martes, 25 de noviembre de 2014

Recomendación nº1: Convéncete de que el tabaco es veneno

Sé que resulta difícil de creer, aunque lo era mucho más antes del 2 de enero de 2011, fecha en que el ambiente de los bares españoles dejó de estar completamente gris.

Así y todo, parece una exageración que el tabaco sea tan malo como dicen. Expresión  que he escuchado repetidamente junto a otras muchas que parecen estar grabadas en un disco más que venir de la boca de individuos dotados de inteligencia.

He escuchado y leído tantos argumentos… En realidad, no más de cuatro o cinco, pero repetidos infinidad de veces bajo infinitas variantes. ¿Recuerdan la antigua Ley Antitabaco? Sí, esa que permitía pintar una línea en el suelo para separar el ambiente limpio del sucio. Pues, desengáñense, por mucho que se quejasen los hosteleros de la ingente inversión efectuada en ese tiempo, la cruda realidad es que ningún local hizo obras. Bien, pues durante los (interminables) cinco años en que estuvo vigente, me tragué –casi literalmente– todo lo que en la prensa digital se comentaba acerca de su reforma. Sí, desde enero de 2006 a enero de 2011, periódico tras periódico, todas las noticias que ponían en tela de juicio (o no) la conveniencia de una ley nueva, comentarios incluidos (y a veces eran centenares). Por tanto, puedo afirmar que me empapé a base de bien de todas las falacias y que asimilé a conciencia los mecanismos de toda esa demagogia barata que tanto daño hizo, ha hecho y seguirá haciendo hasta quien sabe cuándo.

Pero, en el fondo, lo entiendo. Quiero decir que conozco los motivos que dan lugar a que tanta gente a la vez está tan equivocada. Pues ¿cómo van siquiera a sospechar que, realmente, ese producto legal, puesto a la venta en comercios respetables patrocinados por el propio estado desde tiempo inmemorial, consumido por las estrellas más distinguidas y admiradas del cine clásico y moderno, publicitado hasta hace poco en todos los mass media, adorado por nuestras amistades y seres queridos, aspirado con fruición por una legión de sujetos ataviados con bata blanca (nada menos que médicos y personal de enfermería) en las inmediaciones de los centros sanitarios, puede producir la muerte súbita en unas ocasiones y, en otras, una larga, invalidante y angustiosa agonía? No. Imposible. Seguro que los laboratorios farmacéuticos, con la complicidad de la clase médica, nos están tomando el pelo para vendernos sus productos. (¿?)

Nadie parece reparar en que la medicación que atenúa –no cura, ojo– los síndromes respiratorios es carísima. Que, además, es una de las más subvencionadas, lo que quiere decir que la estamos pagando entre todos. Ningún gobierno aceptaría que se mintiese en cuestiones que vacían drásticamente sus arcas. Porque, señores, quien realmente se está forrando a costa de la salud de las personas no son los que curan sino los que enferman, es decir, quienes producen, transforman y comercializan la planta de tabaco. Hablando en plata: como siempre.

Aún así, ¿quién en su sano juicio –repito– va a creerse esa patraña de que es tan malo como dicen? Sí, de acuerdo, sabemos que bueno no es, pero tampoco será para tanto. Además, de algo hay que morirse. Y, puestos a hacer daño, se contamina también de otras muchas formas.

Quizá estos sean los tres argumentos-estrella a favor de la permisividad. Y, si me dejan, se los pienso desmontar uno tras otro.

El tabaco es el único producto legal cuyos efectos son nocivos cuando se utiliza según las recomendaciones del fabricante. Intenten recordar cualquier otro. O mejor, no se cansen pues, sencillamente, no existe.

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