viernes, 10 de octubre de 2014

El asma y los olores

Este asunto de la evaporación de fluidos, olores e inhalación de moléculas disueltas en el aire produce mucha confusión. No solo en el ámbito profano, a veces, sorprendentemente, incluso entre algunos –pocos– profesionales de la salud.

Con los conocimientos de física y biología proporcionados por la cultura general más básica –a nivel de enseñanza primaria, simplemente– se puede establecer la diferencia entre olor e inhalación. Sin embargo, cuando una persona asmática se aparta de elementos potencialmente desencadenantes de una crisis, se producen actitudes de rechazo, hostilidad, alarma, disgusto, sospecha, perplejidad.

Primero me centraré en el término potencialmente. Para que una persona asmática decida alejarse de un bote de aerosol, recipiente conteniendo líquido o lo que sea, tiene que haber sufrido ya bastantes bronco-espasmos. Porque, como sabemos, no es una conducta aprendida en ningún sitio, no pertenece a nuestro código cultural, no está imitando ninguna actitud que aparezca en medios de comunicación, que propaguen factores culturales o que manifiesten personas de su entorno. Su reacción es fruto de una experiencia propia, no compartida por los que no padecen su patología, probablemente aprendida a lo largo de años. Merecen, por tanto un respeto, un voto de confianza. Pues ¿cómo podemos tener la osadía de creer que, sin ser profesionales de la salud, no haber experimentado situaciones similares ni conocer a nadie que lo haya hecho, sin tener ningún conocimiento específico sobre el asunto, podemos dar lecciones a alguien que  lleva dos, cinco, diez, los años que sean, enfrentándose a situaciones de ese tipo. No olvidemos que un bronco-espasmo es un estrechamiento súbito de los bronquios que –de no recibir auxilio sanitario urgente– puede desencadenar la muerte por asfixia. Y es aquí cuando llego a la palabreja. ¿Cuándo está la vida en juego, quién va a esperar a asegurarse de que el cubo, la fregona, el paño, el suelo mojado, el barreño, contienen efectivamente alguna sustancia letal? Después de haberlas aspirado incautamente una vez tras otra, de haber llegado a urgencias de milagro, de saber lo que es estar al borde de la muerte, un asmático ha aprendido que ante cualquier líquido o gas sospechoso de contener sustancias peligrosas para sus pulmones, lo mejor que puede hacer es huir.

En general, y aunque varían mucho de un paciente a otro, los desencadenantes del asma externos (y no necesariamente alérgenos) se pueden agrupar en tres clases: 1) productos químicos, 2) humo (sobre todo de tabaco, pero no necesariamente) y 3) pequeñas partículas que flotan en el aire: los residuos que produce una excavadora o un taladro, polvo abundante, polen etc.

Otro caballo de batalla es la evaporación. En general, se acepta que lo que permanece aparentemente quieto en un recipiente no puede hacer daño a nadie. Una cosa es el agua mezclada con lejía que hay en el cubo y otra, totalmente ajena, el cuerpo de la persona que se acerca a él. Quien razona así no tiene en cuenta que los fluidos se encuentran en constante estado de evaporación y que todo el que se acerca a cualquiera de ellos lo está, necesariamente, aspirando. Este es un hecho habitual y no ocurre nada malo, a no ser que quien lo absorbe sea asmático –lo sepa o no– y se encuentre sensibilizado al producto que contiene, por alergia o por simple irritación, da igual.

La misma confusión se produce entre olor e inhalación demasiado a menudo, por desgracia. El olfato lo hemos estudiado como uno de los cinco sentidos corporales. Oler no es otra cosa que percibir, ser consciente de que una serie de moléculas están presentes en el aire que respiramos. Está a cargo de las células olfativas. En condiciones normales, ellas captan la presencia de elementos aromáticos o malolientes, pero necesitan del cerebro para descodificarlas. Sin este requisito, cuando la detección de los olores está disminuida o no existe, cuando carecemos de una sensibilidad olfativa plena, nos volvemos incapaces de detectar la fragancia de un perfume, que el coche pierde gasolina o que un alimento se pudre en el fondo de la nevera. Pero esto es únicamente cuestión de percepción, independiente de lo que puede afectarnos. Si lo que invade la cocina es gas butano, no olerlo no nos defiende de la asfixia, por el mismo motivo, si un asmático sensible a la lejía es incapaz de olerla, no solo no se vuelve inmune a las crisis, al contrario, su incapacidad le convierte en mucho más vulnerable. En realidad, constituye una indefensión.

Inhalar, en cambio, lo hacemos todos, constantemente, lo deseemos o no, independientemente de nuestra capacidad olfativa y tengamos o no a la vista la fuente emisora de sustancias.

Por si no ha quedado suficientemente claro, acabaré con un ejemplo. Imagínense un invidente. Está sentado en un banco del parque, ha llegado solo, con su perro. De pronto, el animal tira de la correa y se escapa. Él le llama sorprendido, pero no consigue que vuelva. ¿Qué ocurre? Pues que un tigre se ha escapado del zoológico y se encuentra parado a cinco metros. ¿Pensarían que el hombre no será atacado simplemente porque no ve al tigre? Evidentemente, no. Pues con los olores pasa exactamente lo mismo. ¿A alguien se le ocurriría taparse la nariz y abrir tranquilamente la llave del gas? Pero los animales salvajes siempre constituyen un peligro, en cambio hay moléculas inocuas para ustedes y altamente agresivas para la gente con asma.

Ahora pregunto ¿por qué un hecho tan determinante para la vida de más de un diez por ciento de la población es generalmente ignorado por el resto? En parte, porque no hay profesional o autoridad sanitaria que se proponga divulgarlo masivamente –como se hace, en cambio, con patologías como el cáncer, enfermedades cardiovasculares, alergias alimentarias, alzhéimer, diabetes etc. etc., que no dependen del estado ambiental y a las que, por tanto, no urge tanto la sensibilización pública–. Pero también porque los mismos que lo padecen, y en vista de la incomprensión general, se esfuerzan activamente en ocultarlo. Eso es tirar piedras contra el propio tejado, sí, pero nadie puede culparles por ello. Hay que entender que no se puede nadar contra corriente. Hasta que no se rompa el círculo vicioso todo continuará igual. Por eso alguien tiene que contarlo.

Y eso es lo que me he propuesto.

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