de 2014

El piloto automático

-¿Quién dijo qué...?

-Ya sabes, el caracol...

-Calla que se oye.

-¿Quién juega ahora?

-Este.

-Ni hablar, te tocaba a ti.

-Sal.

-Entro.

Brutales golpes del cubilete en la mesa. Tapetes verdes. Charla incongruente. Es la primera vez que acompaño a Cris a la taberna donde Paco juega a no sé qué con sus amigos.

-¿Cuántas veces tienes que aguantar esto?

Ella se apoya en el borde del respaldo, estira las piernas y se masajea las sienes con suavidad.

-La verdad es que no vengo nunca.

-Es insoportable, ¿no?

Entonces me fijo en Paco, con su camiseta blanca, el enorme corpachón inclinado hacia delante y un mechón de pelo flotando sobre su cara. El foco de una alacena rebota en sus ojos que ahora parecen verdes, aunque sé de sobra que siempre han sido castaños Nunca lo he visto así. Mejor dicho, hace muchos años que no tenía esa pinta; pero hoy, por alguna extraña razón, se parece bastante al muchacho que fue. Me doy cuenta de que le estoy mirando con demasiada intensidad, siento un poco de vergüenza y aparto la vista. Ha sido un lapsus tonto y espero que Cristina no se haya dado cuenta.
Está tan interesada en la conversación que mantienen, a nuestra derecha, dos hombres acodados en la barra que no atiende a otra cosa. Tiene la cabeza inclinada y mantiene la vista fija en el suelo, pero yo sé que les está escuchando. Esa noche no podrá dormir, ni ella ni Paco. Los dos me lo contarán después, por separado, seguros de que el otro ni siquiera estaba atendiendo.

El más alto y delgado tenía un cigarrillo en la oreja, el otro sostenía un archivador sobre las rodillas y a veces se tapaba la boca con la mano. Entre eso y el ruido de las fichas, no resultaba fácil seguirles, pero intentaré reproducir la conversación con la mayor fidelidad posible.

-... Sí, el proyecto de boxeador ese. ¿Te has fijado?

-¿El que ha entrado tapándose la boca como si los demás le diésemos asco?

-¡Justo! Eso es lo que digo. Algunos deben de mear agua bendita. Venía tan campante hasta aquí y, en cuanto nos ha visto fumando en la puerta ha pasado como un rayo. Ni que le estuviesen apuntando con un rifle.

-¡Es una auténtica vergüenza! A esos tipos yo les prohibiría entrar en sitios donde hay gente. Por principio. A mí me parecen contagiosos. La mala baba y la prepotencia son como un mal virus, de lo peor que puede haber.

-Y que lo digas.

-Me dan ganas de tropezarme con él, así, como quién no quiere la cosa, y darle una buena hostia en los morros.

-No lo hagas. Dicen que antes combatía, seguro que tiene una mala leche que flipas.

-Pero dicen que está enfermo. ¿Por qué no pruebas tú que eres alto? Así, como si te cayeras encima de él.

-¿Enfermo ese? A ti y a mí nos coge en volandas y nos estrella el uno contra el otro como si fuésemos dos platillos. Y, encima, con la ojeriza que nos tiene por habernos visto fumar... Yo, por mi parte, no pienso tentar a la suerte, pero allá tú. Avisa para que me quite de en medio.

Fue en ese preciso instante cuando noté que Paco les estaba oyendo. Fruncía el ceño y le brillaban los ojos más de la cuenta, pero no movió un solo músculo. Dos días después se sinceraría en secreto conmigo.

-Ni una palabra a Cris. Es muy despistada y seguro que ni se fijó en ellos, pero estaban despellejándome solo porque pasé con precaución.

-Paco, tienes que entenderlo. Ellos no tienen asma, ni siquiera se imaginan lo que es eso. Nunca han oído hablar de un broncoespasmo, no han llevado a nadie a urgencias ni se han conectado a una máquina de oxígeno.

-¿Qué dices? Pero si a esos dos les conozco bien, llevan toda la vida en el barrio. Uno tiene una gestoría y el otro es administrativo en un hospital. Ese por lo menos debería entender un poco, digo yo.

-No necesariamente. Es lo que tú dices siempre: si los médicos no ponen ningún interés en divulgarlo, en televisión o de la forma que haga falta, la gente no se entera. Solo al que le pasa, o el que tiene un familiar con el problema.

-A ver, Molina. No hay mayor sordo que el que no quiere oir. Todo ese tiempo que tuve que prescindir de los bares porque me pasaba el día en urgencias... Fueron cinco años nada menos. Empezó justo cuando sacaron esa ley absurda que ponía en manos de los hosteleros dónde se fumaba y dónde no, yo me tenía que quedar en casita y ellos insistían en tomarse unas cañas conmigo. Nunca fui. ¿Por qué creen que no iba? ¿Por gusto?

-Seguro que de eso ni se acuerdan.

-Y ¿cuando invitaba a casa a los de la partida, ellos incluidos, y venían con la condición de no fumar? Bien que se trasegaban mi jamón y mi vino, entonces no me llamaban fundamentalista.

-Tienes razón. El egoísmo de la gente es enorme.

-¿Egoísmo? ¡Vale! Pero ¿todo ese desprecio? Esa forma de hablar de mí que no les he hecho nunca nada malo. Al revés. ¿Por qué no se molestan en preguntarme qué pasa? Ellos saben que fui un gran fumador desde  pequeño. ¿Voy a ser tan tonto de odiar ahora a los que hacen lo que yo hacía? Han escuchado que estoy enfermo. A lo mejor me ahogo con una sola bocanada de humo, a lo mejor respiro artificialmente, tengo bombona de oxígeno en casa, broncodilatadores y toda la parafernalia completa. A lo mejor una sola bocanada destruye el efecto de tanta medicación.

-O a lo peor, Paco. Pero no te calientes la sangre.

No le conté que Cris estaba mucho más rabiosa que él. No solo había escuchado la conversación mejor que nosotros, además, estaba dispuesta a morderles.