jueves, 30 de junio de 2016

¿Por qué los fumadores niegan que el tabaco sea "tan malo como dicen"?

Buena pregunta. Llevo mucho tiempo dándole vueltas y, la verdad, la respuesta no está tan clara. El argumento más utilizado es el de la adicción: un fumador nunca reconocerá hasta qué punto es nocivo su hábito porque, en ese caso, tendría que plantearse abandonarlo definitivamente y, como su vicio no se lo permite, busca excusas para que todo siga igual.
Pues… ¿qué queréis que os diga? No acaba de convencerme. Sí, es una explicación válida, no digo que no, pero no zanja la cuestión del todo. Desde luego, la adicción es un factor fundamental, y nadie niega que los fumadores –y cualquier adicto– utilizan el autoengaño (y el engaño) habitualmente. Pero, después de las (tímidas) campañas en contra, de las prohibición de fumar en lugares públicos, de las advertencias en los paquetes, de los estudios epidemiológicos que aparecen de vez en cuando en la prensa (infinitamente menos de las que deberían hacerse), después de tanto cáncer de pulmón, de tantísimos fallecimientos (se estima que, solo en España y por el conjunto de patologías que general el tabaco, 50.000 anuales nada menos), de los consejos del médico, ¿cómo es posible que el consumo no se haya reducido aún de forma drástica? Y, sobre todo, ¿quién entiende que los jóvenes –a estas alturas, con todo lo que la sociedad sabe sobre el tabaco– continúen adoptando esa nefasta costumbre, que cada vez lo hagan más prematuramente, que todavía no hayan aprendido de tanto drama, tanta calamidad, tanta muerte gratuita? Respecto a los que no fumaban antes, el argumento de la adicción previa no funciona. Que alguien me explique entonces por qué, cada año, legiones de adolescentes continúan cayendo en la trampa.
Pero, además, tenemos un término de comparación. Los adictos a cualquier otra droga a veces niegan que lo son pero nunca afirmarán rotundamente que el alcohol no es tan malo, la cocaína no es tan mala, el juego no es tan malo etc. Las drogas de diseño son un caso aparte porque existe un desconocimiento real de sus efectos –sobre todo de las más recientes y, en particular, en ambientes juveniles– pero ya hemos visto que en relación al tabaco, con su larga trayectoria, sus efectos fácilmente comprobables y los repetidos avisos a todo el que quiera escuchar, no hay ignorancia que valga.
Rafael de Penagós (1925)
Nadie en su sano juicio aguantaría estas cifras referidas a cualquier otro factor, el que sea, accidentes de tráfico, terrorismo… Pinten una línea con puntos y rellénenlos con una causa fácilmente evitable. ¿Quién no se escandalizaría ante millones de fallecimientos anuales en el mundo, dos millones de enfermos de EPOC en España de los que alrededor de 18.000 fallecen todos los años y un total de 50.000 –repito– al año en España por cualquier causa relacionada con el tabaco? ¿Qué epidemia, plaga de cualquier tipo, contaminación ambiental, accidente nuclear, medicamento nocivo, alimento en malas condiciones, organización terrorista, accidente automovilístico etc. toleraríamos sin poner el grito en el cielo? No hay un solo agente patógeno (humano, biológico o ambiental) que siembre esa ristra de cadáveres, provocando, de paso, tantísimo sufrimiento en vida. Y no nos escandalizamos, seguimos viendo a la gente fumar y nos parece una elección válida, que está en su derecho, que ejerce una libertad legítima.
Sin embargo, la clave es muy sencilla. Gran parte de estas actitudes absurdas radican simplemente en una gran desinformación, de la que los profesionales están exentos pero no el gran público. Sí, se habla mucho del asunto, pero a veces la saturación de contenidos produce ruido, considerado este –según la teoría de la información– como cualquier interferencia, surgida entre emisor y receptor, que impida la correcta recepción del mensaje y, por tanto, una comunicación auténtica.
Puestos a pensar mal, es evidente que conviene aparentar que se informa, por aquello de que hay contentar a la opinión pública, pero no resulta muy rentable que esta lo sepa todo. Solución: distorsionar un poco aquí y allá de forma que el ciudadano (fumador o no) crea que los datos están falseados, que hay intereses ocultos, que se persigue a los fumadores, que atentan contra su libertad, que existe una conspiración en su contra, que quienes alertan de los peligros del tabaco son personas amargadas que pretenden impedir su disfrute, o dictadores o vete a saber qué. En definitiva, las alertas llegan a todos los oídos pero de tal forma que pocos creen que es verdad. ¿Les parece que esas imágenes horrendas de los paquetes se toman en serio? Claro que no. Están pensadas para que parezcan disuasorias pero quien las ideó no tenía esa intención en absoluto. Es cierto que muchos divulgadores siguen creyendo en su efectividad de buena fe, pero yo sostengo que se equivocan. Es más, estoy convencida de que todo el entramado informativo acerca de los efectos del tabaco se elaboró astuta y pérfidamente para confundir a sus destinatarios. No es un asunto de ahora ni de este país. Aquí nos hemos limitado a copiarlo, en muchos casos sin calibrar sus consecuencias, en otros con toda la intención.
Y esas consecuencias van mucho más allá de la salud. De esta, creo que ya he dicho lo esencial, pensemos ahora en la economía. ¿Qué es el tabaco? Un producto que genera muchísimos impuestos. ¿Quiénes son los fumadores? Personas que invierten en él una parte sustancial de sus ingresos, de los de su vida entera en muchos casos. Como también producen muchos gastos sanitarios, conviene reducir algo su número mediante ligeras píldoras informativas. Pero, en contrapartida –teniendo en cuenta las amplias expectativas de vida actuales– mueren bastante jóvenes y eso quita de en medio a una gran cantidad de pensionistas.
Lo mejor de todo es que no existe un responsable, nadie a quien echar la culpa. ¡Fuenteovejuna, todos a una! ¿Recuerdan esa famosa obra de nuestro Siglo de Oro literario?
Este sí que es el crimen perfecto.

