lunes, 30 de noviembre de 2015

TERCER MANDAMIENTO EPOC: Resistir. No deteriorarse

Es un objetivo básico pues toda enfermedad crónica desgasta. Por eso debes conservar a toda costa:
* El ánimo. Alimentando la ilusión, tal como comentaba en mi anterior artículo.
* La densidad de los huesos. Todos, sin excepción, y especialmente las mujeres a partir de la pre-menopausia. Porque esta patología se manifiesta habitualmente a partir de los cuarenta años, porque a veces el enfermo pasa mucho tiempo en reposo y porque la medicación puede alterar los niveles de calcio. Para prevenir o atajar la osteoporosis tienes que pasar un buen rato al aire libre todos los días, tomar alimentos ricos en calcio y vitamina D. Y moverte.
Imaginary landscapes
* La musculatura. También aquí influyen los tratamientos y el sedentarismo. Puedes mantenerte en forma mediante una alimentación rica en proteínas y ejercicio –tal como señalábamos en el apartado anterior– moderado, sí, pero constante.
* La agilidad intelectual. Has de mantener activo el cerebro como mejor te parezca: realizando ejercicios de gimnasia mental, jugando al ajedrez u otros juegos de mesa, rellenando crucigramas, sudokus u otros pasatiempos, memorizando listas, aprendiendo idiomas, escribiendo cartas, diarios, relatos, poemas, leyendo el periódico, comics o libros, dibujando… Con esto lograrás prevenir deterioros de memoria debidos a ocasionales defectos de oxigenación.
Y, como no hay que contentarse con lo mínimo, intenta conservarte todo lo joven y atractivo que puedas. Verte bien en el espejo es un acicate y un síntoma. Te dará fuerzas para continuar en la brecha pero además eso significa que lo estás haciendo bien, que tu salud se mantiene razonablemente estable. Para ello te aconsejo que mantengas esos hábitos de coquetería que en absoluto son irrelevantes ni frívolos: utiliza cremas faciales y corporales, viste a la moda, frecuenta las peluquerías, esmérate en el maquillaje, o bien, cuida tu barba y, si puedes frenar la calvicie, hazlo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

SEGUNDO MANDAMIENTO EPOC: Resistir: No deprimirse

Para superar posibles momentos de angustia mejor no recurrir a esas recetas de sabiduría ramplona que aparecen en los libros de autoayuda. Lo que sí resulta imprescindible es el sentido común. El nuestro, por descontado, y el de aquellos en quien confiamos, pero nunca viene mal el de algún pensador de referencia. Esto sirve para todo el mundo, enfermo o sano, pesimista o no, porque nadie está a salvo de la tristeza para siempre.
Afirmaba Bertrand Russell en La conquista de la felicidad –obra menor y divulgativa al margen de su enorme constructo filosófico– que la clave está en salir de nosotros mismos, en mirarnos el  ombligo lo menos posible. Y lo decía así de bien, no en vano fue uno de los grandes cerebros de la historia:
 “Cuantas más cosas le interesen a un hombre, más oportunidades de felicidad tendrá, y menos expuesto estará a los caprichos del destino, ya que si falla una de las cosas siempre puede recurrir a la otra.”
"Una de las fuentes de infelicidad (…) es la incapacidad para interesarse por cosas que no tengan importancia práctica en la vida de uno.”
Y dentro de esa diversidad de intereses, una buena forma de mirar fuera es pensar en los otros, preocuparse por sus problemas, intentar comprender a los que nos rodean, ayudar en todo lo que se pueda. Porque implicarse en causas solidarias, además de beneficiar a sus destinatarios, contribuye a elevar nuestro ánimo; así que, aunque lo hagamos solo por motivos egoístas, empatizar es una buena opción.
Vladimir Kush - Pez en la charca
Y puestos a buscar, entre la enorme gama de posibilidades cada uno elegirá las que mejor se adapten a sus gustos. Lo ideal sería abarcar varios campos (manual, intelectual, contemplativo, ejercicio corporal etc.) y dentro de cada uno cultivar actividades varias.
Pero el filósofo sigue aconsejando y, aunque lo que dice es conocido por todos, recordarlo nunca está de más. Por ejemplo, dar prioridad a lo importante para no gastar energías en vano –como sabemos, esto de ahorrar esfuerzo es básico en la cuestión respiratoria– marcarnos objetivos razonables, aceptar los reveses con entereza procurando frustrarnos lo menos posible,  evitar actitudes, como el miedo y la autocompasión, que producen tristeza y aburrimiento.
En este tipo de patologías, el ánimo es un factor determinante. Nuestra salud respiratoria se mantendrá mucho más estable si conseguimos cierta impasibilidad, una actitud serena a toda costa, pase lo que pase, como si nos hubiésemos convertido en una roca. 

