domingo, 5 de octubre de 2014

Encerrado en el armario (y III)

El corazón le latió con fuerza mientras estaban leyendo la carta, continuó aporreándole el pecho cuando ella se encargó de pedir por los dos y todo el tiempo que empleó el chef en intentar convencerles de que eligiesen lo más caro. Era incapaz de articular palabra, pero tampoco tuvo que esforzarse mucho, no hubiera podido meter baza ni queriendo. Daniela se perdió en detalles sobre la tragedia de perder a alguien por culpa de un cáncer inmisericorde. Le sorprendió que fuese viuda, no lo parecía, su imagen era la de una mujer despreocupada que aún vive con sus padres.
-¿Tienes hijos?

-No. Llevábamos poco tiempo casados cuando empezó con los síntomas. Han sido tres años terribles.
Aquella era una herida demasiado reciente, se diría que intentaba saltarse el inevitable periodo de duelo colgándose del primer incauto. Craso error. Suponiendo que aquella mujer mereciese la pena, tenía que evitar caer en la trampa. Le quedaba demasiada angustia aún, sus ojos pedían socorro mientras seguía dando detalles de operaciones, terapias y crisis.

Decidió aprovechar la coyuntura.

-A mí me pasa algo parecido, siempre estoy en el límite.

Por fin pareció interesarse.

-¿Qué quieres decir?

.Pues… Ya os he contado antes que tengo problemas de pulmón. Una obstrucción crónica de bronquios complicada con un asma tremendo.
-¡Ah, sí!

María Goñi
Y se quedó mirando al infinito con la más absoluta indiferencia.
-Te advierto que es bastante peligroso, ten en cuenta que afecta a la respiración.
-Ya. Pues eso es lo terrible. Cuando los médicos desahuciaron a Ángel...

bla, bla, bla. ¿Cómo explicarle que lo suyo estaba sucediendo allí y ahora? Le hubiese encantado hacer de paño de lágrimas tal y como ella pretendía, pero lo suyo empezaba a ser preocupante. Necesitaba que abriese los oídos y escuchase lo que trataba de decirle.
El resultado fue que apenas habló, solo para intentar avisar (sin éxito) a Daniela de que no se dejase engañar por su aspecto, que casi no probó la comida porque el estómago lleno le hubiera impedido respirar, que no llegó a disfrutar de la conversación, aunque comprendía a la pobre chica y era consciente del peso que estaba soportando. Atando cabos, calculó que no llevaría sola más de seis meses. Tal vez más adelante, cuando atravesase una temporada algo más liviana y ella estuviese menos obcecada en lo suyo, suponiendo que eso sucediese alguna vez, podrían volver a intentarlo.

Pagaron la cuenta a medias porque ella insistió en hacerlo así y la dejó acodada sobre la barandilla de roble escrutando las manchas montañosas del fondo. Ya en los aseos, aspiró la boquilla del inhalador con todas sus fuerzas las dos veces reglamentarias en un intento desesperado por evitar el servicio de urgencias, al menos antes de dejarla en casita.
Se había levantado viento. Daniela se puso la vistosa chaqueta de color esmeralda que hasta el momento llevaba en el brazo. Resultaba bastante atractiva, no solo porque tenía una figura envidiable, le gustaban también los reflejos dorados del pelo, que casi parecían naturales, y aquel mentón voluntarioso que ponía de manifiesto un carácter fuerte.

Metros antes de llegar, no tuvo otro remedio que acercar el coche a la acera y hacer un gesto con la mano para que Daniela se callase de una vez. Había seguido acumulando detalles de aquellos tres años funestos y, en lugar de dejarla explayarse sin más, había cometido la imprudencia de animarla con comentarios demasiado enérgicos para el estado en que se encontraba. Ya no podía más. Ella le miró extrañada pero no abrió la boca. Cuando le pareció que el hospital podía esperar un poco, avanzó hasta dejarla en su puerta. Fue entonces cuando se atrevió a decir algo.
-No lo has entendido, ¿verdad?

Ella se puso en guardia, ahora le tocaba hablar a él. Pensó que estaban en el peor sitio y, sobre todo, era la peor hora para que una mujer captase que no se trataba de ninguna estrategia.
-Es natural –concedió –los que respiráis sin problemas no podéis entender del todo una cosa así. Pero, en serio, antes lo he visto realmente chungo, por eso he tenido que pararme.

-Sí, sí, vale. Bueno, tengo que irme.
Nunca volvió a verla.

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