sábado, 30 de mayo de 2015

Pit y yo (Hoy, Día Mundial Sin Tabaco - Relato antitabáquico)

I
Suena el timbre del teléfono, se pone en marcha el lavaplatos y la luz del dormitorio me deslumbra y me aturde. Son las seis de la mañana. Todo está programado para que me despierte completamente, sin remisión. Anoche me entretuve más de la cuenta redactando unos informes. Me encuentro cansado pero no me importa: estoy con Pit.
            Él siempre parece dispuesto a acompañarme. Cualquiera que sea la hora, la circunstancia o el lugar. Lo extraigo con cuidado del paquete, no quiero romperlo ni desperdiciarlo pues siento un profundo respeto hacia su persona.
            Pit y yo confiamos el uno en el otro. No tengo intención de traicionarle nunca. Es más, en caso necesario y sin dudarlo, daría mi vida por él.
Aspiro intensamente su perfume mientras remoloneo entre las sábanas. Exhalo un bocanada perezosa y me deleito con la idea de no tener que levantarme hasta las nueve.
Mientras tanto, me recreo en las sensaciones que me produce Pit.

II
La muchacha apenas respira. Entre el camarero, Blas y yo, la hemos tumbado con gran esfuerzo en el asiento de atrás de mi coche. Echo, de vez en cuando, una ojeada. Me siento inquieto: sus mejillas están muy pálidas, tiene los labios amoratados y ni siquiera parece darse cuenta de que su cuerpo rebota violentamente a causa de los frenazos y los baches. No estoy muy seguro de que el incidente vaya a acabar bien. Necesito poner fin cuanto antes a este viaje infernal.
En la sala de espera consigo tranquilizarme. Después de hora y media de pasear arriba y abajo, fumar medio paquete, echar incluso una cabezadita, sale un médico calvo que me mira de arriba abajo antes de introducirme en un despacho e indicarme que me siente.
-¿Ha visto usted lo que le ha ocurrido a la chica?
-Pues... No puedo decir gran cosa. Charlaba con un amigo en una
cafetería. Junto a nuestra mesa había un gran tiesto conteniendo un fícus de metro y medio.
-¿Y?
-Al otro lado de las ramas, en la mesa contigua, ella tomaba té y
practicaba problemas de matemáticas.
Su libro y su cuaderno, incluso el lápiz mordido por detrás, permanecen
todavía en mi guantera. “¡Que no se muera!” imploro a los dioses. “¡Ojalá puedan salvarla! ¡Es todavía tan joven!”
-¿La conocía?
-No, en absoluto. En su bolso no hemos encontrado más que el carné
de la universidad con el nombre, la dirección y un número de teléfono. Mi amigo debe de haber hablado ya con la familia. Dígame, doctor. ¿Qué tiene?
Hombre llorando Safet Zec
Safet Zec - Hombre llorando
- Su oxígeno en sangre es muy bajo. De momento, le hemos aplicado
unos aerosoles que harán que sus bronquios se abran y puedan recibir el aire.  También le hemos inyectado un antihistamínico. Pero aún está en coma. No se haga muchas ilusiones, aunque sea una guapa chica y merezca vivir.
-Pero esto es de locos. ¿Puedo saber a qué es debido?
-Probablemente padece de asma severo con tendencia a la asfixia.
¿Sabe usted si cerca de ella han vaporizado el ambiente con algún producto químico o han levantado polvo. Alguien estaba fumando por allí?
Me quedo lívido pero no digo nada. Blas y yo echábamos unos cigarros.
(Estábamos en compañía de Pit).

III
Ha muerto. Ha muerto. No puedo perdonármelo. Su padre aullaba como
un leopardo en celo, su madre ha perdido el conocimiento. No tenía más que diecinueve años.
Son las tres de la mañana. Estoy acostado pero esta noche no dormiré.
El rostro azulado de la estudiante, sus labios blanquecinos, su respiración convulsa, van a acompañarme en esta velada y durante el resto de mi vida.
Me fijo en el paquete que descansa silenciosamente sobre la mesilla de
noche.
-Pit. Fuiste tú ¿verdad? ¿Es que no respetas nada? Esto ha sido
demasiado. Reniego de ti y de tu amistad. Desde este momento, lo quieras o no, vas a apartarte de mi.
Me levanto. Coloco una zapatilla en un pie, luego la otra. Me echo la
chaqueta del pijama sobre los hombros.
Abro el cubo de la basura. Entre espinas de pescado, restos de
espaguetis y hojas lacias de espinacas, lo hago desaparecer.
-¡Adiós, Pit! ¡Hasta nunca! ¡Púdrete en el infierno!


