martes, 30 de junio de 2015

Asma: Sentirse perro.

En este mundo traidor, quienes se ahogan con el humo están tan marginados como los que llevan muletas, van en sillas de ruedas o tienen algún defecto de visión. Si desde hace unos pocos años -demasiado pocos, la verdad- hemos comenzado a comprender las dificultades que supone para la vida diaria no poder subir escaleras cuando se posee una discapacidad física o, simplemente, cruzar una calle si no se distinguen los objetos. Ahora que los bordillos de las aceras contienen, por fin, dibujos antideslizantes y los semáforos han incorporado sonidos, es hora de comprender la tortura que supone cualquier eventualidad de la vida cotidiana para quien padece problemas respiratorios.

Parece que avanzamos en estas cuestiones, vamos sensibilizándonos lentamente, la expresión barreras arquitéctonicas se incorporó a nuestro vocabulario hace ya tiempo. Pero aún falta un largo recorrido. Por ejemplo, es hora de plantearse que las barreras atmosféricas existen también, aunque sean invisibles y afecten a muy poca gente en apariencia.

Digo "en apariencia" y digo bien, pues, como todo el mundo sabe, los enemigos más peligrosos son aquellos que no se ven venir: el humo de diversa procedencia y otros contaminantes suponen una amenaza para todos, sobre todo para ex-fumadores o personas con unos bronquios particularmente sensibles. Es difícil concienciarse cuando se está sano, pero nadie lleva un mapa genético en el bolsillo y exponerse al humo en exceso -tanto al propio como al ajeno, tanto del tabaco como de cualquier otra procedencia- aumenta la posibilidad de convertirse en asmático. Por otra parte, aunque estuviésemos completamente seguros -algo de todo punto imposible- que nuestro aparato respiratorio se va a mantener intacto el resto de nuestra vida, deberíamos tener en cuenta que existe un valor social conocido como solidaridad que -es más que seguro- reclamaremos para nosotros en cualquier otro aspecto de la vida que nos afecte personalmente.
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Gran Naturaleza muerta con telescopio - Max Beckman (1927)
Es muy probable que no hayan reparado en una escena como esta. El alegre grupo que departe amigablemente en medio de la calle mientras uno de sus miembros permanece apartado. No ocurre con frecuencia y suele pasar desapercibida. El repudiado disimula procurando mantener la dignidad y con mucha frecuencia acaba despidiéndose. El resto continúa a lo suyo, charlando despreocupadamente sin importarle la dolorosa humillación que supone para el asmático no poder acercarse a ellos. Es como dejar al perro convenientemente alejado, aunque en este caso se trate de un ser humano, aunque sea él quien debe apartarse -muy a su pesar, eso sí- y aunque el peligro lo representen los que departen y no el que tiene que irse.

Barreras atmosféricas se instalan a la puerta de tiendas y establecimientos de toda clase, en particular los de hostelería. ¿Nadie ha caído en la cuenta de que entre la acera y el local se encuentra la terraza o el grupito de fumadores, es decir, de que habitualmente no hay más remedio que atravesar una espesa cortina de humo antes de llegar a la puerta? Reflexionemos. Un tramo de veinte escalones es una fruslería para quien puede usar sus piernas, una simple bocanada de humo  no parece que tenga importancia. Pero los que poseen unos bronquios sensibles, que se inflaman al menor estímulo, o una movilidad reducida ven coartadas sus posibilidades constantemente y su calidad de vida se encuentra deteriorada en un grado difícil de imaginar. Mientras tanto, quienes no han vivido esa experiencia actúan a su aire, con total tranquilidad, sin molestarse en pensar en los otros, por desinformación la mayor parte de las veces, por comodidad también, de vez en cuando. No se paran a pesar que, con un mínimo esfuerzo, se facilitaría la vida de mucha gente. 

Se preguntarán por qué hacer este esfuerzo si no nos va a reportar ningún beneficio. La respuesta es simple: vivimos en sociedad, todos nosotros, y en cualquier momento, necesitaremos también ser comprendidos.

viernes, 5 de junio de 2015

Nunca, jamás, será tu amigo (30 de Mayo: Día Mundial Sin Tabaco - Relato antitabáquico)


Doce. Ese inofensivo cilindro de papel, con su aroma suave, incitante, al que se  acercan en pandilla, con curiosidad, atraídos por el halo de misterio que lo envuelve, por la promesa de conocer un mundo maravilloso y distinto, por el afán de sentirse prematuramente adultos, por el gesto de placer que observan en todos los que aspiran su sustancia.

Lo primero es tenerlo en la mano, palparlo, sorprenderse de que toda esa sencillez, esa serenidad provoque tantas adhesiones, una enorme pasión en algunos. Son niños, están descubriendo el universo. Sujetan el paquete alargado y blanco que envuelve hebras de color café. Quizá no hayan probado el café aún. El mundo de los mayores es una inagotable caja de sorpresas. ¡Qué emoción! ¡Cuántos territorios inexplorados les aguardan! ¿Serán capaces de encenderlo? ¿De aspirar una bocanada? ¿De acceder a una nueva dimensión?

