jueves, 5 de marzo de 2015

Los pacientes respiratorios y su entorno

Cada vez que imaginamos cómo debe ser convivir con una enfermedad grave, solemos pensar en las limitaciones que conlleva para la vida diaria, en su peligro potencial, en dolores, incomodidades y molestias. No se nos ocurre que en el día a día de algunos enfermos, la gente que les rodea adquiere una importancia primordial.

En primer lugar, la familia. Su función protectora es evidente: ella es quien se encarga de suplir las carencias, atender a las necesidades y resolver las dificultades cotidianas. De animar, poner buena cara en los momentos más difíciles y hasta quitar importancia a lo evidente, de dar cariño, de poner todos los medios para conservar la cabeza fría y el ánimo alto con el fin de que ni el paciente ni ningún otro miembro de la casa acabe cayendo en depresión.

Esto en lo que concierne al hogar, pero el papel que ejerce fuera no es menos importante. Y aquí entra en juego el resto del mundo, ante el cual los allegados se convierten en el escudo protector imprescindible ante un medio involuntariamente hostil. Y lo es, puedo asegurarlo, por dos motivos. Por la absoluta ignorancia en que se sigue manteniendo a la opinión pública acerca de las patologías respiratorias y por la extrema vulnerabilidad de unas personas para quienes la mayor o menor limpieza del aire determina por completo su estado de salud.
Giorgio de Chirico - El cerebro del niño

Un familiar o amigo se encargará, pues, de dar la cara, de acreditar  que el enfermo no exagera ni miente, de explicar lo que haga falta y hasta de disimular cuando vienen mal dadas, incluso de comprobar si el ambiente está lo bastante limpio –sin humo de tabaco, productos químicos o cualquier otro contaminante ambiental– antes de que este acceda a un recinto concreto. Recuerdo ahora el caso de un amigo –al que llamaré Paco Tella– que no puede asistir a una obra de teatro sin informarse antes de las sustancias o efectos especiales que enmarcarán la representación.

Y si esto ocurre cuando el enfermo se puede valer por sí mismo ¿qué decir de los casos en que depende de una silla de ruedas, no a causa de ningún problema en las piernas sino por disnea extrema, es decir, por simple falta de resuello? Comprenderán que a estos pacientes no se les puede dejar que transiten solos, sin apoyo alguno por calles siempre repletas de obstáculos. Aquí empujar la silla se vuelve prioritario, no se puede dejar al albur de un aparato eléctrico a quienes el menor tropiezo les altera una respiración ya precaria de por sí. De ahí que si, por algún motivo, se retrasa el diagnóstico y al paciente no se le ha prescrito oxígeno domiciliario ni silla se le condena al enclaustramiento de por vida o al menos mientras la situación se resuelve.

El colofón de todo esto es claro: si padeces alguna enfermedad respiratoria o conoces a alguien que esté en ese caso, no lo ocultes, dalo a conocer. Hoy día explicar su problemática se ha convertido en prioritario.

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