lunes, 30 de noviembre de 2015

TERCER MANDAMIENTO EPOC: Resistir. No deteriorarse

Es un objetivo básico pues toda enfermedad crónica desgasta. Por eso debes conservar a toda costa:
* El ánimo. Alimentando la ilusión, tal como comentaba en mi anterior artículo.
* La densidad de los huesos. Todos, sin excepción, y especialmente las mujeres a partir de la pre-menopausia. Porque esta patología se manifiesta habitualmente a partir de los cuarenta años, porque a veces el enfermo pasa mucho tiempo en reposo y porque la medicación puede alterar los niveles de calcio. Para prevenir o atajar la osteoporosis tienes que pasar un buen rato al aire libre todos los días, tomar alimentos ricos en calcio y vitamina D. Y moverte.
Imaginary landscapes
* La musculatura. También aquí influyen los tratamientos y el sedentarismo. Puedes mantenerte en forma mediante una alimentación rica en proteínas y ejercicio –tal como señalábamos en el apartado anterior– moderado, sí, pero constante.
* La agilidad intelectual. Has de mantener activo el cerebro como mejor te parezca: realizando ejercicios de gimnasia mental, jugando al ajedrez u otros juegos de mesa, rellenando crucigramas, sudokus u otros pasatiempos, memorizando listas, aprendiendo idiomas, escribiendo cartas, diarios, relatos, poemas, leyendo el periódico, comics o libros, dibujando… Con esto lograrás prevenir deterioros de memoria debidos a ocasionales defectos de oxigenación.
Y, como no hay que contentarse con lo mínimo, intenta conservarte todo lo joven y atractivo que puedas. Verte bien en el espejo es un acicate y un síntoma. Te dará fuerzas para continuar en la brecha pero además eso significa que lo estás haciendo bien, que tu salud se mantiene razonablemente estable. Para ello te aconsejo que mantengas esos hábitos de coquetería que en absoluto son irrelevantes ni frívolos: utiliza cremas faciales y corporales, viste a la moda, frecuenta las peluquerías, esmérate en el maquillaje, o bien, cuida tu barba y, si puedes frenar la calvicie, hazlo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

SEGUNDO MANDAMIENTO EPOC: Resistir: No deprimirse

Para superar posibles momentos de angustia mejor no recurrir a esas recetas de sabiduría ramplona que aparecen en los libros de autoayuda. Lo que sí resulta imprescindible es el sentido común. El nuestro, por descontado, y el de aquellos en quien confiamos, pero nunca viene mal el de algún pensador de referencia. Esto sirve para todo el mundo, enfermo o sano, pesimista o no, porque nadie está a salvo de la tristeza para siempre.
Afirmaba Bertrand Russell en La conquista de la felicidad –obra menor y divulgativa al margen de su enorme constructo filosófico– que la clave está en salir de nosotros mismos, en mirarnos el  ombligo lo menos posible. Y lo decía así de bien, no en vano fue uno de los grandes cerebros de la historia:
 “Cuantas más cosas le interesen a un hombre, más oportunidades de felicidad tendrá, y menos expuesto estará a los caprichos del destino, ya que si falla una de las cosas siempre puede recurrir a la otra.”
"Una de las fuentes de infelicidad (…) es la incapacidad para interesarse por cosas que no tengan importancia práctica en la vida de uno.”
Y dentro de esa diversidad de intereses, una buena forma de mirar fuera es pensar en los otros, preocuparse por sus problemas, intentar comprender a los que nos rodean, ayudar en todo lo que se pueda. Porque implicarse en causas solidarias, además de beneficiar a sus destinatarios, contribuye a elevar nuestro ánimo; así que, aunque lo hagamos solo por motivos egoístas, empatizar es una buena opción.
Vladimir Kush - Pez en la charca
Y puestos a buscar, entre la enorme gama de posibilidades cada uno elegirá las que mejor se adapten a sus gustos. Lo ideal sería abarcar varios campos (manual, intelectual, contemplativo, ejercicio corporal etc.) y dentro de cada uno cultivar actividades varias.
Pero el filósofo sigue aconsejando y, aunque lo que dice es conocido por todos, recordarlo nunca está de más. Por ejemplo, dar prioridad a lo importante para no gastar energías en vano –como sabemos, esto de ahorrar esfuerzo es básico en la cuestión respiratoria– marcarnos objetivos razonables, aceptar los reveses con entereza procurando frustrarnos lo menos posible,  evitar actitudes, como el miedo y la autocompasión, que producen tristeza y aburrimiento.
En este tipo de patologías, el ánimo es un factor determinante. Nuestra salud respiratoria se mantendrá mucho más estable si conseguimos cierta impasibilidad, una actitud serena a toda costa, pase lo que pase, como si nos hubiésemos convertido en una roca. 

