viernes, 5 de septiembre de 2014

El milagro (I)



Me encontré con Paco delante de la puerta del gimnasio.
-¡Anda! ¿Qué haces tú aquí?

-Uy, Molina. ¡Qué sorpresa! Pues ahora mismo iba a darme un bañito en la playa.
Le miré de arriba abajo negando con la cabeza, creo que se me puso cara de lechuza. Allí había gato encerrado, pero era un gato con las patas muy cortas.

-Pero ¡qué me estás contando! Si vives a 150 kilómetros de aquí. ¿Acaso has venido dando un paseo desde casa para bañarte en la playa? ¿Saldrías de allí la semana pasada, supongo?

Bajo la cabeza avergonzado.
-Ya, ya. Era una broma. El otro día te pregunté a qué gimnasio ibas porque tenía billete para el primer avión de hoy.

-Y yo que me creí el cuento de que te ibas a apuntar allí al mismo que voy yo. ¿Lo sabe Cristina?
-¿El qué?

-Pues ¡qué va a ser! Que estás aquí, hombre.
Me faltó decir “pareces tonto”. Esa mañana, Paco era como un niño, no daba pie con bola; desde luego no era el Paco de siempre. Empecé a preocuparme.

-No, claro. Vengo para hablar contigo a solas. Ella cree que estoy en el campo.
-¿En la casa que tenéis alquilada?

-Ya no. Los inquilinos se han ido y aquello está hecho un desastre. Hay que pintar, reparar los picaportes, arreglar el calentador, impermeabilizar la piscina…
-No me digas que piensas hacer  todo eso.

Pocas veces he visto tanto orgullo en la cara de un hombre. Juntó las piernas, levantó la barbilla. Se irguió.
-Pues… sí.

El tono era modesto pero la satisfacción le brincaba en los ojos.
-No me lo puedo creer, Paco. ¡Enhorabuena! ¿Tan bien estás?

-De maravilla. Entiéndeme: lo que tenía lo sigo teniendo, pero he pasado años soportando medicaciones chapuza. Varias ¿eh? Y ahora, por fin, han dado con la dosis.
-Oye, ese médico nuevo ¿no será naturópata?

-Jajaja. No. Es un profesional competente nada más.
-¡Ostras! Y nada menos ¿no? ¿Cuántos años llevabas sin…

-¿Sin vivir? ¿Arrastrándome? ¿Inválido? ¿Vegetando? No sé, la tira. Ya he perdido la cuenta.
Seguíamos parados en la acera, nadie se decidía a dar un paso.

-Bueno, venga, cuéntamelo todo. Vamos a tomar un café.
-Es que no quiero entretenerte. – Se quedó mirando la mochila – Si quieres, voy a dar una vuelta, te espero a la salida y comemos juntos. Tengo que coger el de las cinco y media para que Cris no note nada raro.

-Pero ¿qué te pasa? No me digas que te has echado una amante.
-No empiezo que entonces no hay quien me pare. Entra ahí de una vez pero dime a qué hora vengo a recogerte.

-Ni lo sueñes. Como que me vas a dejar con la intriga. –Me froté las manos interpretando a alguien ansioso, que era yo misma, porque es verdad que me tenía en ascuas– Hoy me concedo vacaciones. Sí, en tu honor, no protestes. Ahora nos tomamos el vermut, pero comemos pronto para que vuelvas al aeropuerto con tiempo.
Sonrió.

-Sí, jefa.
-Mira. Allí, en la calle que sube, han abierto una cervecería y estaba deseando explorarla.
(Continuará)

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