viernes, 5 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (I)

Hans Lassen - Tres caballeros jugando al ajedrez (1900)


Sorprende lo lejos que podemos llegar para justificar una adicción como el tabaco, las excusas tan absurdas que somos capaces de inventar. Cuando la polémica en torno a la Ley Antitabaco estaba al rojo vivo, recopilé un buen repertorio de ellas.

Hace algunos años, no tantos como podría parecer, los médicos que trataban la adicción al tabaco –todavía en el ámbito privado pues la medicina pública aún no consideraba necesario atender minucias como esta– protestaban enérgicamente si se les insinuaba que la adicción tabáquica no era solo de tipo psicológico, que tenía también un componente físico fácilmente detectable.

(Ahora parece que eso no ha pasado nunca, igual que dentro de poco se negarán actitudes que, por absurdas que parezcan, siguen aceptándose hoy día con la mayor naturalidad).

Pablo Picasso - El viejo pescador (1985)
Llegaremos a eso. Poco después, ya se reconocía, aunque tímidamente, que la adicción de los fumadores y la de los heroinómanos era de parecida intensidad, y más tarde nos enteraríamos de que le primera supera, con mucho, a la segunda.

Empezaremos por la excusa más hipócrita de todas, la de aquellos que se defienden argumentando que “de algo hay que morir” pero que en realidad están convencidos de que en ese macabro sorteo no van a resultar agraciados. Porque, piensan ellos, serán muy pocos, poquísimos, aquellos a los que toca la china y no van a tener la mala suerte de que les caiga precisamente a ellos. Pero, respondo yo, la china le puede tocar a cualquiera, incluso a ti. Además, los afectados no son tan pocos, entre unas enfermedades y otras, a partir de determinada edad y contando fumadores y ex fumadores, calculo que se acercan al 50%. Por otra parte, la vida se ha alargado mucho y acortarla por algo tan estúpido como aspirar humo de un cilindro en ningún caso merece la pena. Eso sin contar que, en muchos casos, hablamos de una lenta agonía, de unos últimos años tan angustiosos e invalidantes –en los que el enfermo acaba convirtiéndose en una carga para los que tiene a su alrededor– que cabe preguntarse si merece la pena vivirlos.

Cuando uno es joven y mira su rostro terso en el espejo, su fuerza y vitalidad, su alegría, al fijarse en los mayores le parece que no le gustaría llegar hasta allí. Pero, habitualmente, cuanto más tiempo se pasa en un lugar más apego se siente por él, a no ser que nos sintamos profundamente a disgusto; y cuando ese lugar es la vida, el profundo disgusto se llama depresión. Es decir, por muchas arrugas y achaques que se hayan acumulado, por mucho que haya menguado la estatura, incluso si no queda ni rastro del antiguo atractivo –salvo en casos de depresión– la mayoría de los ancianos sienten el mismo –o mayor– apego a la vida que los jóvenes. Y, por supuesto, casi todos los aquejados por enfermedades respiratorias, coronarias o cancerígenas, si están convenientemente informados, reniegan de ese primer pitillo consumido tan frívolamente.

(Continuará)

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