sábado, 25 de junio de 2016

Sé persona

Lo he escuchado decenas de veces: “Ya no soy el mismo”, dicen. Y en cierto modo es cierto, pero quien esto afirma cae en un error de bulto que le perjudica en todos los sentidos y, a los que le rodean de rebote.
Los castellanohablantes tenemos un matiz maravilloso que no terminan de entender los no nativos: la sutil diferencia entre estar y ser. Que no es asunto baladí, digan lo que digan quienes han aprendido a hablarlo de adultos.
Dicho esto, vuelvo con vosotros, los pacientes de EPOC, o de alguna otra patología respiratoria que provoque una disnea importante.
Convendría que te preguntases cada mañana o cada vez que te surja la duda: “Quién soy yo exactamente” Pues el de siempre, claro está.
La diferencia entre una persona y otra está en el cerebro, y a este no le pasa nada, son tus pulmones los que sufren.
Resultado de imagen de pink floyd caratulas
Carátula del álbum Tree of Half Life (El Árbol De La Media Vida) - PINK FLOYD 
Cierto que no puedes moverte igual, que quizá necesites una bombona a tu espalda, que hasta hablar resulta trabajoso a veces, que estás cansado, que te faltan energías, pero, recuerda, ante todo y sobre todo, tú eres tú. No permitas que tu problema de salud rebaje una milésima tu autoestima o se apodere de tu estado de ánimo. No prives a los tuyos del placer de estar contigo convirtiéndote en un ser ficticio, en algo que no eres ni has sido nunca. Sé consciente de tus convicciones, aficiones, afectos, cualidades y mantenlos bien vivos. Se trata de tu personalidad, nada menos, –algo como sabes, totalmente intransferible– y, contra viento y marea, has de conservarla. Sé dinámico en lo que puedas serlo, aunque solo lo manifiestes ante ti mismo con el pensamiento y a los demás con la sonrisa. No escatimes energías en buscar al que en realidad eres pues, cuando acabes de encontrarte, habrás recuperado tu esencia.
Piensa que, si además de respirar con dificultad, te pierdes a ti mismo, no tendrás un problema, los tendrás absolutamente todos.
¡Adelante! Toma las riendas.

La magia está en SER.