Quince. Ahora que empieza a pensar por sí mismo toma una decisión. Se atreve a probarlo y ese primer día caen siete. No siente nada de particular, ni siquiera sabe tragarse el humo. Quizá una pequeña sensación de mareo ahora que lo piensa, nada que deba preocuparle.

Dieciséis. Todavía no se puede decir que tenga el hábito aunque siempre lleva un paquete guardado en el estuche de los lápices y se asegura de que todos vean que está ahí. Cada uno le dura meses –porque no siente deseos de fumar y porque su economía no le permite comprarlo más a menudo– pero en cuanto lo acaba se apresura a comprar otro.

Dieciocho. Empieza a fumar diariamente. No cree haber contraído el hábito pero le gusta. Diría, incluso, que le aporta energía y ánimo a cualquier hora y en cualquier lugar.

Veintiséis. Sus bronquios rugen, los pitos que emite mientras duerme asustan a toda su familia.

Claude Monet leyendo el periódico - Pierre- Auguste Renoir (1872)
Veintiocho. Su médico sospecha que tiene algún problema en los bronquios. A él se le cruza la idea de un cáncer de pulmón, se asusta y cumple rigurosamente la prescripción de no fumar durante los días que espera los resultados de las pruebas. Falsa alarma. Aún así, se le recomienda que deje el tabaco para siempre, pero él no ve ninguna razón para hacerlo y recupera el hábito enseguida.

Treinta y cuatro. Un médico amigo insiste e insiste hasta que accede a someterse a un reconocimiento. El especialista la comunica que su función respiratoria está alterada, que tiene una bronquitis crónica y que debe dejar el tabaco cuanto antes pues el deterioro es mucho mayor de lo que corresponde a su edad.

Cuarenta. Tras decenas de intentos, y hasta una terapia colectiva, reconoce que ese otoño fuma más que nunca, a pesar de la bronquitis que dura ya más de un mes. Una tarde de octubre da una bocanada al cigarro y nota que el humo no llega más allá de su garganta, tampoco el aire. Por vez primera, experimenta esa clase de angustia. Guarda el tabaco en un armario y decide no sacarlo nunca de allí. Lo cumple, deja de convivir con su enemigo. No obstante, durante dos largos meses le resulta imposible reunirse con nadie pues apenas rebasa la puerta de cualquier local público siente que se ahoga y tiene que salir inmediatamente.


Cuarenta y cinco. Todo iba bien hasta que un día experimenta una crisis ligera. Un amigo, por su cuenta y riesgo, le trae Ventolín de la farmacia. A partir de entonces, cada vez que su ánimo se altera le cuesta respirar; a veces, también cuando está tranquilo. Piensa que se trata de una alergia pero no logra averiguar la causa. Nada coincide. Ni la hora ni el lugar ni el entorno. Las crisis igual le sorprenden en un parque que en la calle, a la orilla del mar, mientras come, duerme o en una tienda repleta de incienso.


Cuarenta y ocho. Acude a urgencias casi a diario, pasa en el hospital más tiempo que en casa. Finalmente, le diagnostican asma severa y comprende que se tiene que alejar de humos y productos irritantes. Se resigna a habitar una burbuja, sabe que, mientras se siga fumando en los bares, hasta tomarse un triste café le estará vedado para siempre.

Cincuenta y cinco. Nadie fuma en recintos cerrados desde hace tiempo, pero a él ya le da lo mismo. La disnea ha aumentado hasta tal punto que, si sale de casa, es para hospitalizarse. Ahora la fatiga es constante y sus valores respiratorios bajísimos. Para sobrevivir, depende de los corticoides, le niegan el oxígeno domiciliario porque el asma no lo requiere, afirman.

Cincuenta y siete. Pasa más tiempo en el hospital que en casa, le realizan numerosos estudios. En uno de esos ingresos, ¡aleluya! descubren que tiene una EPOC de fenotipo mixto, es decir, combinada con el asma. ¡Ya era hora! Modifican su tratamiento, le prescriben oxígeno domiciliario, y con él empotrado en la silla de ruedas puede disfrutar otra vez del aire libre.

Cincuenta y ocho. En pocos meses, y como resultado del diagnóstico correcto, el nuevo tratamiento ha llegado a obrar milagros. La disnea se ha atenuado bastante, puede prescindir del oxígeno y de  la silla. Se mueve con relativa soltura, camina libremente, aunque despacio, visita cualquier lugar sin miedo y ha reanudado su vida social. Eso sí, sabe que su asma es traicionera y que ha de andar con ojo para evitar cualquier sustancia que le pueda provocar un broncoespasmo. Aunque eso para él no tiene ninguna importancia, su futuro se ha ampliado infinitamente y la felicidad que siente es enorme.


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