viernes, 20 de noviembre de 2015

PRIMER MANDAMIENTO EPOC: Resistir: No irse

No. No te vayas. Aún te queda mucho que hacer aquí. Los demás tienen cosas que hacer por ti también. Sé que el grueso bramante que nos sujeta es, en tu caso, un poco más delgado. Que eso no te desanime, que se convierta en un motivo más para incrementar tu lucha cotidiana, tu combate diario para mantenerte firmemente anclado a la tierra.

Salvador Dalí. El atleta cósmico
A partir de hoy, proponte:
·        Consumir alimentos sanos.
·         Mantenerte bien alimentado.
·         Beber abundante agua.
·     Reposar durante la vigilia todo lo que consideres necesario, aunque en otras circunstancias lo hubieses considerado excesivo.
·    Dormir las horas necesarias y procurar que tu sueño sea suficientemente reparador y profundo
· Hacer ejercicio periódicamente, con vigor pero sin excesos: nadie mejor que tú conoce tus límites.
· Ser constante y riguroso con la medicación que te han prescrito.

A partir de ahora, evita:
·   Fumar. Incluso acercarte a los que fuman.
·         Las comidas excesivamente copiosas.
·         La desnutrición, aunque sea mínima.
·  Cualquier foco contaminante que se cruce en tu camino.
·        Medicarte por tu cuenta.
·      Perder el apego a la vida y a la gente que te rodea así como a tus aficiones. Es el seguro de vida más barato y no falla jamás.

Porque…

TANTO SI TE CONOCEMOS COMO SI NO, TE NECESITAMOS AQUÍ MUCHO TIEMPO.

