jueves, 25 de septiembre de 2014

Encerrado en el armario (I)

Maruja Mallo
Los viejos del barrio se entretenían jugando al dominó. Había un ruido infernal en la asociación de vecinos, tanto que apenas se distinguía el estrépito de las fichas chocando contra el mármol de las mesas. No solo por el canal de deportes sintonizado a la máxima potencia o por los gritos de alborozo de quienes se iban apuntando los tantos o por el zumbido de la cafetera resonando constantemente. Hoy, además, había tres o cuatro niños jugando a perseguirse con chillidos y carcajadas y un pastor alemán que ladraba poco, pero cuando lo hacía ahogaba todos los demás ruidos.

Paco estaba sentado al fondo. Cerca de la barra. Debajo de la salida de aire acondicionado. Delante de la puerta de la cocina por la que salía un humo de fritanga que se diluía mansamente después de aterrizar en sus pulmones. Era además el primer cuerpo sólido donde rebotaban las ondas sonoras procedentes de uno de los altavoces, el que quedaba a la izquierda de sus oídos. Sudaba a mares. Se limpiaba con el pañuelo el cuello y la frente.
El grupo de mozos viejos del barrio, más conocidos como solterones, se dejó ver al otro lado de la acera. El señor Rufino le hizo señas desde la caja registradora, luego chascó los dedos.

-Ahí los tienes.
-Menos mal, esto no hay quien lo aguante. No sé cómo puedes trabajar aquí.

El otro se encogió de hombros, silbó filosóficamente.
-¡Ah! La manduca, amigo.
Era el padre de Mario y Encarna y, en su propia casa, una institución. De joven formó pandilla con su padre y su tío, le vio nacer a él y a todos sus hermanos, había asistido a las ceremonias familiares y ahora creía tener carta blanca para inmiscuirse en sus asuntos.

-Mis hijos tampoco están casados. –le había dicho la víspera, cuando se encontraron comprando la prensa, una coincidencia que nadie más que Rufino podía saber si fue premeditada o casual.– El chico se ha divorciado igual que tú, la niña todavía está soltera. Pero no por eso renuncian a salir y divertirse.
Una niña bastante talludita por cierto, él también conocía al dedillo la vida y milagros de todos ellos y no era ningún secreto que cumplía los treinta y siete ese mes.

Paco bufaba como una locomotora de carbón. Se había metido en aquel embolado sin saber cómo y ahora tenía que divertirse junto a  unos adolescentes cuarentones con los que no tenía nada en común.
El primer tropiezo se produjo en cuanto puso los pies en la calle.
María Goñi
-Pacooo, chaval, jajajaja. ¡Cuánto tiempo! Pero acércate hombre, no te quedes ahí. ¡Vaamos! ¿Vas a mover el culo o qué?
-Eso, eso. No seas tímido.

Eran Ramón y Mario. El primero fue su compañero de curso durante toda la secundaria, pero apenas tuvieron ocasión de tratarse.

Allí estaban, los jóvenes carrozas, fumando tranquilamente en la acera sin sospechar que a Paco le dejaba sin aliento cada bocanada humeante que el viento propagaba mucho más allá de lo que estaban dispuestos a creer. Y aunque luego empleó toda su paciencia en explicárselo, sus palabras no surtieron efecto. La misma escena tuvo lugar cuando salieron de comer, a la entrada del cine, a la salida, cada vez que se paraban o seguían andando, es decir, siempre que a alguno de ellos se le ocurría encender otro pitillo. En realidad, la mayor parte del tiempo. Y lo curioso es que parecían sentirse ofendidos y lo expresaban gesticulando constantemente como si se estuviesen sacudiendo las pulgas. Y, sin embargo, a nadie se le ocultaba que era Paco quien no había tenido otro remedio que mantenerse a una distancia prudencial durante muchos minutos, demasiados. Como si fuese el perro guardián de todos ellos, ¿es que no se daban cuenta?

No obstante, algo bueno podía salir de todo aquello. Daniela, a quien no conocía y que enseguida llamó su atención porque parecía mucho más joven que las otras, decidió solidarizarse.

-¿Otra vez aquí? Te he dicho que te vayas con ellos.– Insistía Paco con la boca pequeña.

-Puedes decírmelo todas las veces que quieras, pero sabes que te va a dar lo mismo, no pienso dejarte solo y punto.

Además de decidida era guapa. Tenía todas las papeletas para ser invitada a cenar.
(Continuará)

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