martes, 30 de diciembre de 2014

Recomendación 3: Si tienes EPOC, sigue al pie de la letra los consejos de tu médico



En la consulta, has de asegurarte de que te escuchan. Tu experiencia sobre la enfermedad es tan importante .al menos- como los resultados de las pruebas que ¡seguro! no dejarán de mandarte.

Una vez establecida la vía de comunicación más fluida que te sea posible y tras haberte asegurado que se ha entendido todo lo que deseabas transmitir, te toca escuchar a ti. No tengas reparo en preguntar, toma notas si lo consideras necesario y, sobre todo, tómate en serio cada uno de los consejos que recibas. Debes entender que no son gratuitos, que el precio de no seguirlos o de hacerlo a medias lo vas a pagar tú y nadie más, y que el precio se mide en salud, no en dinero. En la salud de tus pulmones (que solo son dos y para toda la vida) y también, quizá, en más efectos secundarios.


Consejos referidos al modo de vida, los hábitos que has de abandonar (como el tabaco) o adoptar (como el ejercicio regular  al aire libre), alimentación recomendada, fármacos -cuya dosis es exacta, no aproximada y, como su efecto es a largo plazo, no las puedes abandonar cuando te plazca- pruebas diagnósticas y cualquier otro del tipo que sea.

Deja la pereza para las cuestiones secundarias: con el cuerpo no se juega. Y haz acopio de fuerza de voluntad porque la tienes, como todos, en cantidades infinitas. Es verdad que, para que aflore, hace falta un gran esfuerzo, ese has de ponerlo tú siempre que cuentes con la motivación necesaria. ¿Y qué mayor motivo que vivir, y vivir lo mejor posible?

jueves, 25 de diciembre de 2014

Conversación entre una paciente de EPOC y su médico (VÍDEO)



Dr. Cristóbal Esteban y Ana Pérez, paciente de EPOC

Aquí se evidencia hasta qué punto los recién diagnosticados de EPOC están despistados respecto a su patología. Esto solo ocurre con los problemas respiratorios y no debería ser así. Si un enfermo de riñón, de hígado, de cualquier clase de cáncer tiene cierta idea de lo que esas enfermedades representan ¿Por qué quienes padecen obstrucciones pulmonares no tienen ni idea de que estas existen?

Me gustaría pensar que no es para que sigan comprando paquetes de cigarrillos. Sería demasiado cruel pensar que se permite morir a tantísima gente (18.000 a causa de la EPOC anualmente solo en España) para que el negocio del tabaco continúe floreciendo. 

Sin embargo, el epígrafe que aporta el periodista es de lo más elocuente. Cito:

"Os invitamos a ver y escuchar esta entrevista de la serie “Hablando con mi neumólogo”. El Dr Esteban y su paciente Ana Pérez conversan sobre la dificultad inicial de enfrentarse a una enfermedad poco conocida como la EPOC. También destacan la importancia de contar con el apoyo y la complicidad de otros pacientes que viven circunstancias similares."

Ni se imaginan cuánto me escandaliza la expresión "una enfermedad poco conocida". ¿Cóóómo? ¿Es posible que quien ha escrito esto no esté informado de que cada año, repito, mueren 18.000 enfermos de EPOC en España y 300.000 solo en Europa? ¿Y tienen la desfachatez de decir que los fumadores no lo dejan aún siendo conscientes de lo que les espera en el futuro? Los fumadores no tienen ni idea, señores neumólogos, señor ministro de Sanidad. Realicen ustedes reportajes televisivos didácticos y completos sobre la EPOC en horario de máxima audiencia así como spots publicitarios tan elocuentes y con tanta frecuencia como los producidos por la Dirección General de Tráfico. Es la única forma de salvar miles de vidas y ustedes lo saben. Eso sí, la gente acabaría concienciándose, así que tabacalera -y ya va siendo hora- experimentaría una reducción sustancial de sus ganancias.

Por supuesto, todo esto depende de la escala de valores de aquellos a quienes corresponde aportar soluciones a este asunto. Hablo a los responsables de la salud pública: para ustedes ¿qué es lo prioritario, el dinero o las vidas humanas?