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lunes, 25 de mayo de 2015

Un avestruz con mil cabezas

Hace años que asisto con estupor a estos alardes de ignorancia. Lo malo es que no es patrimonio de unos pocos, que hasta los no fumadores defienden estos argumentos. Y lo que roza ya lo demencial es que incluso los propios afectados de enfermedades respiratorias, oncológicas o cardiovasculares –no todos, naturalmente, pero sí un significativo porcentaje– así como sus allegados, se revuelven como si les arrojasen encima agua caliente cada vez que la cuestión del tabaco sale a relucir.

Ni por asomo pueden imaginarlo, no con la magnitud que tiene en realidad. Por eso sueltan perlas como estas:

“¿Respirar mal? ¿Eso existe? ¡Bah! Seguro que es un problema psicológico. Tendrán ansiedad, histeria…. ¡qué sé yo!  Siempre se ha dicho que los adultos hemos perdido el hábito de conducir el aire hasta el diafragma. Nada que no se pueda resolver con unas buenas clases de yoga. ¡Respirar mal! ¡Qué estupidez!

Además, digo yo ¿qué tendrá eso que ver con el tabaco? Parece que disfrutan fastidiando a los pobres fumadores. No son más que unos tristes que no saben disfrutar de la vida y se vengan de nosotros de esa forma”.
PORTADA DE LA REVISTA A Pleno Pulmón - nº 18 - Córdoba, enero 2015
La perversa ley del silencio, así llamo yo a tal estado de cosas. Al hecho de enseñar la mano que contiene la ficha, abriéndola a medias, haciendo creer que está vacía, igual que hacían los trileros en sus mesas portátiles. Los poderes públicos no mueven un dedo para ilustrar al ciudadano. Han prohibido fumar en los establecimientos cerrados, sí, pero dejando traslucir, junto a cierta mala conciencia, la sibilina idea de que han recibido presiones nadie sabe de quién. O eso es lo que han conseguido que piense la gente, no sé si a propósito o no. Además, se cubren las espaldas con equívocos carteles en los paquetes de cigarrillos que, con su inexplicada contundencia, no convencen a nadie. Porque, no nos equivoquemos, los letreros están ahí para prevenir potenciales denuncias de enfermos o sus familias, no para disuadir a nadie de fumar.

Es obvio que, si de verdad quisieran conseguirlo, en lugar de ineficaces amenazas se realizarían sólidas campañas publicitarias, reportajes divulgativos –como se hace para erradicar en lo posible los accidentes de tráfico–, los profesionales harían pedagogía en prensa, además de explicarse en la pantalla directamente y con toda claridad. No veo nada de esto. Mientras tanto, mueren anualmente 18.000  afectados de EPOC, solo en España, de ese millón largo que no deja de incrementarse. Más angustioso aún, si cabe, es que el 70% de ellos no está diagnosticado y que transcurren décadas hasta que la enfermedad da la cara por fin. Y para entonces se encuentra tan avanzada que la calidad de (lo que queda de) vida resulta de lo más precario.

Resumiendo, no se practica una terapia preventiva quizá porque no conviene, quizá porque las medidas divulgativas alertarían a los fumadores teóricamente sanos de que la EPOC también les acecha a ellos, de que podría encontrarse silenciosamente agazapada en sus bronquios, de qué es lo que les espera en el futuro si por desgracia el diagnóstico llegara a confirmarse; quizá también porque, después de esas advertencias, las deserciones del tabaco serían, si no masivas, sí infinitamente más abundantes de lo que conviene a las tabacaleras.

¿En qué mundo vivimos? 


Publicado inicialmente en A Pleno Pulmón (Revista de la Asociación Andaluza de Transplantados de Pulmón) - nº 18 - Enero 2015

Publicado el 30 de mayo 2015 en el diario El Día de Córdoba con motivo de la celebración del Día Mundial Sin Tabaco.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Recomendación 6. Si tienes EPOC, no debes alterarte

Es muy importante seleccionar con quién te relacionas. Intenta rodearte de un ambiente confortable, sereno, acogedor, servicial, comprensivo, amistoso y lo más afectivo posible. Es decir, si puedes, no te despegues de la familia y amigos de lealtad más que probada. Cuanto menos experimentes mejor. Huye de quienes no van a comprender lo que te ocurre, de los que, en el mejor de los casos, te tratarán con condescendencia, de aquellos que pensarán, seguramente, que eres un histérico, que no estás bien de la cabeza, que eres débil de carácter, y que te pueden tratar como un trapo, solo porque notan cierta vulnerabilidad y la interpretan de forma incorrecta.

