domingo, 30 de noviembre de 2014

Desmontando al tabaco con sus propios argumentos

A pesar de mis reflexiones del artículo anterior, reconozco que ha de costar un triunfo para cualquier fumador habitual ponerse en la piel de aquellos a quienes el tabaco impide respirar normalmente. ¿Cómo es posible que ellos se ahoguen –pensará cualquier gran fumador– cuando yo apenas abandono el pitillo en todo el día y respiro divinamente? Muy sencillo, porque ellos están enfermos y usted (todavía) no, es decir, por la misma y sencilla razón que algunos se atiborran a pasteles y los diabéticos no pueden ni mirarlos.

Son personas despreocupadas esas que fuman y, sin ninguna mala intención, van arrojando su humo a diestro y siniestro, que transitan por la vía pública sin pensar que los que le rodean o le siguen no tienen más remedio que aspirar su humo y que entre ellos, tarde o temprano, se encontrará algún enfermo de asma. Están tan convencidos de que el humo no hace daño al aire libre que nadie nunca les podrá convencer de lo contrario. Pero el humo no asciende a la estratosfera, vertiginosamente y con efecto turbo, a medida que el fumador lo va expulsando. Como cualquiera puede observar, se va extendiendo y, muy poco a poco, se mezcla con el aire, pero mientras tanto la gente lo respira, como todos sabemos, entra por la nariz y por la boca llegando hasta los pulmones, igual que se colaría una emanación de gas o la humareda producida por alguien que tuviese la ocurrencia de freír sardinas en la calle. Es decir, pese a quien pese, cuando una sustancia se encuentra en el ambiente estamos obligados a aspirarla.





En consecuencia, quien camina detrás de un fumador, se cruza con él en un semáforo, coincide en unas escaleras, espera al autobús en la misma marquesina, si tiene la desgracia de padecer una patología respiratoria verá amenazada su salud, y hasta su vida, en algunos casos. A veces de forma angustiosa, otras silenciosamente, dependiendo de la enfermedad que les afecte.

El caso de la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica es un ejemplo de lo segundo. Esta patología está causada exclusivamente por el tabaco pero al paciente, en la mayor parte de los casos, le resulta difícil advertir la conexión. El tabaco sigue socavando sibilinamente el tejido pulmonar de forma que el mal ya está hecho cuando se presentan los primeros síntomas. Los afectados se encuentran de pronto con una enfermedad progresiva e irreversible pero tan silenciosa que, incluso produciendo como produce enormes dificultades respiratorias, no son capaces de identificar la causa, ni siquiera creer que sus males estén causados por esa sustancia a la que tanto apego tienen y que tan buenos momentos les proporciona. Y continúan fumando. Y, naturalmente, agravándose.

martes, 25 de noviembre de 2014

Recomendación nº1: Convéncete de que el tabaco es veneno

Sé que resulta difícil de creer, aunque lo era mucho más antes del 2 de enero de 2011, fecha en que el ambiente de los bares españoles dejó de estar completamente gris.

Así y todo, parece una exageración que el tabaco sea tan malo como dicen. Expresión  que he escuchado repetidamente junto a otras muchas que parecen estar grabadas en un disco más que venir de la boca de individuos dotados de inteligencia.

He escuchado y leído tantos argumentos… En realidad, no más de cuatro o cinco, pero repetidos infinidad de veces bajo infinitas variantes. ¿Recuerdan la antigua Ley Antitabaco? Sí, esa que permitía pintar una línea en el suelo para separar el ambiente limpio del sucio. Pues, desengáñense, por mucho que se quejasen los hosteleros de la ingente inversión efectuada en ese tiempo, la cruda realidad es que ningún local hizo obras. Bien, pues durante los (interminables) cinco años en que estuvo vigente, me tragué –casi literalmente– todo lo que en la prensa digital se comentaba acerca de su reforma. Sí, desde enero de 2006 a enero de 2011, periódico tras periódico, todas las noticias que ponían en tela de juicio (o no) la conveniencia de una ley nueva, comentarios incluidos (y a veces eran centenares). Por tanto, puedo afirmar que me empapé a base de bien de todas las falacias y que asimilé a conciencia los mecanismos de toda esa demagogia barata que tanto daño hizo, ha hecho y seguirá haciendo hasta quien sabe cuándo.

Pero, en el fondo, lo entiendo. Quiero decir que conozco los motivos que dan lugar a que tanta gente a la vez está tan equivocada. Pues ¿cómo van siquiera a sospechar que, realmente, ese producto legal, puesto a la venta en comercios respetables patrocinados por el propio estado desde tiempo inmemorial, consumido por las estrellas más distinguidas y admiradas del cine clásico y moderno, publicitado hasta hace poco en todos los mass media, adorado por nuestras amistades y seres queridos, aspirado con fruición por una legión de sujetos ataviados con bata blanca (nada menos que médicos y personal de enfermería) en las inmediaciones de los centros sanitarios, puede producir la muerte súbita en unas ocasiones y, en otras, una larga, invalidante y angustiosa agonía? No. Imposible. Seguro que los laboratorios farmacéuticos, con la complicidad de la clase médica, nos están tomando el pelo para vendernos sus productos. (¿?)