En realidad, no hace falta que respondan: está claro como la luz del día.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Recomendación 2:En EPOC, aprende a usar tu inhalador pero exige un correcto diagnóstico

¿Alguien se ha dado cuenta de que los pacientes respiratorios son los más tontos del planeta? ¿Qué no? Pues claro que no. Como en todos los colectivos, habrá quien entienda mejor las cosas, quien las entienda peor y quien no las entienda en absoluto.

Pero leo la prensa. Y compruebo que, constantemente, se culpabiliza a los pacientes de EPOC mucho más que al resto de los enfermos. Parece que estos señores no son capaces en toda su vida, por muchos años que convivan con la enfermedad, de utilizar un inhalador correctamente. Y lo cierto es que tampoco es tan difícil: todo se reduce a sujetar bien la boquilla con los labios y aspirar profundamente. Nada más que eso. En los prospectos de estos medicamentos, suele aparecer una figura que ilustra la forma de colocar el aparato. En vertical, siempre en vertical.

A veces la medicación no surte el efecto deseado. Al menos, no todo el efecto que se espera de él. Hay un buen abanico de causas para que esto se produzca. Los olvidos, por ejemplo. Aunque no creo que nadie pueda olvidar usar un producto que le ayuda a respirar correctamente. Todas las enfermedades son molestas. Producen dolores o diversas alteraciones del organismo. Sin embargo, nada tan angustioso –y peligroso– como padecer una obstrucción bronquial que impida el correcto paso del aire. Ellos viven pendientes de un hilo, nadie puede imaginarse del todo lo que es eso. Una circunstancia en la que el olvido no cabe. Tampoco resulta muy creíble que el paciente sujete indolentemente el dispositivo y lo utilice sin ton ni son. Hablamos de una cuestión de vida o muerte no de una simple urticaria. Respirar mal es tan molesto o más que sufrir unos picores tremendos, con el agravante de que, como el que lo padece se descuide, se puede marchar al otro barrio.

Tengo que hablar con claridad porque de los eufemismos de todo tipo ya abusa bastante la prensa. Por ejemplo, cuando los periodistas aluden a la sensación de falta de aire, sobra el vocablo “sensación”. Y cada vez que hablan de nerviosismo o pánico deberían añadir que tales emociones están perfectamente justificadas dadas las circunstancias y que no se trata de ninguna paranoia.
No obstante, hay que reconocer que una gran parte de enfermos de EPOC continúa fumando. Los médicos se lamentan de ello, pero me pregunto si les han explicado con la suficiente contundencia la relación entre tabaco y enfermedad. Ellos afirman que sí lo han hecho, pero he hablado con muchos pacientes, algunos en un avanzado estadio de la enfermedad, y dudo mucho que el personal sanitario haya utilizado los argumentos idóneos para que comprendan qué es lo que se están haciendo a sí mismos. Admito que la adicción al tabaco es, por lo general, intensísima, sin embargo, el pánico y la angustia que se siente cuando apenas se puede respirar serviría de contrapeso en la mayoría de los casos. Ocurre que no basta con prohibir, además hay que asegurarse de que entiendan por qué. Una explicación fastidiosa, probablemente, para aquellos que entienden al detalle el mecanismo de la obstrucción bronquial, pero ¿qué significa una molestia, o muchas molestias diarias, cuando estas pueden salvar una sola vida al año?  ¿Es que no merece la pena esforzarse todo lo posible?

Los profesionales deberían explicar –no solo a los pacientes sino a la sociedad entera– que el tabaco es el origen de 18.000 muertes anuales solo en España y de 300.000 en toda Europa. También deben insistir en que la suciedad del aire agrava los problemas respiratorios. Y explicar el mecanismo de esta influencia con todo detalle y con los recursos didácticos a su alcance. Y si no saben hacerlo que pidan ayuda a profesionales de la pedagogía. Cualquier cosa siempre que no consista en echar la culpa a los pacientes. Sobre todo, porque la inmensa mayoría usa los inhaladores como es debido y, si sigue fumando, es porque ignora que el tabaco es el origen de todos sus males y que la insistencia en su abandono nunca es un mecanismo para fastidiar. Mientras tanto, se echa de menos una información bien graduada, adaptada a cada caso y dividida en un conjunto de explicaciones que todos puedan comprender.