domingo, 15 de noviembre de 2015

EPOC: El que se fue a Sevilla perdió su silla

Aunque ha pasado una eternidad desde ese día, lo recuerdo claramente. Nevó, y como no podía trasladarme a mi habitual lugar de trabajo, me indicaron que me quedase en una sucursal de la periferia, a solo cinco minutos de casa llevando calzado de montaña y caminando con la mayor precaución.
Hacía un frío terrible. El vendaval entraba a cuchillo por el filo de las ventanas y con cada entrada y salida se colaba por la puerta. Desde la atalaya acristalada de secretaría, contemplaba los picos helados de la sierra y sentía las agujas punzantes clavarse en mi cerebro. Aquel era un privilegiado observatorio, no solo paisajístico sino humano: podíamos ver todo lo que ocurría en la oficina. También, aunque con retraso, pudimos oírlo todo, pues habían llegado unos reporteros de la prensa local que inundaron los rincones de micrófonos.
Merche y yo, con gorro de lana y guantes a pesar de la bomba de calor, intentábamos acertar con la tecla adecuada, pero la tiritona y nuestros dedos apresados no lo ponían nada fácil. Fue ella la que llamó mi atención. “Escucha, hay bronca en el despacho de la dire. Está discutiendo con Fábregas”.
Apenas conocía al personal de allí, tampoco podía ver sus caras, pero la conversación, dado su carácter confidencial, fue entregada años más tarde a la nueva dirección del establecimiento. Casualmente, soy yo quien conduce la nave ahora y, tras haber transcurrido una década ha perdido interés para el chismorreo. Pocos recuerdan ya a Basilisa, la directora de entonces, ni a Fábregas, que volvía al trabajo tras un prolongado período de baja a causa de un enfisema complicado con bronquitis aguda. Según la versión de Merche, Basilisa –y perdónenme el chiste fácil, pero sirvió para aliviar muchos ratos de tedio– se había puesto como un basilisco y sus ojos amenazaban con comerse a Fábregas. Una actitud motivada, en primer lugar, porque estaba segura de que la enfermedad no era más que un cuento tártaro y, en segundo, por tener que soportar, sin creer merecerlo, su amargo lamento. Alegaba que el enchufado de turno (lo de enchufado me lo contó Merche más tarde, Fábregas se guardó mucho de pronunciar dicha palabra), un tal Juan Guerrero, había ocupado su lugar de siempre situándole, en aquel desapacible día de enero, justo delante de la puerta y a merced de una corriente feroz.
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Tomas Hovenden - La discusión
Transcribo lo que se grabó accidentalmente, palabra por palabra, sin quitar ni poner coma ni punto:
-Nada de cambiarte de sitio. Te tienes que quedar ahí. Yo soy la responsable de esto, la que manda aquí y te ordeno que te quedes.
Precisamente porque organizas esto, te digo a ti que tengo una enfermedad pulmonar y no puedo exponerme a corrientes de aire.
-Es que no hay sitio. Es que habría que buscar sitio arriba.
-Pero, ¿cómo me puedes decir eso? Estoy aquí, sé el sitio que hay. Tenemos una fila entera llena de gente. Abajo, no arriba.
-A todo el mundo le da el frío.
-Pero yo estoy en la primera mesa y me da de lleno.
-Cuando yo me siento allí…
-Pero tú no estás enferma del pulmón.
(Mirada suspicaz, según me hizo notar Merche, una observadora de lujo)
-Afortunadamente.
-Si tienes esa actitud…
-¿Qué actitud?
-Esa que tienes.
-¿Cuál? ¿Relacionar mi enfermedad con el frío que hace hoy?
-Lo que se ha hecho en otros sitios…
-Los otros sitios me dan igual, hablemos de este.
George Grosz - Escena callejera
-Es que es la primera vez que se da este caso aquí, nunca ha faltado nadie.
-¿Cómo que no?
-Pero no tanto tiempo.
-El mismo o más.
-Pero nunca ha coincidido que se falte tanto y a la vez entre gente nueva.
-Claro que sí. Y siempre se ha respetado el sitio.
-Es que… Como no has estado…
-Porque he pasado meses muy grave, al borde de la muerte.
-Yo lo siento mucho.
-No lo sientas.
-¿Qué?
-Que no lo tienes que sentir. No te pagan para que lo sientas, pero que a mí no me pase nada mientras trabajo sí entra en tu sueldo.
-Es que empiezas por ahí y seguro que luego vas a seguir pidiendo más y más cosas.
-¿Eso a qué viene? No tienes ningún motivo para suponer una cosa así. ¿Cuándo he exigido y exigido? ¿Lo he hecho alguna vez? ¿No suelo conformarme con todo? Lo único que pido es que me quites de la corriente porque en mi caso es muy peligroso sentarme en esa mesa. Si no, tendré que acudir más arriba, si aquí no consigo nada tendré que elevarlo.
-Bueno, pero luego a lo mejor no quieres estar dónde…
-¿Me vas a castigar?
-¿Castigar?
-Sí, castigar. Eso que has dicho suena a amenaza.
-Te voy a quitar de ahí.
-¿Cuándo? Porque si es en verano…
-Mañana mismo. Mira Fábregas, resulta que solo tengo problemas contigo.
-No. Yo soy quien solo tiene problemas contigo,todavía no he conocido a nadie a quien le dé igual si me muero o no.
-Yo no he dicho eso.
-Pero lo has hecho, que es peor.
(Pitido prolongado. Silencio)

martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué son las barreras atmosféricas?