Habitar un espacio que ignora absolutamente la existencia de enfermos respiratorios es duro, sobre todo si se carece de un colchón emotivo. Si este es tu caso, provéete de una buena coraza. No te inmutes lo más mínimo por nada de lo que ocurra. Si das explicaciones y te insultan, no debe importarte. Si te alejas de un contaminante y se ríen de ti, no es algo de tu incumbencia. Si te atosigan con preguntas capciosas no te molestes en contestar, inventa cualquier excusa y lárgate de allí con el mayor sosiego posible. Tu salud es lo más importante. Lo que hagan o digan aquellos que no se van  a interesar nunca por ti te trae completamente al fresco. Ni siquiera actúes como quien oye llover, la lluvia es un sonido apacible: es bueno escucharla atentamente; no así esas recomendaciones absurdas que, en el mejor de los casos, no te conducirán más que a un agravamiento.
La gente no sabe nada de lo tuyo aunque se empeñe en presumir de lo contrario. Nadie se conoce mejor que tú mismo. No hay ni un solo individuo que esté enterado de lo que te pasa con solo verte la cara, menos aún que conozca tu patología y circunstancias mejor que tú después de peliagudos años de experiencia. Como norma general: cuanto más presuma alguien de saber de lo que habla, cuanto más empeño ponga en que hagas caso a sus consejos, menos debes confiar. La ignorancia es atrevida: solo el que lo ignora todo osa saber más que el propio interesado. Pero disimula, si haces ver que desconfías seguirán importunándote. Luego escapa. Una vez más. En circunstancias así, alejarse suele ser la mejor solución.

Todo lo que suponga una emoción fuerte ha de consumirse en dosis muy pequeñas. Incluso las positivas, como sorpresas agradables o manifestaciones de cariño intenso. Absolutamente contraindicado embarcarse en sentimientos como la indignación, sustos y temores, cólera y disgustos de toda clase. Procúrate una vida placentera y convence a tu entorno de que este es un factor que puede alargarte la vida tanto o más que la ausencia de contaminantes en la atmósfera.

viernes, 15 de mayo de 2015

La curiosa manía de despreciar la tecnología no contaminante



El ser humano posee una curiosa tendencia a la nostalgia. Hace ya unas cuantas décadas que han desaparecido las cocinas de carbón, astillas o petróleo, al menos en amplias zonas del planeta. No necesitamos velas para alumbrarnos, el incienso no purifica nada, al contrario, ensucia el aire y los pulmones lo mismo que cualquier otro combustible. Reconozcamos que incluso las chimeneas de leña, a pesar de su indiscutible encanto, son de todo punto innecesarias. Y ¿qué decir del tabaco y demás sustancias fumables? 

Deberíamos sentirnos satisfechos por haber encontrado un sustituto a los humos a pequeña escala. Sin embargo, y a pesar de las contrapartidas, a saber, la completa dependencia de fábricas y vehículos de motor que ya contaminan lo suyo, seguimos aferrados a unos hábitos cuya toxicidad ignoramos olímpicamente.
Alguien debería informar al ciudadano de que estas costumbres, tan prescindibles como anacrónicas, acarrean un coste bastante más alto de lo que supone la mayoría, de que producen diversas enfermedades respiratorias y agravan las ya existentes. Resulta difícil contabilizar -y tampoco interesa que se lleve a cabo- la cantidad de agravamientos de procesos asmáticos o los broncoespasmos producidos por acciones tan aparentemente inocuas como, por ejemplo, asar en barbacoa. ¿Existen investigaciones que se hayan preguntado sobre ello? ¿La cuestión importa tanto a las autoridades como para encargar estudios fiables que nos orienten de una vez por todas? ¿Saben los enfermos de asma qué causas motivan cada una de sus visitas a urgencias? ¿Alguien se ha preocupado de informarles sobre el particular, de enseñarles a detectar los desencadenantes que les afectan, de ayudarles a mantener unos hábitos preventivos y a evitar los peligros potenciales?

Miro a mi alrededor y, de momento, no hay quien me convenza de que este es el único ámbito en el que se expone a la gente a peligros relativamente sencillos de evitar. ¿Pueden imaginarse a un diabético que no esté informado de cómo debe alimentarse? ¿A un hipertenso a quien nadie le haya dicho que debe eliminar el cloruro sódico? Sigan sumando ejemplos y verán que son innumerables. Y si esto es así ¿por qué a las personas con patologías respiratorias se las mantiene prácticamente en el limbo? ¿Por qué no se divulga este asunto de cara a la sociedad para que el mundo se conciencie y comience a respetar de una vez el aire limpio?

¿Intereses económicos, desidia o una combinación de ambos? ¿En serio? ¿Tan lejos ha llegado nuestra proverbial falta de ética? No lo creo. Como por encima de todo confío en el ser humano, no me cabe duda de que pararnos a reflexionar un minuto serviría para barrer de nuestro entorno la mayor parte de esas (aparentemente inofensivas) amenazas.