domingo, 15 de noviembre de 2015

EPOC: El que se fue a Sevilla perdió su silla

Aunque ha pasado una eternidad desde ese día, lo recuerdo claramente. Nevó, y como no podía trasladarme a mi habitual lugar de trabajo, me indicaron que me quedase en una sucursal de la periferia, a solo cinco minutos de casa llevando calzado de montaña y caminando con la mayor precaución.
Hacía un frío terrible. El vendaval entraba a cuchillo por el filo de las ventanas y con cada entrada y salida se colaba por la puerta. Desde la atalaya acristalada de secretaría, contemplaba los picos helados de la sierra y sentía las agujas punzantes clavarse en mi cerebro. Aquel era un privilegiado observatorio, no solo paisajístico sino humano: podíamos ver todo lo que ocurría en la oficina. También, aunque con retraso, pudimos oírlo todo, pues habían llegado unos reporteros de la prensa local que inundaron los rincones de micrófonos.
Merche y yo, con gorro de lana y guantes a pesar de la bomba de calor, intentábamos acertar con la tecla adecuada, pero la tiritona y nuestros dedos apresados no lo ponían nada fácil. Fue ella la que llamó mi atención. “Escucha, hay bronca en el despacho de la dire. Está discutiendo con Fábregas”.
Apenas conocía al personal de allí, tampoco podía ver sus caras, pero la conversación, dado su carácter confidencial, fue entregada años más tarde a la nueva dirección del establecimiento. Casualmente, soy yo quien conduce la nave ahora y, tras haber transcurrido una década ha perdido interés para el chismorreo. Pocos recuerdan ya a Basilisa, la directora de entonces, ni a Fábregas, que volvía al trabajo tras un prolongado período de baja a causa de un enfisema complicado con bronquitis aguda. Según la versión de Merche, Basilisa –y perdónenme el chiste fácil, pero sirvió para aliviar muchos ratos de tedio– se había puesto como un basilisco y sus ojos amenazaban con comerse a Fábregas. Una actitud motivada, en primer lugar, porque estaba segura de que la enfermedad no era más que un cuento tártaro y, en segundo, por tener que soportar, sin creer merecerlo, su amargo lamento. Alegaba que el enchufado de turno (lo de enchufado me lo contó Merche más tarde, Fábregas se guardó mucho de pronunciar dicha palabra), un tal Juan Guerrero, había ocupado su lugar de siempre situándole, en aquel desapacible día de enero, justo delante de la puerta y a merced de una corriente feroz.
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Tomas Hovenden - La discusión
Transcribo lo que se grabó accidentalmente, palabra por palabra, sin quitar ni poner coma ni punto:
-Nada de cambiarte de sitio. Te tienes que quedar ahí. Yo soy la responsable de esto, la que manda aquí y te ordeno que te quedes.
Precisamente porque organizas esto, te digo a ti que tengo una enfermedad pulmonar y no puedo exponerme a corrientes de aire.
-Es que no hay sitio. Es que habría que buscar sitio arriba.
-Pero, ¿cómo me puedes decir eso? Estoy aquí, sé el sitio que hay. Tenemos una fila entera llena de gente. Abajo, no arriba.
-A todo el mundo le da el frío.
-Pero yo estoy en la primera mesa y me da de lleno.
-Cuando yo me siento allí…
-Pero tú no estás enferma del pulmón.
(Mirada suspicaz, según me hizo notar Merche, una observadora de lujo)
-Afortunadamente.
-Si tienes esa actitud…
-¿Qué actitud?
-Esa que tienes.
-¿Cuál? ¿Relacionar mi enfermedad con el frío que hace hoy?
-Lo que se ha hecho en otros sitios…
-Los otros sitios me dan igual, hablemos de este.
George Grosz - Escena callejera
-Es que es la primera vez que se da este caso aquí, nunca ha faltado nadie.
-¿Cómo que no?
-Pero no tanto tiempo.
-El mismo o más.
-Pero nunca ha coincidido que se falte tanto y a la vez entre gente nueva.
-Claro que sí. Y siempre se ha respetado el sitio.
-Es que… Como no has estado…
-Porque he pasado meses muy grave, al borde de la muerte.
-Yo lo siento mucho.
-No lo sientas.
-¿Qué?
-Que no lo tienes que sentir. No te pagan para que lo sientas, pero que a mí no me pase nada mientras trabajo sí entra en tu sueldo.
-Es que empiezas por ahí y seguro que luego vas a seguir pidiendo más y más cosas.
-¿Eso a qué viene? No tienes ningún motivo para suponer una cosa así. ¿Cuándo he exigido y exigido? ¿Lo he hecho alguna vez? ¿No suelo conformarme con todo? Lo único que pido es que me quites de la corriente porque en mi caso es muy peligroso sentarme en esa mesa. Si no, tendré que acudir más arriba, si aquí no consigo nada tendré que elevarlo.
-Bueno, pero luego a lo mejor no quieres estar dónde…
-¿Me vas a castigar?
-¿Castigar?
-Sí, castigar. Eso que has dicho suena a amenaza.
-Te voy a quitar de ahí.
-¿Cuándo? Porque si es en verano…
-Mañana mismo. Mira Fábregas, resulta que solo tengo problemas contigo.
-No. Yo soy quien solo tiene problemas contigo,todavía no he conocido a nadie a quien le dé igual si me muero o no.
-Yo no he dicho eso.
-Pero lo has hecho, que es peor.
(Pitido prolongado. Silencio)

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