A ti te digo: si tienes EPOC, deja de fumar inmediatamente. No puedes imaginar hasta qué punto esa adicción te está acortando la vida. Pregunta a tu neumólogo por qué y no te levantes de la silla hasta que no lo hayas entendido. Asegúrate también de manejar los inhaladores de la forma adecuada. Debes saber que esta patología es progresiva e irreversible, pero que cumpliendo estos requisitos quizá, solo quizá, se produzca una reducción de los síntomas. Incluso, si tienes un golpe de suerte, un ajuste en la medicación podría mejorar sustancialmente tu estado de salud.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (III)

Dejo para el final el argumento más demencial de todos ellos. O a mí me lo parece. Hablo del que sostiene que “también hay fábricas y coches”. Bien. Intentaré ser didáctica y concisa para no dejar traslucir aquí el malhumor inevitable ante majaderías de semejante calibre.

Primero. Me parece que nadie en su sano juicio aconsejaría acumular negatividades. Me explico: ¿Alguien correría el riesgo de coger una pulmonía, se cortaría los dedos de una mano o se daría puñetazos en los ojos simplemente porque tiene cáncer y, total, ya da lo mismo? O, si el niño vuelca el bote de pintura naranja en tu parquet, ¿te dedicas a vaciar todas las latas de titan-lux que encuentres en el trastero argumentando que, puesto que ya hay una parte sucia, vamos a dejar el suelo entero convertido en un enorme manchurrón de colorines? Absurdo, ¿verdad? Tanto como afirmar que, si ya tenemos contaminación, es legítimo continuar contaminando.

Me apresuro a añadir que, tanto medios de locomoción como industria, se distinguen sustancialmente del bote de pintura arrojado gratuitamente. ¿En qué? Precisamente en que no son gratuitos, es decir, tienen un gran valor para nosotros; diré más, hace varias generaciones que se convirtieron en indispensables desde cualquier punto de vista. Y aquí es donde, quizá, mejor se demuestra la falacia consciente de quienes argumentan de esta forma. Porque nadie, absolutamente nadie, puede ignorar esto. Les reto, incluso, a encontrar un solo individuo que no distinga entre la utilidad de los instrumentos de toda clase –que salvan vidas, nos alimentan, instruyen, alegran nuestras vidas etc.– y el mero hecho de aspirar esos canutillos marrones o blancos, de diferentes grosores e invariablemente apestosos. La verdad, hace falta ser un gran demagogo, además de irredento egoísta, para defender esto.

Abundando en lo mismo, el resto de fuentes contaminantes se esfuerzan ya en moderar su particular contribución al enrarecimiento del aire. Los trenes que utilizamos ahora no se parecen en nada a los de mediados del siglo pasado, se trabaja –no con la eficiencia necesaria a causa, una vez más, de los intereses empresariales– en la producción de automóviles limpios, se dictan leyes a favor de la eficiencia energética, tanto en locomoción como en la industria y el hogar, se estudian procedimientos para minimizar los residuos de toda clase –si bien es cierto que, incongruentemente, cada vez se producen más envases alimentarios no biodegradables–, desde hace décadas se tiende a agrupar las factorías en complejos retirados todo lo posible de su núcleo urbano correspondiente. En cambio, el ocioso humo de los cigarros ronda todavía por doquier.

Por último, y una vez aceptado que el hecho de fumar no posee ninguna utilidad práctica, que sus efectos nocivos no se compensan de ninguna forma, plantémonos los métodos para acabar con él cuanto antes. ¿Cómo? Quizá permitiendo que los actuales fumadores decidan libremente lo que quieren hacer por la sencilla razón de que un mundo con un treinta por ciento de habitantes sufriendo el síndrome de abstinencia resultaría materialmente inhabitable. Y, en paralelo, combatiendo con todos los recursos a nuestro alcance que una nueva generación de fumadores tome el relevo de los antiguos. Por ellos mismos, pero sobre todo por los otros. Por esos que no fuman, sí.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (II)

Continúo con el repaso de las excusas que se aducen como defensa del hábito de fumar. Al espectador neutral le sorprenderán su frivolidad y ligereza, pero hay que tener en cuenta que quienes razonan de esta manera padecen una grave adicción a la nicotina; eso cuando no actúan movidos por enormes intereses económicos. Es más, los segundos suelen espolear a los primeros. Han llegado hasta a mostrarles el camino de una rebeldía que no es más que la senda de la intoxicación continuada que les va empujando hacia el desastre. Concretando, las tabacaleras, a través de sus codiciosos esbirros, han logrado convencer a muchos fumadores de que quienes mienten son médicos y empresas farmacéuticas para no perder el beneficio que acarrean los tratamientos anti-tabáquicos.