Nadie ha acuñado aún la expresión barreras atmosféricas, sin embargo es tan expresiva y resulta tan imprescindible que debería ponerse en circulación ahora mismo, en cuanto llegues al final de este artículo si ello fuese posible. Su origen no tiene misterio, como ya habrás supuesto se trata de un calco de otra más antigua y hasta ahora mil veces más afortunada, barreras arquitectónicas, que pretendía concienciar sobre la imposibilidad (o gran dificultad) que tienen los discapacitados motrices para transitar libremente por la vía pública así como para acceder a determinados lugares no habilitados para ellos. Pero los afectados por alguna enfermedad respiratoria tampoco pueden entrar a según qué lugares o pasar por algún punto concreto de una calle cualquiera sin exponerse a un broncoespasmo[i] o a un grave deterioro de su función pulmonar. Y no hablo de imponderables como incendios, fugas o cualquier otra clase de accidente, sino de cuestiones tan cotidianas como zanjas –que no se abren con el material adecuado, aunque existe– y su consiguiente emanación de material procedente del pavimento y convertido de inmediato en polvo tóxico, carritos de limpieza (portadores de lejía y amoníaco) que se exponen a cualquier hora en todos los locales abiertos al público, el inevitable –¿inevitable?– incienso, que se exhibe como la mayor de las modernidades en muchas tiendas de regalos, y otro puñado de ejemplos igual de cotidianos y que, además de afectar a quienes presentan una patología previa, son los causantes de que se incremente el número de enfermos. Por cierto, si estás sano y no te sientes demasiado solidario, piensa que todas esas sustancias pueden dar lugar a que también tú traspases la frontera. De momento, y hasta que no dispongamos de nuestro propio mapa genético –y aún así quizá tampoco al cien por cien– nadie está libre de ello en cualquier momento de su vida. Por desgracia, muchos que ni lo sospechaban ya lo están.

El juego del Tarot - Fresco de una sala del Palacio Borromeo (Isola Bella)
Esta mañana, leyendo la prensa, me he vuelto a topar con las estadísticas. Compruebo que la EPOC afecta ya al 10% de la población española con más de cuarenta años, que el asma afecta al 5% de todas las edades, sobre todo a niños y personas maduras (aunque estas cifras quizá pequen de optimismo pues el resto de las fuentes consultadas señalan entre un 10 y un 10,5).

La verdad, no me explico que en la época de la electrónica y las energías limpias, cuando se trabaja por eliminar la emisión de gases de un instrumento tan indispensable como el automóvil, se haya extendido tanto la afición a quemar combustibles incuestionablemente obsoletos. Como velas, leña (y otros materiales aptos para encender barbacoas), barras de incienso, el ominipresente tabaco –en escaleras al aire libre, terrazas y aglomeraciones de toda clase– por no hablar de fuegos artificiales, turíbolos[ii] junto a cirios en las procesiones religiosas y quién sabe cuántos más.

Por tanto, te ruego que la inventes. Por mi parte, y teniendo en cuenta que mi único deseo es divulgar, le cedo el copyright a quien guste.




[i] Broncoespasmo : Contracción anormal del músculo liso de los bronquios que puede provocar un estrechamiento u obstrucción aguda de las vías respiratorias.


[ii] Turíbolo: Incensario.

lunes, 5 de octubre de 2015

¿Tabaco? ¡Bah! de algo hay que morirse



Estas palabras son fruto de la más absoluta ignorancia y el que conoce lo que un fumador se está jugando y no le contradice es un completo irresponsable.

No sirven los letreros, prohibirlo en locales cerrados era indispensable pero solo beneficia a los no fumadores o a los que fumaron alguna vez y la enfermedad o su propia fuerza les empujaron a dejarlo. Hay que empezar a hablar claro, clama al cielo la desinformación en que se les mantiene. Porque, desengáñense, el fumador cree que sabe lo que le espera, pero ni siquiera lo imagina. Vive en el limbo más absoluto y eso es una tremenda injusticia para él y sus seres queridos. Si no me creen, pregunten a las víctimas de enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cancerígenas. La respuesta unánime será que nadie imaginaba esto.