Nadie parece reparar en que la medicación que atenúa –no cura, ojo– los síndromes respiratorios es carísima. Que, además, es una de las más subvencionadas, lo que quiere decir que la estamos pagando entre todos. Ningún gobierno aceptaría que se mintiese en cuestiones que vacían drásticamente sus arcas. Porque, señores, quien realmente se está forrando a costa de la salud de las personas no son los que curan sino los que enferman, es decir, quienes producen, transforman y comercializan la planta de tabaco. Hablando en plata: como siempre.

Aún así, ¿quién en su sano juicio –repito– va a creerse esa patraña de que es tan malo como dicen? Sí, de acuerdo, sabemos que bueno no es, pero tampoco será para tanto. Además, de algo hay que morirse. Y, puestos a hacer daño, se contamina también de otras muchas formas.

Quizá estos sean los tres argumentos-estrella a favor de la permisividad. Y, si me dejan, se los pienso desmontar uno tras otro.

El tabaco es el único producto legal cuyos efectos son nocivos cuando se utiliza según las recomendaciones del fabricante. Intenten recordar cualquier otro. O mejor, no se cansen pues, sencillamente, no existe.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Recomendaciones en caso de EPOC

Henri Rousseau - Monumento a Chopin en el jardín de Luxemburgo
Si padeces Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica o esta afecta a alguien de tu entorno más cercano, debes saber:

1. Para evitar que la EPOC progrese a toda máquina, no debes encender un solo cigarro en la vida, además de alejarte de fumadores, ambientes cargados y de cualquier foco contaminante.

2. Recuerda que no eres más tonto que el resto de enfermos y sanos que pueblan la tierra. Una vez comprobado que la periodicidad y forma de uso de los inhaladores es la correcta, no permitas que te culpabilicen de utilizarlos de forma inadecuada. Y, si no lo haces, tampoco de fumar.

3. Disfruta de la vida. No te obsesiones, distráete, practica tus aficiones favoritas, rodéate de tus familiares y amigos, mantén la mente ocupada, sé todo lo feliz que puedas ser.

4. Sigue al pie de la letra las recomendaciones de tus médicos, realiza todas las revisiones y controles que ellos te aconsejen, tanto para mantener al día tu expediente respiratorio como para comprobar tu estado general o de cualquier otra parte del cuerpo. No seas perezoso, los profesionales conocen los motivos para aconsejártelo.

5. Aliméntate adecuadamente pero no te excedas. No te conviene aumentar de peso ni atracarte con grandes comilonas. Si, por el contrario, no tienes apetito haz un esfuerzo, te resultará más sencillo repartiendo la cantidad aconsejable en varias comidas diarias. Pregunta al especialista qué alimentos te desaconseja o recomienda.

6. Evita las emociones fuertes: enfados, sobresaltos, incluso –aunque sean agradables– las grandes sorpresas. Rodéate de personas que cuiden de no alterar tu estado de ánimo, que no alboroten en exceso, que te aseguren una vida feliz, que sepan dosificarte las noticias.

7. No te acomodes. Aunque resulte algo complicado, realiza todo el ejercicio que permita tu enfermedad. Siempre bajo supervisión médica, tomando precauciones pero sin ceder nunca a la desidia.

8. Programa una serie de rutinas y cúmplelas fielmente. Incluso si dependes del oxígeno domiciliario, intenta pisar la calle (o el campo) con la mayor frecuencia posible, caminar a diario es un ejercicio saludable. Si, por casualidad, no te encuentras con ánimo no importa, este irá mejorando con el tiempo. ¡Sal fuera! siempre que te sea posible caminar.

9. Procura establecer un clima de normalidad en relación a tu estado de salud. No seas latoso pero tampoco te escondas. Recuerda que la EPOC es una de las patologías peor divulgadas y que el reconocimiento social puede hacer tu vida más fácil. Para asegurarte un trato respetuoso, lo mejor es responder de forma clara y sencilla –sin complejos que valgan– cada vez que alguien te pregunte.