Motivos que nos convencen de la falsedad de este argumento. A saber:

1) Es evidente que no todos los que abandonan el tabaco recurren a medicamentos específicos. Algo que no ignoran las empresas que los fabrican.

2) Son incomparablemente mayores los beneficios de los tratamientos para enfermedades respiratorias producidos por los mismos laboratorios, por su precio, por la cantidad de específicos que han de inhalar los pacientes, y porque, en este caso, es obligada su ingestión. Podría aportar ejemplos pero, al no moverme ningún afán publicitario, prefiero no citar marcas.

3) Desconfiar de la ciencia médica es del género bobo. Pero voy más allá: considero poco menos que aberrante un estado de opinión que da más crédito a los argumentos de las tabacaleras que a los propios profesionales de la salud.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (I)

Hans Lassen - Tres caballeros jugando al ajedrez (1900)


Sorprende lo lejos que podemos llegar para justificar una adicción como el tabaco, las excusas tan absurdas que somos capaces de inventar. Cuando la polémica en torno a la Ley Antitabaco estaba al rojo vivo, recopilé un buen repertorio de ellas.

Hace algunos años, no tantos como podría parecer, los médicos que trataban la adicción al tabaco –todavía en el ámbito privado pues la medicina pública aún no consideraba necesario atender minucias como esta– protestaban enérgicamente si se les insinuaba que la adicción tabáquica no era solo de tipo psicológico, que tenía también un componente físico fácilmente detectable.

(Ahora parece que eso no ha pasado nunca, igual que dentro de poco se negarán actitudes que, por absurdas que parezcan, siguen aceptándose hoy día con la mayor naturalidad).

Pablo Picasso - El viejo pescador (1985)
Llegaremos a eso. Poco después, ya se reconocía, aunque tímidamente, que la adicción de los fumadores y la de los heroinómanos era de parecida intensidad, y más tarde nos enteraríamos de que le primera supera, con mucho, a la segunda.

Empezaremos por la excusa más hipócrita de todas, la de aquellos que se defienden argumentando que “de algo hay que morir” pero que en realidad están convencidos de que en ese macabro sorteo no van a resultar agraciados. Porque, piensan ellos, serán muy pocos, poquísimos, aquellos a los que toca la china y no van a tener la mala suerte de que les caiga precisamente a ellos. Pero, respondo yo, la china le puede tocar a cualquiera, incluso a ti. Además, los afectados no son tan pocos, entre unas enfermedades y otras, a partir de determinada edad y contando fumadores y ex fumadores, calculo que se acercan al 50%. Por otra parte, la vida se ha alargado mucho y acortarla por algo tan estúpido como aspirar humo de un cilindro en ningún caso merece la pena. Eso sin contar que, en muchos casos, hablamos de una lenta agonía, de unos últimos años tan angustiosos e invalidantes –en los que el enfermo acaba convirtiéndose en una carga para los que tiene a su alrededor– que cabe preguntarse si merece la pena vivirlos.

Cuando uno es joven y mira su rostro terso en el espejo, su fuerza y vitalidad, su alegría, al fijarse en los mayores le parece que no le gustaría llegar hasta allí. Pero, habitualmente, cuanto más tiempo se pasa en un lugar más apego se siente por él, a no ser que nos sintamos profundamente a disgusto; y cuando ese lugar es la vida, el profundo disgusto se llama depresión. Es decir, por muchas arrugas y achaques que se hayan acumulado, por mucho que haya menguado la estatura, incluso si no queda ni rastro del antiguo atractivo –salvo en casos de depresión– la mayoría de los ancianos sienten el mismo –o mayor– apego a la vida que los jóvenes. Y, por supuesto, casi todos los aquejados por enfermedades respiratorias, coronarias o cancerígenas, si están convenientemente informados, reniegan de ese primer pitillo consumido tan frívolamente.

(Continuará)