sábado, 30 de agosto de 2014

Telón con flecos

-¿Te atreverías a ponerte un sombrerito violeta y sentarte a tomar el té en la cafetería del Ritz a las 5 de la tarde? – me preguntó Paco hace dos semanas, cuando me vio estirar el cuello añadió – No por una apuesta, sino con naturalidad, como si lo hicieses habitualmente.

-¡Qué pena! – respondí– Porque si fuese una apuesta la tendría ganada seguro, esa cafetería está plagadita de excéntricos y no iba a llamar la atención. Ahora, si se trata de ser yo misma, ese look no me va.
Cristina interviene.

-Molina, ¿recuerdas cuando frecuentábamos el Ritz?
Esa pregunta me la sé.

-¡Bah! –Respondo–. No os deis tanta importancia. Fuisteis tres o cuatro veces porque pasabais por allí cerca y entonces casi era el único sitio dónde prohibían fumar.
-Exageráis, solo entramos un par de veces y porque íbamos de museos.

-Que no, marido. Pero si no salíamos de la cafetería del Thyssen. Estuvimos cuando fuimos a aquel congreso sobre el asma, el paciente experto y demás.
-¡Qué pesados estáis, chicos! Me sé de memoria los cinco años que pasasteis buscando algún sitio donde tomar un café sin humo en Madrid, porque los bares decían que valía con una línea pintada en el suelo o un biombo. Pero el sombrero morado ¿a qué viene?

Paco quiebra cintura, entorna los ojos y habla entre dientes.
-¡Macanudo, che! Por fin traen a provincias la gran obra del milenio.

Esta vez su desastrosa parodia del argentino ni siquiera me hace gracia. No puedo creer lo que oigo.
-¿Los hombres que no amaban a las mujeres? ¿La han adaptado para el teatro? ¡Socorro!

-Jajaja. Que no, mujer. No que nosotros sepamos, aunque esas intuiciones las carga el diablo ¿eh?
-Vale. ¿Dónde hay madera?

-Puedes tocar el serrín que hay en la cabeza de Paco.
-Deja eso, Cris, que está más visto que el tebeo.

Aquello decaía. Miré por la ventana y me vi mirando una calle aburrida, por la que apenas pasaba nadie, desde un bar sin sustancia, en un día monótono, acompañada por mis amigos de siempre. Pero comprendía que para ellos todavía era un acontecimiento poder sentarse en cualquier sitio tras haber tenido que renunciar a casi todo durante años porque, fuesen a donde fuesen, Paco se hubiese ahogado con el humo. Se ahogaba, de hecho, visitó todas las salas de Urgencias hasta que sacó la conclusión de que no podía pisar un bar.

Cris me tocó la mano.

-Lo que queremos contarte es que tenemos entradas para el teatro.
-Anda. ¿Con quién vais?

-Con mi hermana, mi cuñado y contigo si quieres. Están reservadas, de momento.
-Una tarde en el Ritz. En los carteles sale un mujer con traje violeta y gorrito a juego. Policíaca, muy divertida, del periodo de entreguerras. De hecho, el autor no es español sino húngaro, vino para echar una mano en nuestra guerra civil y ya se quedó hasta su muerte.

Yo estaba en el limbo.

-¿Cómo se llama?
-Ni idea: nombre y apellido impronunciables. Y ya no está, murió joven, creo.

-Sería judío, seguro.
Paco lanzó un largo suspiro.

-Eso dice la leyenda, pero nadie sabe si existió en realidad o si su nombre es el pseudónimo de algún autor más conocido. A mí lo que me interesa es el misterio que envuelve su vida.
-Mira Paco –barbotó Cristina- Si te da igual ver la obra, te mando ahora mismo a tomar viento fresco, ¿vale?

Les miré incrédula.
-Pero bueno ¿por qué te lo tomas tan a pecho?

-Porque hemos montado la de san Quintín para poder verla. –Aclaró él sonriendo- Primero, tuvimos que hacer de detectives como siempre, preguntar lo que iban a echar en el escenario. Ya sabes, sustancias, efectos especiales, cualquier cosa que me impida respirar.
-Y no es fácil que te quieran contar nada.

Se quitaban la palabra el uno al otro.
-Normalmente no nos creen. Dicen que el teatro es muy grande y tonterías de esas. Pero la mujer del ayudante del director tiene algo parecido a lo de Paco. Y ha dicho que sí, que el aire de las salas siempre está muy cargado, y que una persona con problemas respiratorios no puede aguantar que se eche porquería en el aire.

-Pero es que iban a echar de todo. Incienso en las últimas escenas, unos aerosoles haciendo que limpiaban, máquina de humo al principio…
-Y hasta fuman ¡fíjate!

-Pero si el tabaco está prohibido ya en todos los sitios.
-Ya. Pero dicen que son cigarros de eucalipto y que eso sí lo permiten. Yo pienso que es un cuento para echarse un cigarro en escena, pero da igual que sea tabaco o que quemen una rama de olivo delante de mis narices.

Detrás de los cristales, apareció un niño con la nariz aplastada y un globo verde.
-Nunca mejor dicho, compañero. Lo de las narices, digo.

-Pues lo mejor de todo es que les hemos convencido gracias al segundo director. Harán que fuman, pero sin encender los cigarros, y el resto de los efectos los suprimen. Dicen que no podían sospechar que era tan malo.
-El hombre ese debe ser un genio- zanjó Cristina- porque hay que ver el tiempo y la paciencia que le he echado para que la gente comprenda lo que le pasa a Paco, y nada. Lo mejor que me puede pasar es que se encojan de hombros, porque normalmente se cabrean, tú.

-Eso de que se cabreen es lo que no entiendo. –Paco rascándose la cabeza parecía la viva imagen de la duda.
-Pues ¡enhorabuena, chicos!

La nariz del niño que llevaba un globo verde había recuperado su forma. Ahora, en lugar de lamer cristales, estaba delante de nuestra mesa, abrazando a Cris.
-Te presento a Raul, mi sobrino. Ese que vas a cuidar si decides no venir al teatro con nosotros. Como ves no te libras.

-¡Peste de confianza! Qué asco da ¡rediez!

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