Cada vez que mi amigo Paco Tella –sí, sí, Paco existe de verdad, aunque como comprenderán se llama de otra forma– decía que cuando cuenta lo que le ocurre: sus limitaciones vitales, el tiempo que pasó convertido en un trozo de carne con ojos y cerebro, sin aliento para hablar ni moverse, cuando explica que fallecerá ahogado tras una larga temporada atado a una bombona de oxígeno de 16 a 24 horas diarias, su interlocutor refleja el pasmo más absoluto en la cara junto a una incredulidad que va dejando paso al entendimiento y pregunta: “¿Todo eso te ha pasado por fumar?”. He presenciado esa escena un par de veces pero a él le ha ocurrido cientos.
El fumador - Adriaen Brouwer
Dando vueltas al asunto, creo que tengo la respuesta ideal. Lo que yo contestaría es esto:

“Supón que te van a ejecutar y te dan a elegir entre una muerte lenta provocada por la tortura o que te pegasen un tiro en la sien. ¿Tú, qué elegirías? ¿El tiro? Pues hazte a la idea de que el tabaco es un torturador implacable, que te va dejando sin resuello hasta que no sirves para nada, que te deja al borde del ahogo, que durante muchos años tendrás que depender de tu familia.”

Alegarán que esta explicación es demasiado cruda. De acuerdo. ¿Ustedes qué preferirían, padecer una explicación tan terrible como esta o sufrir los terribles efectos de la ignorancia en que están sumidos?


Creo que queda claro, así que empiecen a informarse de lo que significa vivir con una Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica, o en otras palabras, Bronquitis Crónica con/sin Enfisema Pulmonar.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El portero

Hacía muchos meses que no sabía nada de Paco, cuando le felicité por su cumpleaños estaba celebrando el carnaval en Tenerife. Me extrañé de que se atreviese a viajar en avión en sus circunstancias y me contestó que él siempre había sido un valiente. Le noté eufórico tras haber salido del bache. Esa fue la última vez que hablé con él.

La semana pasada me llamó. Está empeñado en montar un estudio de decoración en la ciudad dónde vivo ahora; se siente capaz de triunfar de nuevo en el mundo de los negocios, no se ha vuelto a juntar con Cristina ni sale con ninguna otra mujer. De vez en cuando saca de paseo a sus hijos.

Le noté despegado y egoísta, no es el Paco Tella que recuerdo.

Había encontrado un estudio con vistas al mar, en una avenida ancha bordeada por palmeras, a un precio razonable. Nunca  fue demasiado ahorrador.

-Tú verás, chico, –le advertí– es una partida arriesgada, piensa que a partir de ahora, si te salen mal las cosas, no puedes recurrir a tu ex.

Pretendía jugar a hacerse el tonto pero nos conocemos demasiado bien para eso.

-¿Crees que ya no puedo? ¿Qué pasa? ¿Es que se ha liado con alguien?

-¡Venga ya! O te has vuelto más cínico de lo que creía o…

Se irguió endureciendo el gesto, parecía avergonzado.

-Era una broma, lo siento.

Pulsamos el timbre de portería. En cuanto empujamos la puerta, echó a correr hacia el pasillo.

-Cuarto izquierda, pídele la llave al conserje. –Le escuché gritar desde el fondo.

El hombre tenía el colmillo retorcido, como suele decirse. Le daba igual que Paco hubiese estado allí dos veces, que el propietario le hubiese dado permiso expreso, que al fisioterapeuta del local contiguo le hubiese saludado en la entrada. Le daba igual todo y no iba a soltar la llave así como así. Paco nos esperaba en la puerta del ascensor, él agitaba el llavero como si fuese un sereno de otra época.

-Buenas, jefe, -saludó un Paco mucho más jovial que de costumbre- le aviso de que algún vecino ha pasado por aquí con un cigarro.

-¿Un vecino? –contestó altanero el otro –Ja ja, un vecino dice. Era yo, yo el que estaba fumando en la garita.

Por la mirada que crucé con Paco comprendí que lo había intuido. Era el olor del tabaco lo que le había obligado a correr y estaba disimulando por pura delicadeza, una delicadeza insólita en alguien de su carácter.

Julio Alpuy . Tres figuras en relieve - 1962
-¿Así que era usted? –Lo dijo con una sorna apenas perceptible– Pues le contaré que soy asmático, mucho, la verdad, y que una buena bocanada de humo bien dirigida me puede dejar en el sitio.

-Muy bien.

A eso le llamo yo cachaza de bobo. ¿Es que no se daba cuenta de que le estaba retando? Paco habló mirando al techo.

-Ya veo que no le importa mucho. Pero le contaré que está prohibido y que le puedo denunciar en cuanto salga.