viernes, 20 de noviembre de 2015

PRIMER MANDAMIENTO EPOC: Resistir: No irse

No. No te vayas. Aún te queda mucho que hacer aquí. Los demás tienen cosas que hacer por ti también. Sé que el grueso bramante que nos sujeta es, en tu caso, un poco más delgado. Que eso no te desanime, que se convierta en un motivo más para incrementar tu lucha cotidiana, tu combate diario para mantenerte firmemente anclado a la tierra.

Salvador Dalí. El atleta cósmico
A partir de hoy, proponte:
·        Consumir alimentos sanos.
·         Mantenerte bien alimentado.
·         Beber abundante agua.
·     Reposar durante la vigilia todo lo que consideres necesario, aunque en otras circunstancias lo hubieses considerado excesivo.
·    Dormir las horas necesarias y procurar que tu sueño sea suficientemente reparador y profundo
· Hacer ejercicio periódicamente, con vigor pero sin excesos: nadie mejor que tú conoce tus límites.
· Ser constante y riguroso con la medicación que te han prescrito.

A partir de ahora, evita:
·   Fumar. Incluso acercarte a los que fuman.
·         Las comidas excesivamente copiosas.
·         La desnutrición, aunque sea mínima.
·  Cualquier foco contaminante que se cruce en tu camino.
·        Medicarte por tu cuenta.
·      Perder el apego a la vida y a la gente que te rodea así como a tus aficiones. Es el seguro de vida más barato y no falla jamás.

Porque…

TANTO SI TE CONOCEMOS COMO SI NO, TE NECESITAMOS AQUÍ MUCHO TIEMPO.

