lunes, 15 de diciembre de 2014

Más excusas a favor del tabaco que no convencen a nadie (III)

Dejo para el final el argumento más demencial de todos ellos. O a mí me lo parece. Hablo del que sostiene que “también hay fábricas y coches”. Bien. Intentaré ser didáctica y concisa para no dejar traslucir aquí el malhumor inevitable ante majaderías de semejante calibre.

Primero. Me parece que nadie en su sano juicio aconsejaría acumular negatividades. Me explico: ¿Alguien correría el riesgo de coger una pulmonía, se cortaría los dedos de una mano o se daría puñetazos en los ojos simplemente porque tiene cáncer y, total, ya da lo mismo? O, si el niño vuelca el bote de pintura naranja en tu parquet, ¿te dedicas a vaciar todas las latas de titan-lux que encuentres en el trastero argumentando que, puesto que ya hay una parte sucia, vamos a dejar el suelo entero convertido en un enorme manchurrón de colorines? Absurdo, ¿verdad? Tanto como afirmar que, si ya tenemos contaminación, es legítimo continuar contaminando.

Me apresuro a añadir que, tanto medios de locomoción como industria, se distinguen sustancialmente del bote de pintura arrojado gratuitamente. ¿En qué? Precisamente en que no son gratuitos, es decir, tienen un gran valor para nosotros; diré más, hace varias generaciones que se convirtieron en indispensables desde cualquier punto de vista. Y aquí es donde, quizá, mejor se demuestra la falacia consciente de quienes argumentan de esta forma. Porque nadie, absolutamente nadie, puede ignorar esto. Les reto, incluso, a encontrar un solo individuo que no distinga entre la utilidad de los instrumentos de toda clase –que salvan vidas, nos alimentan, instruyen, alegran nuestras vidas etc.– y el mero hecho de aspirar esos canutillos marrones o blancos, de diferentes grosores e invariablemente apestosos. La verdad, hace falta ser un gran demagogo, además de irredento egoísta, para defender esto.

Abundando en lo mismo, el resto de fuentes contaminantes se esfuerzan ya en moderar su particular contribución al enrarecimiento del aire. Los trenes que utilizamos ahora no se parecen en nada a los de mediados del siglo pasado, se trabaja –no con la eficiencia necesaria a causa, una vez más, de los intereses empresariales– en la producción de automóviles limpios, se dictan leyes a favor de la eficiencia energética, tanto en locomoción como en la industria y el hogar, se estudian procedimientos para minimizar los residuos de toda clase –si bien es cierto que, incongruentemente, cada vez se producen más envases alimentarios no biodegradables–, desde hace décadas se tiende a agrupar las factorías en complejos retirados todo lo posible de su núcleo urbano correspondiente. En cambio, el ocioso humo de los cigarros ronda todavía por doquier.

Por último, y una vez aceptado que el hecho de fumar no posee ninguna utilidad práctica, que sus efectos nocivos no se compensan de ninguna forma, plantémonos los métodos para acabar con él cuanto antes. ¿Cómo? Quizá permitiendo que los actuales fumadores decidan libremente lo que quieren hacer por la sencilla razón de que un mundo con un treinta por ciento de habitantes sufriendo el síndrome de abstinencia resultaría materialmente inhabitable. Y, en paralelo, combatiendo con todos los recursos a nuestro alcance que una nueva generación de fumadores tome el relevo de los antiguos. Por ellos mismos, pero sobre todo por los otros. Por esos que no fuman, sí.

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