Un segundo después, yo tenía la llave en la mano y se había evaporado un conserje. Nos reímos con ganas en el ascensor y luego, mientras intentaba una y otra vez abrir la puerta. Pero la cerradura se resistía. Probó él, probé yo de nuevo.

-No me puedo creer que el fulano ese haya confundido la llave. ¿Tenemos que verle la cara otra vez?

-Baja tú, no quiero que le dé un soponcio al verme.

Pero hasta conmigo parecía avergonzado, ni siquiera levantó los ojos al entregarme la llave correcta. O estaba muerto de miedo. De haberse cumplido la amenaza, habría tenido que irse a la cola del paro a fumar.

-Hay que tener poca vergüenza, -comentó Paco cuando medíamos el ventanal del fondo- pues no le importa un pito que me muera y casi le da un soponcio al enterarse de lo bien informado que estoy. ¿En qué nos hemos convertido, en unos desalmados sin alma?

-Venga, hombre, no me seas redundante.

Creo que se me está pegando el acento de aquí. 

jueves, 20 de agosto de 2015

Las secuelas del tabaco duran cinco minutos

Quien dice cinco minutos dice tres meses, o dos años- Da igual, en cualquier caso, formulada así, la afirmación es una auténtica falacia. La mayoría de las veces –quiero pensar– se expresa con la mejor de las intenciones, la de animar a dejar el hábito al mayor número de gente posible. Pero a nada que reflexionemos nos damos cuenta de que consigue justamente lo opuesto. Y ese es el propósito que mueve a algunos a propagar esa ilusión engañosa, pura propaganda para que el fumador mantenga la esperanza de no tener nunca secuelas o de eliminarlas al poco de dejarlo.

Pero cualquier entendido les dirá que esta formulación resulta excesivamente simplista. Y las simplificaciones suelen confundir, más aún si van dirigidas a personas con adicción manifiesta a una sustancia, proclives, por tanto, a abrazar cualquier excusa para justificarse. Pero, además, la confusión se convierte en algo serio cuando lo que se juega no es solo el bolsillo sino la salud, entendiendo su ausencia como pérdida de la calidad de vida y sustancial acortamiento de esta.

Cada vez que me topo con la consabida cantinela (-a los dos días notará…, -al mes ya podrá…, al año no tendrá…, a los cinco años estará perfecto) referida a las enfermedades coronarias, comprendo que una lectura veloz, sobre todo de los profanos en el asunto y mucho más si son fumadores, puede convencernos de que el texto se refiere a cualquier patología de origen tabáquico.

Paso a concretar pues es fundamental que entiendan esto. Es cierto que gran número de fumadores no padecerá nunca los efectos más severos del tabaco. Aunque, inevitablemente, todos los de larga duración hayan (hayamos) perdido elasticidad en la piel –lo que aplicado a los rostros no es ninguna bobada–, algo de olfato y gusto, y nuestra voz se haya vuelto algo más ronca, patologías realmente graves como el cáncer y las relacionadas con corazón y pulmones afectan solo al 50% de la población fumadora y a un pequeño porcentaje de fumadores pasivos con organismos especialmente sensibles.

Solo a un 50%.

¿Solo?

¿Estamos locos? ¿Saben cuántos millones de fumadores pululan por el mundo hoy día? Echen la cuenta y no me digan que les tranquiliza pensar que la mitad de todos ellos morirá anticipadamente a causa de patologías fácilmente evitables, de patologías que jamás deberían haber aparecido.

Solo una de ellas, la EPOC (bronquitis crónica con/sin enfisema) y solo en España, se lleva todos los años a 18.ooo fumadores; si ampliamos el foco, en todo el mundo, el número de fallecimientos anuales se eleva a más de dos millones. Estas cifras no tienen en cuenta el cáncer ni los padecimientos del corazón. Ni siguiera el cáncer de pulmón se incluye en esta estadística, aunque he de resaltar que un enfermo de EPOC posee bastantes más probabilidades que cualquier otra persona de padecer este tipo de cáncer.

