martes, 15 de noviembre de 2016

16 de noviembre: Día Mundial de la EPOC

En un día como este abundan los programas que intentan lavar conciencias, fingir que divulgan, que están a favor de que los fumadores abandonen su hábito. Pero no les importa demasiado, ni eso ni que la sociedad tome conciencia de lo dañino del humo tabáquico y de toda contaminación a pie de calle (productos de limpieza, taladradoras sin dispositivos anti-polvo, incienso en abundancia, humo de diversa procedencia...). Y además, banalizan el problema, lo mezclan con la gripe y el resfriado, permiten que presentadores más o menos carismáticos confiesen abiertamente que fuman ante una audiencia especialmente influenciable. Y, por encima de todo, culpabilizan, desprecian y se burlan de los pacientes.
También he leído por ahí que la EPOC va asociada a problemas mentales, pero si seguimos leyendo nos enteramos que se refieren a ansiedad y depresión. En unos tiempos en que tendemos a conformarnos con leer los titulares y en los que casi nadie lee nada hasta el final, es muy fácil que el personal se confunda. Pero, reflexionemos, a ver quién es el guapo que no sufre depresión tras años de respirar apenas y no siente ansiedad cuando la vida se le escapa entre los dedos simplemente por falta de oxígeno. En estos casos, ambas –tanto depresión como ansiedad– no son, creo yo, más que reacciones saludables de la mente. Problema mental tendría el que, viéndose morir, ni siquiera se inmuta, porque carecería de algo tan elemental como el instinto de supervivencia.
Pero no se engañen. Los pacientes no son tontos, tienen un nivel de inteligencia similar al de cualquier otro colectivo, aunque algunos –y a las pruebas me remito– parezcan creer que esta patología se ceba sobre todo en las mentes más débiles. Una vez aceptado esto, sería bueno que autoridades y responsables sanitarios dejasen de dar por hecho que estos pacientes no saben usar los inhaladores, es más, que ni siquiera los utilizan todo lo que deberían y empiecen a analizarse a sí mismos, a investigar si todas las actuaciones médicas son las correctas. Para ello hay que empezar por escuchar al paciente con toda la paciencia y atención digna del caso, mirándole a los ojos en lugar de aferrarse a los socorridos teclado y pantalla, y por supuesto, creer lo que les dicen, como condiciones indispensables para diagnosticar atinadamente; hay que seguir por explicarle la situación con claridad y detalle; hay que terminar por pensarse bien el diagnóstico y, por consiguiente, el tratamiento para minimizar errores que nadie computa, de los que nadie responsabiliza a nadie y que provocan enormes sufrimientos y muy poca calidad de vida a mucha gente. Además de cuantiosísimos gastos (en pruebas diagnósticas, medicamentos e ingresos hospitalarios, sin contar las bajas médicas y pensiones de invalidez) que podrían reducirse muchísimo.
File:Antônio Parreiras - Marinha, 1902.jpg
Antônio Parreiras - Marina (1902)

Si quienes tienen la posibilidad de informar no se conformasen con cubrir el expediente, si razonasen la necesidad de dejar el tabaco adecuadamente y con la debida contundencia, todos esas personas que padecen de asma, bronquitis crónica, enfisema o cáncer de pulmón, entenderían su relación con la salud y, no solo pondrían los medios para dejarlo sino que, en muchos casos, se apartarían de todo cigarro humeante pues comprenderían, de una vez, que cualquier brizna de humo es, en su caso, un pedazo menos de vida. Eso, en lugar de pensar, como ahora, que estos consejos son manías de los médicos, intentos de promocionar a determinados laboratorios, estrategias políticas o cualquier otro pretexto que solo sirve para impedir que disfruten de su hábito.
Pongámonos las pilas, por favor, el día de la EPOC y todos los demás. Pensemos que con tanta práctica inadecuada se producen 18.000 fallecimientos al año en España –muchos de ellos evitables– a causa de esta patología, y un total de 60.000 por problemas derivados del tabaco. ¿No les parecen motivos suficientes para que las tabacaleras dejen ya de forrarse?
Pido menos indolencia y más sentido común por parte de todos: medios de comunicación, profesionales de la salud, autoridades, fumadores y también –por qué no– de los propios afectados. Ellos son los primeros que deberían divulgar su problemática, en lugar de ocultarla como hasta ahora, si desean –y les conviene desearlo– que la sociedad se conciencie de una vez.

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