jueves, 30 de julio de 2015

El matador de humanos (Fábula antitabáquica)

Hoy les voy a contar una historia:

«Hace tiempo, un individuo peligroso empezó a merodear por el barrio Xyz. Era alto, de constitución fuerte y solía ir vestido de negro para camuflarse de noche tras las esquinas o entre los coches aparcados con un cuchillo entre los dientes.

»Durante mucho tiempo pudo campar a sus anchas. La policía no lograba dar con él. Era escurridizo como el aceite pero, además, desde el primer momento la consigna recibida de las autoridades fue, por encima de todo, que no cundiese el pánico.

»Los muertos se multiplicaban, pero se les mencionaba lo menos posible o se fingía que el fallecimiento era debido a alguna causa natural. No convenía remover aquello, era demasiado triste y producía culpabilidad, así que el silencio fue un acuerdo tácito aceptado por todo el mundo.
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»Lo peor es que había supervivientes. Demasiados. Un diez por ciento de la población había sido herida de gravedad y vivía recluida en su casa; para reponerse, pero también porque no resultaban muy estéticos. Poco a poco, empezaron a perder la autoestima, a deprimirse, a vivir avergonzados como si ellos fuesen los culpables de su desgracia por no haber sabido cubrirse.

»La mayoría de los vecinos vivía al margen de todo esto, se les mantenía en un limbo peligroso para que continuasen siendo felices. Siguieron frecuentando los mismos lugares, retirándose a la hora de siempre, deambulando por calles poco iluminadas o atravesando recodos solitarios donde el psicópata acechaba noche tras noche, hasta acabar cayendo como moscas.

»Una vez embarcados en esa absurda ley del silencio, los heridos callando y las autoridades alertando con demasiada discreción, la gente empezó a convencerse de que las recomendaciones eran exageradas y, hasta para los más desconfiados, una clara tomadura de pelo.

»No había forma de romper el círculo vicioso. Pasó el tiempo. Décadas más tarde salió elegido alcalde N., un residente del barrio Xyz, que ordenó proporcionasen un altavoz a cada enfermo. Desde las ventanas de sus domicilios consiguieron hacerse oír, el barrio se hizo cargo de la situación que llevaba padeciendo tantos años y sin más demora comenzó a tomar medidas. Las calles se iluminaron tanto que la noche apenas se diferenciaba del día, se multiplicaron las patrullas de vigilancia, callejones y demás escondrijos fueron vallados a conciencia, alegres pandillas recorrían las calles después de la cena pues nadie se arriesgaba ya a caminar solo.

»El criminal falleció de puro aburrimiento solo unos días más tarde».

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