Entonces ¿para qué dejar el tabaco? Pues porque lo que se ha contraído hasta el momento, aunque todavía no haya dado la cara (y, ojo, hasta que lo haga pueden pasar años) ahí queda, aunque no volvamos a ver un cigarro en la vida. Pero seguir fumando alimenta una posible enfermedad, soterrada pero real, que se desencadenará tarde o temprano, con mucha mayor virulencia cuanto más tiempo hayamos dedicado a potenciarla. Se preguntarán entonces ¿y aquellos que están completamente sanos, libres de cualquier patología agazapada en algún lugar de su cuerpo? Muy sencillo, si todavía no les ha tocado el gordo ¿para qué seguir comprando papeletas? Hasta que no abandonen el hábito, nadie les garantiza que vayan a continuar indemnes. Hoy no nos pasa nada, pero ¿y mañana? Esta clase de enfermedades no se parecen en nada a un resfriado común, se presentan un mal día y ya no nos abandonan nunca.

Debo aclarar que cuando hablo de enfermedad agazapada no estoy usando ninguna figura retórica: un 70% de afectados de EPOC, todavía no lo sabe. Tardará en enterarse aún y solo lo hará cuando los síntomas le hagan insostenible la existencia. Esto ocurre, sobre todo, porque pocos deciden revisar periódicamente su estado de salud, pero también, a veces, debido a las limitaciones de los actuales diagnósticos.

Por cierto, ¿a qué esperas? No es tan difícil, en serio. Si no eres capaz solo, busca ayuda. A los tres días estarás algo contento, a los seis meses, contentísimo, a partir de ahí, más feliz que nunca.

jueves, 30 de julio de 2015

El matador de humanos (Fábula antitabáquica)

Hoy les voy a contar una historia:

«Hace tiempo, un individuo peligroso empezó a merodear por el barrio Xyz. Era alto, de constitución fuerte y solía ir vestido de negro para camuflarse de noche tras las esquinas o entre los coches aparcados con un cuchillo entre los dientes.

»Durante mucho tiempo pudo campar a sus anchas. La policía no lograba dar con él. Era escurridizo como el aceite pero, además, desde el primer momento la consigna recibida de las autoridades fue, por encima de todo, que no cundiese el pánico.

»Los muertos se multiplicaban, pero se les mencionaba lo menos posible o se fingía que el fallecimiento era debido a alguna causa natural. No convenía remover aquello, era demasiado triste y producía culpabilidad, así que el silencio fue un acuerdo tácito aceptado por todo el mundo.
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»Lo peor es que había supervivientes. Demasiados. Un diez por ciento de la población había sido herida de gravedad y vivía recluida en su casa; para reponerse, pero también porque no resultaban muy estéticos. Poco a poco, empezaron a perder la autoestima, a deprimirse, a vivir avergonzados como si ellos fuesen los culpables de su desgracia por no haber sabido cubrirse.

»La mayoría de los vecinos vivía al margen de todo esto, se les mantenía en un limbo peligroso para que continuasen siendo felices. Siguieron frecuentando los mismos lugares, retirándose a la hora de siempre, deambulando por calles poco iluminadas o atravesando recodos solitarios donde el psicópata acechaba noche tras noche, hasta acabar cayendo como moscas.

»Una vez embarcados en esa absurda ley del silencio, los heridos callando y las autoridades alertando con demasiada discreción, la gente empezó a convencerse de que las recomendaciones eran exageradas y, hasta para los más desconfiados, una clara tomadura de pelo.

»No había forma de romper el círculo vicioso. Pasó el tiempo. Décadas más tarde salió elegido alcalde N., un residente del barrio Xyz, que ordenó proporcionasen un altavoz a cada enfermo. Desde las ventanas de sus domicilios consiguieron hacerse oír, el barrio se hizo cargo de la situación que llevaba padeciendo tantos años y sin más demora comenzó a tomar medidas. Las calles se iluminaron tanto que la noche apenas se diferenciaba del día, se multiplicaron las patrullas de vigilancia, callejones y demás escondrijos fueron vallados a conciencia, alegres pandillas recorrían las calles después de la cena pues nadie se arriesgaba ya a caminar solo.

»El criminal falleció de puro aburrimiento solo unos días más tarde».