10. Convéncete de que no eres ningún caso raro: alrededor de un 10% de los mayores de cuarenta años padece EPOC. Cualquier mejora que consigas para ti se convertirá a la larga en beneficio para muchos.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Las patologías respiratorias se ocultan bajo la alfombra

Confieso que me siento perpleja. No solo ahora, desde hace muchísimo tiempo. Me parece imposible que lo que veo no lo perciba nadie más, que las esperpénticas escenas que he tenido la oportunidad de presenciar, no hayan tenido más espectadores. ¿Lo habré soñado? ¿Habré visto una película de miedo, se habrá representado una obra inédita exclusivamente para mí y la confundo con la vida real? Pues no. Paco Tella, naturalmente, no existe, se trata de un personaje de ficción, pero todo lo que se cuenta en las historietas de este blog –y las que aparecerán más adelante– lo he presenciado yo con estos ojos.

Una vez más, se pone en marcha la eficaz consigna de no nombrar algo dando por supuesto que no existe. Supongo que en este caso lo que hay detrás de este silencio son, ante todo, intereses económicos. Y, ocasionalmente, algo de comodidad también. Pues, si no contamos a nadie que determinados productos químicos, hábitos personales como fumar o profesionales como manejar una taladradora –no de las modernas sino de las que sueltan polvo por doquier que son mucho más baratas–  pueden producir la muerte súbita en casos de asma severa, o agravar patologías importantes como el enfisema y la fibrosis, si no lo contamos, digo, podremos actuar alegremente a nuestro libre albedrío, utilizar productos agresivos, máquinas altamente contaminantes etc. y el que venga detrás que arree. “Yo me ahorro dinero, que es lo que importa –dirá el empresario o el gestor de la administración responsable del asunto– y en el caso, más que probable, de que nadie llegue a enterarse, me trae al fresco poner vidas humanas en peligro. A lo mejor no es para tanto, y si lo es, peor para ellos. Yo como si nada, mientras la cuestión no me salpique todo va bien.” Estarán de acuerdo conmigo en que esta actitud no es inverosímil, al contrario, puede verse –o intuirse– mucho más a menudo de lo que aconsejaría el sentido común.
Insisto: me parece razonable suponer, por simple lógica estadística, que las escenas que me ha sido dado presenciar, a decenas, incluso a centenares, desde mi posición privilegiada, encaramada a una (llamémosle) atalaya excepcional, ocurren constantemente, cada pocos segundos de media. Gente que se va corriendo a urgencias, tras respirar repetidamente humo de tabaco u otros agentes diversos, personas que han de disimular que se ahogan cuando se encuentran entre desconocidos porque no se atreven a explicar que padecen un enfisema o una bronquitis crónica. Pues todo esto al personal le suena a chino y más vale no ir de raros por la vida si queremos mantener la tranquilidad.

Pero mientras no normalicemos la enfermedad como una condición más del ser humano –que no le vuelve más tonto ni más hipocondríaco sino que sigue siendo exactamente el mismo individuo de antes–, en relación a esta clase de patologías, las que afectan a la respiración, o lo que es lo mismo a un área tan vital como los pulmones, encontraremos a muchas personas a las que no podamos comprender. Por tanto, y sin sospecharlo, las acabaremos tratando injustamente.

El victimismo que asaltó a los fumadores tras la –de todo punto imprescindible– ley del tabaco que hace unos cuatro años entró en vigor en España, es el causante de parte de ese estado de cosas. El mito urbano –basado en pseudo-filosofías de raíz orientalista– que afirma poder eliminar cualquier alteración física o psíquica simplemente aprendiendo a respirar correctamente también arrastra su cuota de estupideces de toda índole. La opinión pública ni siquiera sospecha que el estrechamiento de las vías aéreas es un hecho objetivo. Que algunos lo llevan ya puesto de casa (y habrá que tomar medidas como se toman con celíacos y diabéticos) y a otros les sobreviene cuando menos lo esperan a causa de sustancias presentes en el aire.

No existe más que una solución efectiva a todo esto: airearlo. Hay que dar más aire a estas patologías con el fin de que los que necesitan oxígeno extra –o sea, los que precisan más aire habitualmente– lo obtengan cuando sea necesario. Y ahora viene la gran pregunta: ¿Quiénes son los llamados a divulgar? Muy sencillo: instituciones como las Sociedades de Neumología, el Ministerio de Sanidad, asociaciones de pacientes, publicistas, laboratorios farmacéuticos. Y personas, sobre todo personas, aquellas que conocen de primera mano el problema porque lo padecen en carne propia o porque lo contemplan a diario. Es decir, los pacientes respiratorios y sus allegados. Estos últimos, tan afectados como los primeros, si no más.

Para conseguirlo hay que empezar por el principio: convencer a los pacientes de que, si la sociedad les trata mal, no es porque lo merezcan sino por pura y simple ignorancia. Que la solución –cada vez más urgente– pasa por alzar la voz. Que quienes han de sentir vergüenza no son ellos, sino aquellos que, pudiendo hablar, callan.

Para bochorno de todos, se entiende.