domingo, 15 de noviembre de 2015

EPOC: El que se fue a Sevilla perdió su silla

Aunque ha pasado una eternidad desde ese día, lo recuerdo claramente. Nevó, y como no podía trasladarme a mi habitual lugar de trabajo, me indicaron que me quedase en una sucursal de la periferia, a solo cinco minutos de casa llevando calzado de montaña y caminando con la mayor precaución.
Hacía un frío terrible. El vendaval entraba a cuchillo por el filo de las ventanas y con cada entrada y salida se colaba por la puerta. Desde la atalaya acristalada de secretaría, contemplaba los picos helados de la sierra y sentía las agujas punzantes clavarse en mi cerebro. Aquel era un privilegiado observatorio, no solo paisajístico sino humano: podíamos ver todo lo que ocurría en la oficina. También, aunque con retraso, pudimos oírlo todo, pues habían llegado unos reporteros de la prensa local que inundaron los rincones de micrófonos.
Merche y yo, con gorro de lana y guantes a pesar de la bomba de calor, intentábamos acertar con la tecla adecuada, pero la tiritona y nuestros dedos apresados no lo ponían nada fácil. Fue ella la que llamó mi atención. “Escucha, hay bronca en el despacho de la dire. Está discutiendo con Fábregas”.
Apenas conocía al personal de allí, tampoco podía ver sus caras, pero la conversación, dado su carácter confidencial, fue entregada años más tarde a la nueva dirección del establecimiento. Casualmente, soy yo quien conduce la nave ahora y, tras haber transcurrido una década ha perdido interés para el chismorreo. Pocos recuerdan ya a Basilisa, la directora de entonces, ni a Fábregas, que volvía al trabajo tras un prolongado período de baja a causa de un enfisema complicado con bronquitis aguda. Según la versión de Merche, Basilisa –y perdónenme el chiste fácil, pero sirvió para aliviar muchos ratos de tedio– se había puesto como un basilisco y sus ojos amenazaban con comerse a Fábregas. Una actitud motivada, en primer lugar, porque estaba segura de que la enfermedad no era más que un cuento tártaro y, en segundo, por tener que soportar, sin creer merecerlo, su amargo lamento. Alegaba que el enchufado de turno (lo de enchufado me lo contó Merche más tarde, Fábregas se guardó mucho de pronunciar dicha palabra), un tal Juan Guerrero, había ocupado su lugar de siempre situándole, en aquel desapacible día de enero, justo delante de la puerta y a merced de una corriente feroz.
Resultado de imagen de discusion oleo
Tomas Hovenden - La discusión
Transcribo lo que se grabó accidentalmente, palabra por palabra, sin quitar ni poner coma ni punto:
-Nada de cambiarte de sitio. Te tienes que quedar ahí. Yo soy la responsable de esto, la que manda aquí y te ordeno que te quedes.
Precisamente porque organizas esto, te digo a ti que tengo una enfermedad pulmonar y no puedo exponerme a corrientes de aire.
-Es que no hay sitio. Es que habría que buscar sitio arriba.
-Pero, ¿cómo me puedes decir eso? Estoy aquí, sé el sitio que hay. Tenemos una fila entera llena de gente. Abajo, no arriba.
-A todo el mundo le da el frío.
-Pero yo estoy en la primera mesa y me da de lleno.
-Cuando yo me siento allí…
-Pero tú no estás enferma del pulmón.
(Mirada suspicaz, según me hizo notar Merche, una observadora de lujo)
-Afortunadamente.
-Si tienes esa actitud…
-¿Qué actitud?
-Esa que tienes.
-¿Cuál? ¿Relacionar mi enfermedad con el frío que hace hoy?
-Lo que se ha hecho en otros sitios…
-Los otros sitios me dan igual, hablemos de este.
George Grosz - Escena callejera
-Es que es la primera vez que se da este caso aquí, nunca ha faltado nadie.
-¿Cómo que no?
-Pero no tanto tiempo.
-El mismo o más.
-Pero nunca ha coincidido que se falte tanto y a la vez entre gente nueva.
-Claro que sí. Y siempre se ha respetado el sitio.
-Es que… Como no has estado…
-Porque he pasado meses muy grave, al borde de la muerte.
-Yo lo siento mucho.
-No lo sientas.
-¿Qué?
-Que no lo tienes que sentir. No te pagan para que lo sientas, pero que a mí no me pase nada mientras trabajo sí entra en tu sueldo.
-Es que empiezas por ahí y seguro que luego vas a seguir pidiendo más y más cosas.
-¿Eso a qué viene? No tienes ningún motivo para suponer una cosa así. ¿Cuándo he exigido y exigido? ¿Lo he hecho alguna vez? ¿No suelo conformarme con todo? Lo único que pido es que me quites de la corriente porque en mi caso es muy peligroso sentarme en esa mesa. Si no, tendré que acudir más arriba, si aquí no consigo nada tendré que elevarlo.
-Bueno, pero luego a lo mejor no quieres estar dónde…
-¿Me vas a castigar?
-¿Castigar?
-Sí, castigar. Eso que has dicho suena a amenaza.
-Te voy a quitar de ahí.
-¿Cuándo? Porque si es en verano…
-Mañana mismo. Mira Fábregas, resulta que solo tengo problemas contigo.
-No. Yo soy quien solo tiene problemas contigo,todavía no he conocido a nadie a quien le dé igual si me muero o no.
-Yo no he dicho eso.
-Pero lo has hecho, que es peor.
(Pitido prolongado. Silencio)