miércoles, 20 de agosto de 2014

El reencuentro

Paco y Cristina llevaban dos semanas de morros y no contestaban el teléfono. Cogí la bici y me puse en marcha, sabía que, si me lo tomaba con calma, llegaría a mi antiguo barrio de noche. Era la mejor manera de obligarles a que me invitasen a cenar. Ya arriba, en los bultos borrosos que vislumbré tras la ventana de la cocina al otro lado del patio de luces, me pareció adivinar dos figuras que discutían la posibilidad de no abrirme. Fantaseé con la idea de quedarme allí días y días, retándoles a que resistiesen, forzando la situación, hasta que acabasen abriendo para no morirse de hambre. Imaginé, incluso, esa escena de los viejos tebeos, donde se pintaba al que espera, fuese hombre o mujer, con una larguísima barba blanca.

Pero no hay que hacerme caso, yo siempre he tenido mucha imaginación.
Paco abrió enseguida y, si se extrañó, no lo hizo notar.
-Entra, anda. Te estábamos esperando.
Aún me quedaba un resto de rebeldía.
-Desde luego. Ya me ha dicho el gato que os había puesto al corriente.
Cristina apareció quitándose el abrigo, me besó con la cara fría. Acababa de llegar de no sé dónde. fue una casualidad no encontrármela.
-Anda, anda. –protestó- Deja a Mancha en paz que el pobre no tiene la culpa. Coloca eso en la percha y tómate una cerveza con nosotros.
-¿Te gustan las alcachofas, Molina?
-Sí, mucho, pero acabo de zamparme un bocata de atún.
En momentos así, ¿quién tiene ganas de comer? Solo quería que me invitasen, no cenar con ellos.
Me apalanqué en el taburete de la entrada sin que nadie me lo pidiese. Ellos se quedaron de pie, mirándome.

-Me voy ya. Solo he venido a deciros que ha sido imposible sacar las entradas.
-¿Y solo por eso has hecho dos horas de camino? –me espetó Paco- ¿No podías habernos llamado
Pasé por alto que no se habían dignado contestar.
-Pues no. Hay veces que es mejor verse las caras. Escucha: en la obra que íbamos a ver el sábado sacan una máquina de humo, velas y creo que hasta incienso.
-¡Hala! ¡Qué bestias!
-Ya te digo. Aquello va a ser insoportable, creo que no voy a ir ni yo. Aún no tengo asma pero, como se empeñen, al día siguiente estoy como tú.

-Oye.–Cristina se quedó mirándome- Tú te quedas a dormir. Ya sabes que tengo camas de sobra.

-Sí, hombre. –Me levanté en el acto- Mucho gusto ¿eh? Tengo que irme.
Ellos seguían de pie frente a mí como dos pasmarotes, muy quietos.
-A este paso no volveré a pisar un teatro. ¿Es que no pueden vivir sin ensuciar el aire? ¡Qué asco!
-Paciencia, hijo. –Dije abriendo la puerta.- No se os olvide echar el cerrojo, quiero veros cabreados mucho tiempo.
-¿Contigo?
-No, con el mundo. Jajaja.
-Ya has vuelto a dar el portazo, ¡capulla!
-No os oigo. –Canturreé. Luego me metí en el ascensor. Ya podían ponerme verde si querían, esta vez tenían mi bendición.

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