martes, 30 de septiembre de 2014

Encerrado en el armario (II)

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María Goñi
Ese día se había llevado la furgoneta porque tenía el coche en el taller. Condujo lentamente, fingiendo llevarla a su casa, y a medio camino le propuso que cenasen juntos. Su intención había sido invitarla a un picoteo rápido porque sentía ya las insidias de la disnea, ese jadeo íntimo que se intensifica por momentos a medida  que uno se esfuerza en ocultarlo. Lo suficiente para charlar un rato a solas y asegurarse de que podía pedirle el teléfono. Pero aquello se le fue de las manos, no cayó en la cuenta de que, mediante maniobras sutiles, fue Daniela quien convirtió en horas de confidencias una simple propuesta informal.
-Aquí mismo, ¿te parece?
Estaban delante de un modesto bar de tapas. Ella dio un toque de misterio a su sonrisa.
-Déjate llevar.
-Pero es que…
-Confía en mí ¿vale?
Paco manejaba el volante con esa inseguridad secreta que nos hace ir con más cuidado para conservar firmes los nervios. Hasta entonces aquello solo le había ocurrido en momentos de extrema tensión, nunca debido a sus problemas respiratorios ya que a Cristina no tenía que darle explicaciones. Hacía meses que empezaba a calibrar las desventajas que supone estar sin pareja para alguien que se encuentra demasiado a menudo en la frontera con el bronco espasmo. Su mujer había sido la barrera donde se estrellaban las exigencias de los estrechos de mollera –que, lamentablemente, en esas cuestiones era casi todo el mundo– la que hacía reproches o daba explicaciones, se rebelaba y le cubría las espaldas en todo momento. Siguiendo las indicaciones de Daniela, abandonaron la zona urbanizada por una carretera secundaria que bordeaba un pequeño río. Más allá, el horizonte se enrojecía mostrando desperdigadas siluetas fabriles.
Atravesaron unparaje salpicado de casas gemelas, alambradas, instalaciones deportivas, jardines. Por un sendero lleno de baches, accedieron a una de las urbanizaciones. La furgoneta daba tumbos, doblaba recodos y Paco se empezaba a arrepentir. Desembocaron en una plazoleta, frente a ellos se alzaba un restaurante italiano con pretensiones de casita de cuento.
-Allá arriba hay balcones como palcos desde los que se divisa toda la zona. Ya verás que bonita es.
Se había hecho de noche, pero ella –y no Paco, que nunca había estado allí– era capaz de verlo todo con los ojos del recuerdo. 
-¿Vives por aquí?
-No, vengo siempre a esta pizzería porque la encuentro muy agradable.
Un orondo cocinero gigante sonreía desde el trozo de fachada mejor iluminado mostrando unos mostachos casi tan apabullantes como la fuente de espaguettis que ofrecía.
Subir una escalera disimulando que uno está a punto de ahogarse y tratando de reprimir el sonido de los bronquios es algo que Paco no desearía a nadie jamás. Aquella era de caracol, con suelo de madera bruñida, y daba la impresión de no acabarse nunca.
-¿Falta mucho?
-Jajaja. Por algo dice mi abuela que los hombres de hoy día no servís pa ná.
-Bueno. Es que yo soy asmático.
-Sí, da muchas vueltas pero no son más que tres pisos. Ya verás que bien se está allá arriba.
Era como si se hubiese vuelto sorda de repente. Había dicho asma. A-s-m-a.
(Continuará)

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