lunes, 25 de agosto de 2014

El color de mi cristal

-Molina, ¿estás ahí?

Me preparaba para un parto inminente, el de la novia de Mancha, mi gato. Le seguí la pista un día y los encontré entre las ruinas de una fábrica. Me la traje a casa y le he puesto Gorgorita. Llegó muerta de frío, aunque programé el termostato y parece que estamos en el agosto. También acondicioné el trastero para que tuviese espacio propio sembrándolo de mantas y almohadones que luego tiraré a la basura. No solo es ella la que necesitaba estar confortable: sus crías tenían que llegar felices a este mundo. Iban a nacer en mi casa, y todo el que pase por allí, hasta la planta más humilde, debe sentirse como un rey.

-Molinaaa.
Escuché una vocecilla en algún sitio. (Parece que me llaman. ¡Ah! Vale. Es el contestador).

-Pi pi pi pi.

(Este chisme, últimamente, no registra llamadas. Imposible saber quién era a no ser que vuelva a llamar).
-Pero bueno –la  misma voz lejana– ¿es que estás sorda o qué?

(Pues no era el teléfono. Ya decía yo, esa llamada no había dejado ni rastro).
Cris chillaba allá abajo, en la plataforma de las rocas. Alguien había cerrado la verja y tuve que bajar a abrirla.

Entró en mi casa dando saltitos.
-¡Grrrr! Hoy hace un frío de perros, he estado a punto de congelarme por tu culpa. ¿A qué huele?

-Creo que a gato. Es que la nueva inquilina es menos limpia que Mancha, pero ya la acostumbraré.
-Molina, estoy muy deprimida. Ayer vino una chica a ver a Paco.

-¡Venga, mujer! ¿Te vas a poner celosa a estas alturas?

-No, si lo que me ha dejado hecha polvo es la historia que nos contó. A veces da la impresión de que esta vida es un asco.
-Jajaja. Tienes una forma de ser pesimista que se parece mucho al optimismo.

-Una chica muy guapa. Mariola. La invitamos a chocolate con tarta.
-De queso ¿a que sí? ¿Estás segura de que no son celos?

-Para nada. Es una chavala que conocemos de la sala de espera de la clínica. También ella tiene un problema en los bronquios y piensa que nunca se va a emparejar.
-No me extraña. Supongo que es complicado vivir con alguien que siempre se está ahogando.

-Dímelo a mí. Ella habla de uno que hace una semana salió huyendo. Pero lo que le importa, más todavía que la espantada, es el malentendido. Por lo visto, se lo habían presentado en una fiesta. Primero se quedó encerrada en la terraza y casi se muere de frío. Igual que yo hace un rato, pero por lo menos yo no estoy enferma. Por cierto, ¿tienes algo dulce?
-Pues... Unas garrapiñadas, creo. Ya sabes que no soy golosa.

-Da igual, tengo la dentadura hecha mierda.
-Cada día hablas peor ¡leñe!

-Jijiji. Es que lo de esa chica me ha llegado al alma.
-Mira, mejor te pongo un whisky.

-Bueno. Ya sabes, con agua y un cubito, pero espera un momento, si no paras quieta no te lo puedo contar. La pobre se pasó la tarde llorando, dice que las historias de Paco no son tan desagradables, que lo suyo es mucho peor. Y puede que sea verdad. Hasta Paco lo cree.

-¿Qué dices? Pero si él tiene un repertorio para caerse del susto.
-Pues solo hay que fijarse en la última. Parece que el muchacho ha sufrido mucho con una novia a la que quitaron un pecho y no sobrevivió. Quería contarlo a toda costa, pero ella se estaba ahogando porque había pasado mucho frío en la terraza esa.

-¿Otra vez? No seas rencorosa, Cristina, juro que no te he oído llegar.
-¡Que no! Eso es lo que nos contó Mariola que le había pasado en esa fiesta, estoy repitiendo palabra por palabra. Luego se metió en una habitación llena de humo y unos espabilados estuvieron jugando a no dejarla salir.

-¡Por dios!
-Queda mucho torpe por ahí. A lo que iba. El chaval estaba interesado y quería ponerla al corriente. La pobre Mariola respiraba fatal esa noche por todo lo que le había pasado, pero el otro le invitó a una pizza y aceptó. Estuvo hablando él solo hasta las tantas. Ella metía baza de vez en cuando, quería hacerle entender que su salud tampoco era demasiado boyante, pero no se enteraba de nada porque seguía obsesionado con la novia.

-¡Ya!
-Luego la llevó a casa y, cuando estaban a cinco minutos, Mariola no tuvo más remedio que callarse. Le tocó el brazo y cree que puso cara de angustia. Se esforzaba en jadear bajito para que el chico no notase que apenas le quedaba resuello y le faltó muy poco para pedirle que la llevase a urgencias.

-¿Ha estado ingresada alguna vez?
-Miles. Como Paco.

-Pero ella es mucho más joven ¿no?
Vincent Van Gogh -  Mountains at Saint-Remy (1889)
-Pues sí, pero tendrá un organismo muy sensible. ¡Yo que sé! Cuando llegaron a la puerta de su casa, se había recuperado un poco. Intentó hacerle entender, como pudo, que eso era lo que le había estado explicando todo el tiempo. Él puso cara de circunstancias. No parecía nada convencido. Digo yo que vete tú a saber lo que estaba pensando.

-¿Y?
-Que tanto interés por ella para nada. No le ha vuelto a ver el pelo.

-Pero ya se lo había dicho. No entiendo esa cerrazón de la gente.
-Yo tampoco. Debe ser que cuando oyen algo por primera vez tienden a no creérselo.

-¿También los problemas de salud? Cuantas enfermedades habrá que no conozcamos los que no hemos estudiado medicina.

-En fin. Ya estás tardando con el whisky. ¿Dónde está la gata nueva que le voy a dar un achuchón?
-Creo que pariendo. ¡Ayyyy!

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