sábado, 15 de noviembre de 2014

Las patologías respiratorias se ocultan bajo la alfombra

Confieso que me siento perpleja. No solo ahora, desde hace muchísimo tiempo. Me parece imposible que lo que veo no lo perciba nadie más, que las esperpénticas escenas que he tenido la oportunidad de presenciar, no hayan tenido más espectadores. ¿Lo habré soñado? ¿Habré visto una película de miedo, se habrá representado una obra inédita exclusivamente para mí y la confundo con la vida real? Pues no. Paco Tella, naturalmente, no existe, se trata de un personaje de ficción, pero todo lo que se cuenta en las historietas de este blog –y las que aparecerán más adelante– lo he presenciado yo con estos ojos.

Una vez más, se pone en marcha la eficaz consigna de no nombrar algo dando por supuesto que no existe. Supongo que en este caso lo que hay detrás de este silencio son, ante todo, intereses económicos. Y, ocasionalmente, algo de comodidad también. Pues, si no contamos a nadie que determinados productos químicos, hábitos personales como fumar o profesionales como manejar una taladradora –no de las modernas sino de las que sueltan polvo por doquier que son mucho más baratas–  pueden producir la muerte súbita en casos de asma severa, o agravar patologías importantes como el enfisema y la fibrosis, si no lo contamos, digo, podremos actuar alegremente a nuestro libre albedrío, utilizar productos agresivos, máquinas altamente contaminantes etc. y el que venga detrás que arree. “Yo me ahorro dinero, que es lo que importa –dirá el empresario o el gestor de la administración responsable del asunto– y en el caso, más que probable, de que nadie llegue a enterarse, me trae al fresco poner vidas humanas en peligro. A lo mejor no es para tanto, y si lo es, peor para ellos. Yo como si nada, mientras la cuestión no me salpique todo va bien.” Estarán de acuerdo conmigo en que esta actitud no es inverosímil, al contrario, puede verse –o intuirse– mucho más a menudo de lo que aconsejaría el sentido común.
Insisto: me parece razonable suponer, por simple lógica estadística, que las escenas que me ha sido dado presenciar, a decenas, incluso a centenares, desde mi posición privilegiada, encaramada a una (llamémosle) atalaya excepcional, ocurren constantemente, cada pocos segundos de media. Gente que se va corriendo a urgencias, tras respirar repetidamente humo de tabaco u otros agentes diversos, personas que han de disimular que se ahogan cuando se encuentran entre desconocidos porque no se atreven a explicar que padecen un enfisema o una bronquitis crónica. Pues todo esto al personal le suena a chino y más vale no ir de raros por la vida si queremos mantener la tranquilidad.

Pero mientras no normalicemos la enfermedad como una condición más del ser humano –que no le vuelve más tonto ni más hipocondríaco sino que sigue siendo exactamente el mismo individuo de antes–, en relación a esta clase de patologías, las que afectan a la respiración, o lo que es lo mismo a un área tan vital como los pulmones, encontraremos a muchas personas a las que no podamos comprender. Por tanto, y sin sospecharlo, las acabaremos tratando injustamente.

El victimismo que asaltó a los fumadores tras la –de todo punto imprescindible– ley del tabaco que hace unos cuatro años entró en vigor en España, es el causante de parte de ese estado de cosas. El mito urbano –basado en pseudo-filosofías de raíz orientalista– que afirma poder eliminar cualquier alteración física o psíquica simplemente aprendiendo a respirar correctamente también arrastra su cuota de estupideces de toda índole. La opinión pública ni siquiera sospecha que el estrechamiento de las vías aéreas es un hecho objetivo. Que algunos lo llevan ya puesto de casa (y habrá que tomar medidas como se toman con celíacos y diabéticos) y a otros les sobreviene cuando menos lo esperan a causa de sustancias presentes en el aire.

No existe más que una solución efectiva a todo esto: airearlo. Hay que dar más aire a estas patologías con el fin de que los que necesitan oxígeno extra –o sea, los que precisan más aire habitualmente– lo obtengan cuando sea necesario. Y ahora viene la gran pregunta: ¿Quiénes son los llamados a divulgar? Muy sencillo: instituciones como las Sociedades de Neumología, el Ministerio de Sanidad, asociaciones de pacientes, publicistas, laboratorios farmacéuticos. Y personas, sobre todo personas, aquellas que conocen de primera mano el problema porque lo padecen en carne propia o porque lo contemplan a diario. Es decir, los pacientes respiratorios y sus allegados. Estos últimos, tan afectados como los primeros, si no más.

Para conseguirlo hay que empezar por el principio: convencer a los pacientes de que, si la sociedad les trata mal, no es porque lo merezcan sino por pura y simple ignorancia. Que la solución –cada vez más urgente– pasa por alzar la voz. Que quienes han de sentir vergüenza no son ellos, sino aquellos que, pudiendo hablar, callan.

Para bochorno de todos, se entiende.

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