viernes, 15 de agosto de 2014

El desencuentro

Hoy tengo que confesar mi falta de tacto. He discutido con mis grandes amigos, con los dos porque, mientras hablaba con Paco, Cris ha agarrado el teléfono y se ha despachado a gusto. Es verdad que yo conozco su situación como nadie y, por tanto, no debería caer en esos fallos tan tontos, pero han de reconocer que soy una incondicional suya y si tomo alguna decisión que les disgusta no tienen más que hacérmelo notar. Nunca he tenido problema para rectificar tratándose de algo así.
Todo esto se debe a las dificultades de Paco cuando tiene que respirar ciertos líquidos en evaporación, humos de toda índole, nubes de polvo y demás, y, en particular, con la cantidad de precauciones necesarias a la hora de pisar un  teatro. Antes de que nos piquen la entrada, hay que preguntar si se fuma tabaco (que está prohibido), o cualquier otra sustancia (unas permitidas y otras no), si van a utilizar aerosoles en escena, poner en marcha efectos especiales con humo, arrojar toneladas de arena al escenario, o cualquier otro efecto contaminante. Parecerá una exageración, pero por todas estas experiencias –y quizá alguna más que se me olvida– han pasado alguna vez mis amigos; y yo, casi siempre, he sido testigo de la angustia, del rápido traslado a urgencias, del suministro de oxígeno primero e ingreso en la UVI a continuación, de la noche en la sala de espera con el alma de un hilo hasta que se nos informa de que Paco está fuera de peligro. Si habéis vivido algo así, os lo podéis imaginar perfectamente.
Esto es lo que ha pasado, más o menos.
-Hola Paco, ¿qué tal?
-Bien, tirando, como siempre.
-Oye, mira, quería preguntarte si al final vais a venir a ver la obra o no. Es por hacer planes, ¿sabes?
-Es que aún no lo sabemos, Molina. Depende de si los dos pequeños se van de campamento ese fin de semana. Pienso que no hará tan mal tiempo como para que se suspenda, pero si se quedasen, no podemos dejarlos solos. No tienen edad para eso aún.
-Ya. Si lo entiendo. Pero es que he pensado… Verás, en lugar de revender vuestras entradas, podrían venir Lourdes, su hermana y las parejas respectivas. Si vosotros no estáis seguros, sacaríamos entradas para los seis y ya nos veríamos otro día. Espero que no os importe.
Desde que me he mudado a la orilla del mar, he conocido a mucha gente, pero me las arreglo para verlos a todos. Cuando a una le interesa, solo es cuestión de organizarse.
-¿Quieres decir que no me puedes juntar con tus amigos?
-No, no es eso. A ver… Oye Paco, no te enfades, lo que pasa es que…
-No te digo lo que me parece, Molina, porque estaría feo y yo soy un caballero, ya lo sabes.
-Pero es que cuando venís vosotros…
-Sí, ya lo sé, damos problemas. Somos la mar de incómodos, por desgracia. Debes pasarlo tan mal con nosotros que evitas que tus amigos pasen por lo mismo. Pues no te preocupes, ya  no hace falta que volvamos a salir juntos.
-Pero Paco, cielo ¿qué estás diciendo? No te lo tomes así.
-Mira chavala., –ahora era su mujer. Su voz estaba llena de rabia, supuse que le había arrebatado el auricular de un tirón– no sé lo que harías si alguno de nosotros estuviese ciego o fuese en silla de ruedas. Eso todavía es más pesado  ¿verdad? Mejor encerrarnos en una urna. Pero de ladrillo, para que no se nos vea. Y sin puerta, así no podríamos salir a dar la coña a nadie. Eso sí, piensa que alguna vez te puede pasar a ti. Ya verás lo que se siente siendo una molestia.
-Pero eso no es así, Cristina. Simplemente, quería que estuvieseis cómodos. Puede que no me haya puesto en vuestro lugar, pero podemos arreglarlo de otra forma. Verás lo que voy a hacer: compro entradas para todos y, si vosotros no venís, las revendo en la puerta.
No me dejó acabar la frase, el teléfono se puso a pitar a un volumen irritante y tuve que colgar. Ahora soy yo la que está rabiosa. Pero por la situación, no por ellos, En el fondo, creo que tienen toda la razón. Si yo aún no estoy preparada para esos casos –y confieso que no lo estoy del todo– mucho menos el resto del mundo. Eso significa que Paco y Cristina tienen que habérselas con un estado de hostilidad permanente. Me consta.

Pero les quiero. Y no sé qué puedo hacer.

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